lunes, 27 de septiembre de 2010

PRESENTACIÓN DE EL LIBRO DEL VOYEUR EN MADRID




Este próximo jueves, 30 de septiembre, se realizará una nueva presentación de El libro del voyeur, esta vez además con una exposición en la que contemplar los dibujos originales del libro. Será en Madrid, en el Espacio Sinsentido (c/ Válgame Dios 6, metro: Chueca). Presentarán el acto Pilar Adón y Óscar Esquivias.
El libro del voyeur es ese sorprendente artefacto que ideó Pablo Gallo y editó maravillosamente Ediciones del Viento, con los dibujos de Pablo acompañados de textos de 69 autores, entre lo que se encuentra un servidor. Mi texto es el que cierra el libro. No es fácil cerrar un libro. Cerrar un libro colectivo con un texto propio, es casi tan difícil como abrirlo. Yo no sabía que mi texto cerraría El libro del voyeur. Un día Pablo Gallo contactó conmigo proponiéndome colaborar en su proyecto y poco después le envíe un texto. Ahora da la casualidad de que este jueves y viernes andaré por Madrid debido a ciertos asuntos laborales, así que, si puedo hacer un hueco en mi agenda, tal vez me pase por el Espacio Sinsentido. Y si acudo, le preguntaré a Pablo Gallo por qué mi texto cierra El libro del voyeur. Tengo ciertas sospechas, ya que son 69 autores y 69 textos y 69 dibujos y mi relato se titula En la penumbra de la habitación 69. Tal vez esto haya tenido algo que ver. Seguro. Pero quiero que Pablo Gallo me lo diga, a la cara, mirándome a los ojos. Es una gran responsabilidad la de cerrar un libro colectivo. Puede uno dejar un mal sabor de boca en el lector. Fastidiar todo el festín con una mísera frase final, convertirse uno en una guinda en mal estado. De un día para otro uno recibe un libro y ve que su texto es el último y traga saliva y se dice que tal vez termine por atragantar a más de uno. No es que me moleste, pero creo que Pablo Gallo debiera haberme avisado. Tan sólo haberme dicho: oye, Álex, tu texto cerrará el libro. Con eso me hubiese conformado. Sí, le pediré explicaciones a Pablo Gallo, quiero que me lo diga en persona, a la cara, mirándome a los ojos. Lo cierto es que hubiese preferido ser el número 33, o el 47, o el 16. No el 69. Es una gran responsabilidad. Enorme. Pero por lo menos mi texto no abre el libro, eso sí que sería terrible. Intolerable. Esa carga la lleva sobre sus hombros Estíbaliz Espinosa. Pobrecita. Abrir un libro. Qué difícil. Pero lo hizo, y sale airosa del envite. Su texto abre el libro con una elegancia sublime. Nos invita a entrar y a devorar todo lo que hallemos sobre la mesa. Hasta que llega el postre y el lector se encuentra con mi guinda. Esa guinda que puso ahí Pablo Gallo. Sí, le pediré explicaciones, quiero que me lo diga en persona, a la cara, mirándome a los ojos. Ya va siendo hora de saber toda la verdad.


miércoles, 22 de septiembre de 2010

LA INMADUREZ DE UN REY (extractos infratemporales 1)





Elvis Presley detestaba el pisto. No podía ver un calabacín cerca. La cebolla y el pimiento verde le ponían enfermo. Una noche del cálido verano de 1975, interrumpió un concierto en un estadio de Norfolk (Virginia) debido a esta aversión que padecía. Lo interrumpió y le gritó al público que olían a cebollas y a pimientos verdes. También les gritó lo mismo a los miembros de su banda. Oléis a cebollas y a pimientos verdes!!! Les espetó esta fraese con una vena a punto de estallar en su cuello mientras dejaba la canción Burning in love a medias.
Ya sé que está historia sobre Elvis puede parecer inventada. Podría incluso parecer imaginada por Manuel Vilas. Pero es una historia real. Yo también pensé en Manuel Vilas cuando leí el artículo en el que se contaba esta anécdota sobre el Rey del Rock. Esto a Manuel Vilas tiene que hacerle gracia, pensé entonces. Así que escaneé la noticia y se la envíe por email. Parece que le gustó; muy bueno, contestó refiriéndose al artículo. Tal vez sintiese cierta empatía al ver la noticia, tal vez a Manuel Vilas tampoco le guste el pisto. Quizá no pueda ver un calabacín cerca. Quizá la cebolla y el pimiento verde le pongan enfermo. No lo sé. Yo tengo la suerte de que me gusta el pisto y me encantan los discos de Elvis y me entusiasman los libros de Manuel Vilas. Sí, es cierto, soy un hombre con suerte, no debería quejarme. Pero la verdad es que, aunque me considerase el hombre con más suerte en este mundo, sé que siempre encontraría algo de lo que quejarme. Y es que siempre hay algo de lo que quejarse si uno está vivo y sale a la calle y ve a las mujeres pasar con sus minifaldas, agarradas de los brazos de esos hombres más altos y más guapos y con unos zapatos más limpios. Hay que estar muerto, o ser un zombi, para no quejarse nunca. También esto me recuerda a Manuel Vilas, concretamente a un poema suyo,  titulado El inmaduro:  

“Me pasa siempre, y duele, y confunde. Debe ser algo relacionado con la desesperación de vivir. Si estoy en Barcelona, me gustaría estar en Madrid.

Si estoy en Zaragoza, me gustaría estar en La Coruña. Si estoy en La Coruña, me gustaría estar en la cima del Aneto, comiendo setas venenosas bajo el cielo helado. Si voy al cine, en mitad de la película me entran unas ganas revolucionarias de estar en mi casa viendo la televisión. Si estoy sentado en el sofá viendo la televisión, me gustaría estar muerto y enterrado en el cementerio, contando los días que faltasen para la resurrección de la carne.

Todo me persigue, ciudades, cines, casas, cementerios. Si estoy con amigos, preferiría estar con amigas. Si estoy con amigas, me gustaría estar con enemigas. Si estoy con enemigas, me gustaría estar en casa durmiendo la siesta. Si me compro unos zapatos con cordones, en que salgo de la tienda y ando por la calle empiezo a envidiar a todos aquellos que llevan zapatos sin cordones. Y también me pasa con las camisas, las cazadoras, los pijamas, y las sandalias en el verano. Y también con las vidas: Si me pienso abogado, preferiría ser médico. Si médico, sacerdote. Si sacerdote, hombre casado y con siete hijos. Si casado, soltero. Si soltero, viudo muy apenado. Si viudo, monje. Si monje, matador de toros. Estés donde estés, no has acertado por completo. Siempre hay algo más barato y mejor por ahí. Siempre hay vistas desconocidas en el acantilado de la vida. Me está matando esto de vivir una sola vida. La gran muerte de vivir en una sola forma.”





Noticia aparecida en la revista Hola! en agosto de 1975





domingo, 12 de septiembre de 2010

CLAUDE CHABROL (1930-2010)


Claude Chabrol
(París, 24 de junio de 1930-París, 12 de septiembre de 2010)


Me marcaron ciertas películas de Claude Chabrol, entre ellas Pollo al vinagre. Es la primera película suya que vi. Y la que más veces he visto. Me encanta.
Por lo demás, una pena, enorme, su muerte.



Trailer de Poulet au vinaigre, de Claude Chabrol


jueves, 9 de septiembre de 2010

DE COMO PERDER TEORÍAS PARA NO VOLVER A ENCONTRARLAS







De como perder teorías para no volver a encontrarlas

Disfruto una vez más de un nuevo libro de Enrique Vila-Matas. Lo leo y releo desde hace tres días, cuando mi amigo Pierre me lo regaló tras haberlo comprado en el centro de París.

Pero, situémonos.
Lyon, Francia. Simposio internacional sobre la novela. Un hombre cruza la ciudad en taxi, hacia su hotel. Ese hombre es un doble de Enrique Vila-Matas. Ha sido invitado por una organización llamada Villa Fondebrider. El taxista resulta ser un charlatán al que le han dado el carné de conducir hace tan sólo tres días. El trayecto se le hace eterno. Cuando llega al hotel, nadie le espera allí. De pronto se encuentra solo en su habitación y, sumido en su aislamiento, no se le ocurre nada mejor que escribir una teoría general de la novela. Durante el tiempo que pasa en Lyon nadie se pone en contacto con él. Regresa a Barcelona sintiéndose insignificante. Por el camino decide dinamitar su teoría, la destruye sin compasión, sin esa compasión que solían despertar en otros tiempos las teorías; la hace añicos...

Vila-Matas vuelve a soltar toda esa bruma que se introduce siempre en mi cabeza y me aturde, radiante, a cada paso. Tanteo sus palabras, frases, líneas y páginas. Me agarro al hombro de su doble. Me agarro a esa cuerda que hila toda teoría. Camino mientras me sujeto a ella. Me agarro a la pasión por los viajes de Jualian Gracq. A la espera. A cinco elementos imprescindibles. Al terreno fronterizo en el que todo se agita. Como si estuviese uno ante una puerta entreabierta. Ante una puerta pintada por Vilhem Hammershoi. Ante el recuerdo de una teoría hallada y destruida.

Teorizar sobre las teorías.
Rumiar conjeturas ante la expectación creada por la espera.
Escribir teorías para abandonarlas después, para huir de ellas.

Cuando terminé el libro, sentí que realmente salía de una nube.
Di cuatro pasos, estiré mi brazo hacia la librería, mi mano titubeó ante los libros que allí descansan. No supe cual elegir. Volví a sentarme, abrí  de nuevo el libro al azar, me adentré otra vez en la nube y traduje:
Escribimos siempre después de otros. En lo que se refiere a mí, a esa operación que consiste en dar un nuevo sentido a ideas y frases de otro retocándolas ligeramente, hay que añadir otra, paralela y casi idéntica: la invasión de mis textos por citas literarias totalmente inventadas, entremezcladas con las verdaderas.
Perdre des théories, Enrique Vila-Matas, ed. Christian Bourgois





 pinturas de Vilhem Hammershoi




El próximo 14 de septiembre
Perder teorías será editado en España.

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martes, 7 de septiembre de 2010

EL SER QUE MÁS ODIO EN ESTE MUNDO

 San Sebastián, pintura de Andrea Mantegna (1480)



Hace dos noches me acribilló un mosquito. Yo dormía a pierna suelta. Y fue ahí, precisamente, en mi pierna derecha, donde se ensañó el maldito insecto. Tengo ahora una decena de picaduras. Utilizo una pomada para aliviar el escozor que me producen, pero su efecto no dura demasiado. El roce del pantalón se ha convertido en una tortura. Sentarme o levantarme, es un martirio. No soy capaz de dormir profundamente; en cuanto realizo algún movimiento, por leve que sea, me despierto y, en la quemazón de la oscuridad, estiro mi mano en busca de la dichosa pomada, que permanece en la mesita de noche como si de una pócima mágica se tratase. Entonces embadurno mi pierna. Con cuidado. Sintiendo la terrible picazón que produce el contacto de mis dedos con las zonas afectadas. Después me duermo otra vez, sabiendo que no tardaré mucho en volver a despertarme para volver a buscar la pomada y embadurnarme la pierna y dormirme y volver a revivir la misma situación una y otra vez hasta que llega por fin el ansiado amanecer. Es el mosquito hembra quien muerde la piel humana. Cuando lo hace inyecta su saliva. Esta contiene ciertas proteínas que impiden que la sangre se coagule mientras el insecto succiona, logrando así que fluya a su antojo. He probado de todo. Aparatos eléctricos con pastillas, con líquido, con ultrasonido. Lociones antimosquito. Velas con olor a limón. Mosquiteras en la cama, en la ventana. Remedios naturales de aceites y plantas. He llegado a probarlo todo junto temiendo saltar por los aires. Y nada. Cada verano, por muchas precauciones que tome, hay algún día en que alguno de esos detestables insectos me acribilla.
Con el paso de los años, el mosquito se ha convertido en el ser que más odio en este mundo. Deseo que se extinga. Y cuanto antes, mejor. Daría la mitad de mi sueldo por esa causa. Votaría al partido político que incluyese la extinción de los mosquitos en su programa electoral. Haría cualquier cosa por verlos desaparecer de la faz de la tierra. Mataría sin dudarlo.


viernes, 3 de septiembre de 2010

EL LÁTIGO QUE TODO LO NUBLA

"Judith degollando a Holofernes" (1620)
Obra de la pintora italiana Artemisa Gentileschi (1593-1653)

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A veces, la sombra de lo que fui no me deja ver lo que soy. Y por la calle, o más concretamente cuando cruzo una calle, me olvido de mí, tan sólo camino, sin mirar hacia los lados, ni un perro atraviesa así la carretera, tampoco un gato o un león o un elefante o una jirafa, ni una pulga, nada que salte o se arrastre mide menos sus pasos. Cuando regreso a casa penetro en la consciencia, en el otro lado del espejo, donde todo está patas arriba. La habitación muda. El techo violáceo, velado. Una mosca zigzagueante embiste el cristal. Su minúscula silueta es un punto sin retorno. Estamos solos. Abro la ventana. La veo desaparecer. Su abandono, el látigo que todo lo nubla.




jueves, 2 de septiembre de 2010

LA PERSEGUIDORA

(polaroids, 1973-74)



Regresé de mis vacaciones y, nada más entrar en casa, sin deshacer las maletas, me senté ante el ordenador.
Accedí a mi correo y enseguida vi uno que llamó especialmente mi atención.  En el asunto podía leerse una breve e inquietante frase: Te conozco.
Lo abrí y empecé a leer:
Hola, Álex. Tú no me conoces. Yo a ti creo conocerte, un poquito. Te escribo para contarte una historia. Es una historia real, no hay rastro de ficción en ella. Mi nombre es Virginia y hasta hace poco me dedicaba a seguir a la gente. Me contrataban para ello, para saber si ciertas personas fingían enfermedades y eludían sus obligaciones laborales. Un día me dieron una ficha que llevaba tus datos personales y una fotografía. La empresa en la que llevas trabajando diez años, quería saber si la lesión que decías padecer en tu pie era real. Comencé a seguirte un martes. Recuerdo que era martes porque aquella tarde, tras terminar mi jornada laboral, acudí al taller literario al que tan sólo acudo los martes. Aquel día nos pusieron un ejercicio en el que debíamos imaginar la vida de alguien a quien apenas conociésemos. Yo escribí sobre ti. Recuerdo que en un primer momento no me pareciste gran cosa, un tipo anodino, sin el menor encanto. Cuando transcurrió una semana de seguimiento, percibí cierto atractivo en tu caminar. Parece que das saltitos cuando tienes prisa. ¿Lo sabías? Es como si alguien fuese pellizcándote el trasero. Te he seguido de lunes a viernes durante un mes. Tras las primeras dos semanas de seguimiento, un sábado, al despertarme, me sorprendí pensando en ti, preguntándome qué estarías haciendo. Aquella mañana, mientras me duchaba, me masturbé imaginando que tu mano enjabonaba mi pubis con intensa dulzura. Al día siguiente, domingo sombrío y desapacible, no pude contenerme y salí a la calle en tu búsqueda. Me planté frente a tu portal a las 9 de la mañana y esperé a que salieras de casa; conozco tus costumbres, sabía que tarde o temprano tendrías que ir a comprar el pan y el periódico, sé que no puedes vivir sin esas dos cosas. Entonces apareciste con una gabardina beige que te hacía la mar de interesante. Hiciste tus compras y pronto regresaste a tu hogar como un animal a su guarida. Yo me quedé allí, varias horas, bajo mi paraguas, bajo la lluvia, bajo tu ventana, comiéndome las uñas. Por la tarde, viendo que aquella lluvia era mucho más terca que yo, regresé a casa y me tumbé en el sofá. Tras mirar una vez más la fotografía de tu ficha, me di una ducha y me masturbé otra vez imaginando que tu mano enjabonaba mi pubis con intensa dulzura. Dos días después comenzaron los problemas. Mi jefe no entendía que varias semanas de seguimiento no hubiesen dado el menor fruto. Por lo general 4 o 5 días son más que suficientes para saber algo con claridad. Pero le convencí de que no era un caso fácil, de que necesitaba unos cuantos días más para tener plena certeza sobre mis sospechas. Así que al final me concedió más tiempo. Recuerdo que aquello lo celebré comprando una de esas pequeñas botellas de cava y dándome un baño de espuma. Baño en el que no pude evitar masturbarme una vez más imaginando que tu mano enjabonaba mi pubis con intensa dulzura. A los pocos días, mientras te seguía por el barrio de Gracia, me di cuenta de que algo no iba bien, de que había alguien más entre nosotros. Sí, al llegar a la plaza de la Virreina intuí que alguien me seguía, o, mejor dicho, que alguien nos seguía. Entendí enseguida que mi jefe desconfiaba y que, dada mi ineptitud en el Caso Nortub, había contratado a alguien para que nos siguiese. No tuve la menor duda cuando, tras doblar varias esquinas, comprobé que, a lo lejos, un tipo alto y barbudo continuaba tras nosotros. Aquel día tuve que ingeniármelas para darle esquinazo, y esto hizo que dejase de seguirte a ti. Días después, viendo que aquello iba a peor, que aquel tipo alto y barbudo, al que de pronto encontré cierto parecido con Julio Cotázar, estaba plantado frente a mi casa cada mañana con un sombrero diferente, tuve que ingeniármelas para que todo lo que había construido no se desmoronase. Me acerqué a él y le seduje. No fue difícil. Parecía desearlo. Me dijo que llevaba siguiéndome una semana y que se había enamorado de mí, de mi caminar, que parezco dar saltitos cuando tengo prisa. Le invité a subir a mi casa. Una vez allí, le desnudé lentamente mientras él tiritaba de placer. A continuación le sugerí que nos diésemos una ducha, a lo que él accedió encantado. Cuando estábamos bajo el agua, le pedí que enjabonase mi pubis con intensa dulzura. Tuve un orgasmo sobrenatural. Las pompas de jabón parecían satélites centelleando alrededor de mi cuerpo, eclosionaban en el aire como huevos de libélula. No tardé nada en enamorarme de ese tipo alto y barbudo y con cierto parecido a Julio Cortázar. Se llama Federico y es el ser más maravilloso que haya conocido jamás. Tampoco tardó nada en enterarse de todo ello nuestro jefe, que no vaciló ni un segundo en despedirnos. Ahora, aunque de manera repentina y encontrándonos los dos en el paro, hemos decidido contraer matrimonio. Lo haremos de forma humilde, invitando a la ceremonia a una docena de personas. Pero como nos conocimos gracias a ti, Álex, gracias al hecho de seguir tus pasos, de observar tu caminar, queremos pedirte que seas el padrino de nuestra boda.
No aceptaremos una negativa como respuesta.
Atentamente,
V.



M.I.A.
"Sunshowers"


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miércoles, 1 de septiembre de 2010

PERO SI HE DE REGRESAR, REGRESARÉ DE VERDAD

William H. Martin (1910)


Pero si he de regresar, regresaré de verdad. Me dejaré de tonterías. Regresaré por el lado salvaje, como Lou Reed. Por el lado más bestia de la vida, como Albert Pla. Regresaré así. Con extraordinarias habitaciones de humo y brillo y hurto meditado. Olvidando las pupilas que se pierden por los pasillos de este hotel. Sin caducas tentativas nocturnas. Sin inútiles intentonas diurnas. Absteniéndome de todo lo que debí abstenerme en otros tiempos en los que la palabra abstención carecía de un significado exacto, puro, ramificado, itinerante. También él debería saberlo. Intuirlo al menos. Olerlo. Sentirlo como parte del otro. Pero no parece enterarse. Es así. Así es. Por el lado salvaje, como Lou Reed. Por el lado más bestia de la vida, como Albert Pla. Ni más. Ni menos.