jueves, 23 de junio de 2016

LA HOGUERA DE LAS RESISTENCIAS



Nada. Alguien dijo que no había nada que pudiéramos hacer.
Todo. Alguien dijo que todo había salido diametralmente opuesto a lo que habíamos planeado.
De un día para otro, se vino abajo la basta estructura de madera que habíamos construido durante los últimos siete días.
Lo sabíamos. El espejo ya no podría devolvernos la mirada. La llama no se encendería a medianoche. Las brujas se quedarían en sus casas, jugando a las cartas o haciendo tarta de manzana con base de galleta.
Aún así, alguien lanzo  la cerilla de la discordia. Todo empezó a arder. La madera sudaba ríos de savia mientras en nuestros ojos se reflejaban los ojos del fuego. Nos miraba como quien mira un espectáculo de fuegos tan artificiales como artificiosos. Y el calor, bajo nuestra ropa, posado en nuestra piel, acariciaba todo lo que habíamos dejado atrás. ¿No era esa la premisa que nos esperaba en el corazón de la hoguera? Allí dentro, en el centro de aquella fiesta de ascuas malditas, nunca se extinguirían nuestros deseos, permanecerían ardientes por los tiempos de los tiempos si hacer caso de las pérdidas de tiempo.
Entonces alguien dijo que el tiempo está para perderlo. Extraviemos nuestro tiempo, gritó saltando la hoguera como un canguro cósmico.
Todos le alabamos.
Todos le seguimos.  
Todos supimos que de nada vale lamentarse en los tiempos de los eternos píxeles y las sempiternas redes digitales.
Todos supimos que debíamos resistir.