Los domingos por la tarde disfruto dibujando círculos en el aire. Los dibujo despacio, con el dedo índice de mi mano derecha. Suelo hacerlo en un lugar apartado, a las afueras de la ciudad, donde nadie pueda verme. Muchos no entenderían que un hombre hecho y derecho dedique las tardes del domingo a dibujar círculos en el aire. Dibujar círculos en el aire me relaja, me sienta bien, me rejuvenece. Dibujar círculos en el aire es una de las cosas más maravillosas que conozco, comparable a realizar castillos de naipes o barquitos de papel. Cualquiera puede hacerlo, es bien fácil, sólo hay que estirar un brazo, y el dedo índice, y girarlos poco a poco, e ir esbozando así órbitas invisibles, una y otra vez, como si estuviese uno diseñando un micro-universo cualquiera. Acostumbro a dibujar círculos en el aire durante un par de horas, después suele entrarme sueño y mis párpados me pesan como si de ellos colgasen dos sacos de patatas. Entonces, cuando la somnolencia está apunto de vencerme, busco un rincón mullido en mitad del bosque y me hecho una siesta de campeonato. Siempre, sin excepción, durante la siesta, sueño que estoy al borde de un precipicio. Permanezco de pie y ataviado con un sombrero, mirando al horizonte con toda la tranquilidad del mundo. Y, al despertar, el sueño siempre me hace mucha gracia, porque yo nunca utilizo sombrero y porque allí, de pie, en el precipicio del sueño, no hago otra cosa que dibujar, una y otra vez, triángulos en el aire.
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lunes, 2 de noviembre de 2009
DIBUJANDO CÍRCULOS EN EL AIRE
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