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lunes, 23 de noviembre de 2009

NADA ME GUSTARÍA MÁS QUE SER UNA CAJA DE SORPRESAS

Punchinello with block, pintura de David Hockney
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Nada me gustaría más que ser una caja de sorpresas,

una de esas enormes cajas de sorpresas que impresionan nada más verlas.

Nada me gustaría más que verme engalanada con un enorme lazo rojo,

uno de esos enormes lazos rojos que abarcaría mis cuatro costados.

El rojo me sienta bien, de eso no hay duda.

Nada me gustaría más que ser dejada ante tu puerta,

hacer tiempo hasta que te des cuenta de que estoy ahí,

a tu entera disposición.

Nada me gustaría más que el hecho de ser descubierta con extrañeza,

no me importaría incluso ser descubierta con cierto recelo.

Nada me gustaría más que ser finalmente introducida en tu casa,

y, enseguida, ser abierta por tus manos, expectantes, temblorosas, como flanes.

Nada me gustaría más, entonces, que ver tu rostro pasmado al abrirme.

Eso es lo que más me gustaría, observar tu rostro pasmado, deslumbrado,

aunque al abrirme descubrieses que estoy vacía,

y acercases tu cara hacia mí sin entender nada,

y comprobases que en mi interior tan sólo hay una cantidad indeterminada de aire,

ese aire que no tardará en introducirse en tus plumones,

que no tardará en llegar a tu sangre,

en ser parte de ti.

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Parade, pintura de David Hockney

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David Hockney en su estudio



jueves, 1 de octubre de 2009

VEROSIMILITUD

Obra de David Hockney, realizada a base de fotografías polaroid
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Ser verosímil nunca ha sido mi meta. Aún así prefiero ser verosímil a ser inverosímil. A menudo me parece que lo que escribo basado en la realidad es menos verosímil que lo que escribo basado en la ficción. Muchas veces, quizá demasiadas, pienso en que me gustaría que la ficción se convirtiese en realidad. Podría tal vez forzar la ficción para que así fuese. Pero no es esto lo que me gustaría, me gustaría que ocurriese como por arte de magia. Sí Houdini viviese le escribiría una carta pidiéndole consejo. Hace cosa de un año le escribí una carta al mago Juan Tamariz, a día de hoy todavía no he obtenido respuesta. Supongo que estará muy ocupado. Ser un mago de las palabras me parece tan difícil como ser un mago de naipes y chistera. Hay trucos que le dejan a uno con la boca abierta. Como aquel en el que el mago pasa la chistera vacía ante las narices del espectador y al momento saca un conejo. Nunca me he propuesto que lo que escribo deba resultar verosímil. Me gustaría que así fuese, que resultase creíble, pero nunca me lo he propuesto. No está entre mis prioridades a la hora de mojar la pluma en el tintero. ¿Qué? ¿Nunca antes lo había comentado? Bueno, pues así es: utilizo pluma y tintero para escribir lo que escribo. Una vez que la tinta está seca, lo releo y lo paso al ordenador. No creo que por ello pueda decirse que soy retorcido. Aunque me lo han dicho un par de veces. Lo retorcido sería escribir a ordenador lo que escribo y después pasarlo a tinta. Eso sí, sí que sería retorcido. ¿Resulta verosímil el hecho de que escriba con pluma y tintero? No lo sé y me da igual. Es así. Así es como escribo. Punto!


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Pintura de David Hockney

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Inclemencias

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Fragmento de una pintura de David Hockney


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Cuento del libro Tras el pinar un grito:

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INCLEMENCIAS



Las inclemencias del tiempo le desanimaron a salir de casa durante todo el fin de semana. Así que, allí encerrado, se dispuso a llevar a cabo todo aquello que tenía pendiente. Pasó el fin de semana dispuesto, preparado, con la firme convicción de llevar a cabo todo aquello que había apuntado en un papelito cuadriculado: encolar la mesa de la cocina, tapar el desconchado de humedad del techo del cuarto de baño, arreglar el cajón de la cómoda, barnizar la nueva estantería, hacer limpieza a fondo en toda la casa, cocinar de manera abundante para no tener que hacerlo durante toda la semana, planchar la montaña de ropa que había sobre la mesa de la sala, comenzar a escribir el cuarto capítulo de la cuarta novela que intentaba escribir, cortarse las uñas de los pies.

Pasó todo el tiempo dispuesto, preparado, con la firme convicción de llevar a cabo todo aquello pendiente que había apuntado en un papelito cuadriculado. Y, al final, no hizo nada de nada. El fin de semana voló sin darse cuenta, ojeando, sentado en un rincón, catálogos de sus pintores preferidos. El domingo, ya de noche, unos segundos antes de meterse en la cama, mientras escuchaba como la lluvia seguía golpeando con insistencia la ventana de su dormitorio, miró con desagrado, casi con repugnancia, las uñas de sus pies, y, dispuesto, preparado, con la firme convicción de quien cree perder la cabeza, se echó a reír hasta quedarse roque.



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Autorretrato riendo, Rembrandt

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