Aunque ya nadie se acuerda de mí, no hace mucho tiempo fui un escritor de éxito mundial.
Todo me iba muy bien, como la seda. Demasiado bien para mi gusto. Mis libros se vendían como los churros durante el invierno más frío. La crítica halagaba mis obras sin cesar. Halagos que sin duda me parecían desmedidos. Así que, harto de tanta injusta adulación, terminé por inventarme un detractor. Alguien que, difamándome, desde el anonimato, enviando cada día mensajes a periódicos y revistas literarias, hablase mal de mí. En definitiva, alguien que me pusiese a caer de un burro. Todo por el estricto sentido de la justicia que me caracteriza. Por equilibrar esta gran balanza que algunos llaman universo. No debería ser posible que a uno todo le vaya tan bien, como la seda. No debería ser posible que nadie hable mal de uno. No, este tipo de cosas, terroríficas donde las haya, no deberían ser posibles. Debería existir el oficio de Detractor Profesional, debería existir para cuando a uno todo le vaya muy bien, como la seda, y sienta que comienza a levitar, alguien le ponga los pies en el suelo.
Así que, al final, aunque lo mío me costó, conseguí hacer justicia. Al final, conseguí descuartizar, hundir y enterrar mi prometedora carrera literaria.
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Estudio de Inocencio X, pintura de Francis Bacon, 1954
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(siga el camino de puntos amarillos)
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(Puede leer usted, si lo desea, el primer comentario, anónimo, que he dejado en este post, y que tiene que ver con el detractor que esta semana se ha hospedado en este hotel y ha realizado unos cuantos comentarios en contra de mis textos)

