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martes, 10 de marzo de 2009

Un pintor portugués: Manuel Amado

Pasillo, pintura del portugués Manuel Amado (óleo sobre lienzo, 92 x 65 cm, 1992)
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Los pasillos y estancias de mi hotel, al amanecer, cuando todavía no se escuchan pasos, se parecen demasiado a las pinturas del portugués Manuel Amado. Son lugares vacíos. Llenos de vacío. Repletos de un vacío que lo invade todo y todo lo conquista. Un vacío que no se parece en nada al de un vaso vacío, sino, más bien, al vacío que dejan las manos cuando abandonan los bolsillos de un abrigo para decir adiós.

O, como diría Fernando Pessoa:

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Es tal vez el último día de mi vida.

Saludé al sol, levantando la mano derecha,

Pero no le saludé diciéndole adiós;

Le hice un gesto de que me gustaba verlo antes: nada más.

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Los pasillos y estancias de mi hotel, al anochecer, se llenan de una oscuridad vacía, vacía de cualquier luz que, desde el exterior, pretenda asediar a mis huéspedes. Mientras esto ocurre, sin que nadie se de cuenta, yo sólo pienso en ellos.

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El gran vestíbulo (óleo sobre lienzo, 92 x 73 cm, 1991)
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Ventana con cortinas (Óleo sobre lienzo, 92 x 73 cm, 1987)
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La escalera de sevicio (óleo sobre lienzo, 95 x 65 cm, 1985)
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La habitación de Pessoa (óleo sobre lienzo)
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miércoles, 15 de octubre de 2008

Cama de hotel


Detalle de una pintura del portugués Manuel Amado



Hace una hora que te has hospedado en un hotel situado junto a la vía del tren. Es de noche y estás leyendo en la cama. Sabes que no hay nadie debajo. Pero por un momento imaginas que si posases uno de tus pies en el suelo, una mano pálida y huesuda saldría de debajo de la cama y agarraría con fuerza tu tobillo. Así que, aunque notas ciertas ganas de mear, intentas aguantar un rato. Hasta que no puedes más y dejas el libro sobre la mesilla de noche y das un brinco y corres hasta el baño y meas y vuelves a meterte en la cama procurando no acercar tus pies a donde tú ya sabes bien.


Te pones a leer otra vez con tu cuerpo bajo las sábanas. Pero pierdes el hilo con facilidad imaginando que alguien está debajo de la cama. Te dices que quizá lo mejor fuese echar una ojeada para tranquilizarte de una vez por todas. Y a continuación te dices que vaya una tontería, que nadie puede haber allí debajo, que no piensas agacharte para mirar, que tienes ya una edad para andar con esas chiquilladas. Pero te lo dices porque tienes miedo a echar una ojeada y llevarte una sorpresa.


Después de un cuarto de hora intentando leer sin conseguir pasar página, tus párpados empiezan a cerrarse, te pesan una barbaridad. Finalmente te duermes con el libro sobre el pecho. Entonces sueñas que debajo de la cama estoy yo, con los ojos muy abiertos y escribiendo esto que ahora lees, en una libretita de hojas cuadriculadas con un lápiz tan pequeño que casi no te lo dejan ver mis pálidos y huesudos dedos.




(Fotografía realizada por Pierre Bonnard hacia 1889)