A menudo, más a menudo de lo que me gustaría, un intenso sentimiento de culpabilidad me asalta en mitad de la noche. Nunca lo hace en mitad de la mañana ni en mitad de la tarde, tan sólo me asalta en mitad de la noche, mientras duermo a pierna suelta. Sé de donde procede ese sentimiento, conozco perfectamente el lugar del que emerge: tiene que ver con un hombre al que maté hace tres años. Es el único hombre que he matado en mi vida. Diré en mi defensa que fue un accidente, así lo dictaminó el juez en su momento. Aún así, aún siendo un accidente, el sentimiento de culpabilidad continua emergiendo con frecuencia como un calamar moribundo, con todos sus tentáculos abarcando mi cráneo, apretándolo con saña. Pero fue eso, un terrible accidente en el que la Muerte tenía todas las cartas, todos y cada uno de los boletos ganadores. Tan sólo hizo falta un leve empujoncito del Azar. Nada tuvo que ver que el hombre al que maté me cayese mal, muy mal, fatal. Nada tuvo que ver que fuese el casero del piso en el que vivía yo por aquel entonces, nada tuvo que ver que el tipo no quisiese arreglar la muchas goteras que no dejaban de chorrear sin descanso, nada tuvo que ver que el calentador funcionase muy de vez en cuando, que las persianas estuviesen absolutamente agarrotadas, que la luz se fuese cada dos por tres o que las humedades en las paredes pareciesen espíritus que aumentaran de tamaño cada día. Fue un accidente. Es lo que me digo siempre que el sentimiento de culpabilidad me asalta en mitad de la noche. También me repito que nada tuvo que ver mi aversión hacia el casero, que nada tuvo que ver que yo saliese al balcón aquella mañana, que rozase con mi brazo un tiesto al apoyarme en la barandilla, que casualmente pasase por la calle en aquel instante el hombre al que detestaba, que entonces el tiesto, con su geranio en flor, cayese de pronto al vacío y no tardase en hacer blanco en la calva de mi casero, arrancándole la vida sin remedio. Fue un accidente. Así lo dictaminó el juez en su momento. Fue un accidente. Eso es lo que me repito una y otra vez como si de un mantra se tratase. Me lo repito cuando el intenso sentimiento de culpabilidad me asalta en mitad de la noche como un dardo envenenado, como una virulenta punzada en el estómago, como un ataque al corazón. Siempre en mitad de la noche. Nunca en mitad de la mañana ni en mitad de la tarde. Siempre en mitad de la noche. A eso de las tres y media de la madrugada.
miércoles, 24 de febrero de 2010
A ESO DE LAS TRES Y MEDIA DE LA MADRUGADA
jueves, 10 de diciembre de 2009
ESAS GUARIDAS EN QUE SE CONVIERTEN LAS FOTOGRAFÍAS CAPACES DE GENERAR SUEÑOS QUE MÁS TARDE LE ASALTARÁN A UNO MIENTRAS PASEA POR UN PARQUE
Esta noche he soñado con un hombre que permanecía sentado en el campo. Sus manos tapaban sus orejas y un parche ocultaba uno de sus ojos. Al despertar, durante unos segundos, he tenido presente esa imagen, pero enseguida se ha esfumado y no he vuelto a recordarla hasta media mañana. La he recordado mientras paseaba por un parque prácticamente desierto. He visto a un hombre sentado en uno de los bancos del parque con sus manos tapando sus orejas pero sin parche alguno ocultando uno de sus ojos y, de pronto, he recordado la imagen del sueño con gran nitidez. Ha sido como una especie de sacudida mental. He llegado a tambalearme cuando he recordado el sueño. Allí, en el sueño, el hombre permanecía sentado en el campo, absorto, mientras a lo lejos se intuía una silueta de mujer que parecía alejarse. Se escuchaba el viento, silbando. La mujer, alejándose, gritaba algo al hombre, pero este, con sus manos tapando sus orejas, parecía no querer escucharla, parecía no querer escuchar el silbido del viento, parecía no querer saber nada de la realidad.
Cuando he recordado el sueño también he recordado que esa imagen de un hombre sentado en el campo, con sus manos tapando sus orejas y un parche ocultando su ojo derecho, era una imagen que había visto antes en alguna parte. De camino a casa no he dejado de pensar en ello. Al llegar he desordenado las estanterías y el armario de la sala, lo he puesto todo patas arriba hasta que he encontrado la imagen que aparecía en mi sueño. Sin apenas darme cuenta, esa imagen me ha llevado a pensar en otra imagen, y también la he buscado, y esa otra imagen me ha llevado a otra, y esa otra a otra, y a otra más, y a otra, y a otra… hasta que me he visto rodeado de libros y revistas en las que aparecían muy diferentes personas con parches en sus rostros, mirándome fijamente con un solo ojo, como si se hubiesen puesto de acuerdo para gastarme una broma.
Entonces ha empezado a picarme el ojo derecho, ha empezado a escocerme de una manera realmente molesta. Lo he frotado un par de veces y el escozor ha aumentado. Después lo he cerrado y, así, de esta manera, la desazón ha disminuido considerablemente. Pero se me ha ocurrido abrirlo de nuevo y el escozor ha vuelto a atacarme. Así que lo he vuelto a cerrar, envidiando los parches de todas esas personas que me miraban desde sus guaridas, esas guaridas en que se convierten las fotografías capaces de generar sueños que más tarde le asaltarán a uno mientras pasea por un parque prácticamente desierto.


Fritz Lang.
John Ford.
John Wayne.
Nicolas Rayen la película Relampago sobre el agua, de Wim Wenders
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John Goodmanen la película O Brother, de los hermanos Cohen
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