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lunes, 17 de enero de 2011

NO LO HE OLVIDADO


Pintura de Balthus


Ya me ponía nervioso todo aquello cuando tenía doce años y las mañanas de domingo nos daba por reír hasta que nos quedábamos sin aliento observando por la ventana a toda aquella gente que cruzaba la avenida en dirección a la iglesia. No lo he olvidado. Así era. Así sucedía. Las lágrimas descendían por nuestras mejillas hasta que saltaban desde las barbillas al suelo estrellándose contra las viejas baldosas de estilo mozárabe. No lo he olvidado. Así era. Así sucedía. Con las mandíbulas bien estiradas recitábamos un sinfín de carcajadas que rebotaban en las paredes de aquella habitación vacía como pelotas lanzadas por el mero placer de sublimar un juego disparatado. No lo he olvidado. Así era. Así sucedía. Cuando la falta de aire nos obligaba a dejar a un lado nuestras excéntricas risotadas era cuando inhalábamos nuestro propio eco mareándonos y creyendo que desfalleceríamos en cualquier momento. No lo he olvidado. Así era. Así sucedía. Pero el esperado desmayo nunca llegó a producirse aunque un par de veces el rostro de Beatriz adquirió un tono azulado que me hizo pensar en un ahogo tan inminente como violáceo. No lo he olvidado. Así era. Así sucedía. Al acercarse la hora de comer se acrecentaban nuestros nervios debido a la idea de un inmediato alejamiento que no nos hacia la menor gracia pero al que estábamos abocados sin remedio alguno. No lo he olvidado. Así era. Así sucedía. Entonces nos entregábamos a un beso siempre fugaz pero inequívoco que nos hacía sentir una nueva alianza inmune seguida de unos pasos acelerados en dirección a la puerta. No lo he olvidado. Así era. Así sucedía.
Poco después, con el estomago lleno, llegaba la tarde, con todos sus minutos, anclados en el recuerdo, de sus labios, de sus manos, de sus piernas, de sus ojos llevándome hacia una noche de risas renovadas por la erección.

martes, 9 de diciembre de 2008

La materia artizada (I)

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El escritor cubano José Lezama Lima (1910-1976)

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En noviembre de 1997 compré el libro La materia artizada (Editorial Tecnos, 1996), de José Lezama Lima. Es uno de los libros sobre arte que prefiero. Desde que lo compré no he dejado de releerlo y ojearlo. En La materia artizada se recopilan los textos que Lezama Lima escribió sobre arte. Textos que escribió sobre Matisse, Bacon, Picasso, Bonnard, José Guadalupe Posada, José Clemente Orozco o Balthus. Lo compré en noviembre de 1997 en la librería de la Fundació Tápies, en el 255 de la calle Aragó de Barcelona. No es cuestión de memoria que recuerde el lugar y la fecha en que lo compré. No. Lo que pasa es que me gusta apuntar, tras la primera hoja, esa que suele estar en blanco, el lugar y la fecha en que compro cada libro.
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Le passage du Comerce Saint-André, 294 x 330 cm (1953), pintura de Balthus

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Pintura preferida, fragmento de un texto de José Lezama Lima que aparece en La materia artizada:
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"Balthus, en Le passage du Comerce Saint-André, está en la otra tradición, la que circuliza un fragmento del mundo exterior, apoderándose de él en ese momento en que las cosas liberadas de nuestras insensatas reinvindicaciones, marchan hacia nosotros anhelosas de su existir formal. A medida que esas cosas toman nuestras direcciones y señales, se hacen más completas, ofrecen un misterio más difícil de penetrar."
"En el apoderamiento de esa calle parisina, Balthus consigue la calidad de esa tradición, un fragmento que asciende y se mantiene entre su insignificacia y sus prodigios. Las planchas que cubren las vitrinas de la casa donde se elaboran los sorprendentes llavines, que reemplazan a los perdidos, nos indica que la vida más esencial de esa calle va a esclarecerse y a penetrar en el cuadro de la tela. La vieja, equilibrada entre su bastón y su bolsa; en enano oligofrénico, que limita su mundo a la contemplación del perro lamiendo el centro de la calle; los niños, unos entrelazados en sus mundos de indescifrables lejanías; y otros, que parecen mirar al pintor, se sonríen. Precisamos que en esa tela Balthus dominó su espacio, les sembró unas figuras que nos saludan y se presentan con gracia desenvuelta, aun en su indiferencia. La eficacia de ese espacio y las figuras que ha relacionado, se le convierten, en la contemplación, en el resuelto enigma de un punto de irradiaciones."
(25 de abril de 1956)
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José Lezama Lima

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martes, 18 de noviembre de 2008

El hombre de su vida

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Pintura de Balthus
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Es mediodía, el mediodía de un luminoso sábado de noviembre. Idóneo para salir a pasear. Pero Adelaida se mira al espejo y sólo piensa en que, por la noche, a eso de las diez, cenará con El hombre de su vida. Espera Adelaida que en el transcurso de esa velada, El hombre de su vida le pida matrimonio. Se mira al espejo y se encuentra fea. Además de las ojeras y la sequedad de su piel, le disgusta sobre todo el aspecto de su pelo. Le parece desmadejado, lacio, sin volumen alguno. Se pasa un cepillo varias veces por el cabello y, después, mirándolo fijamente, comprueba que está lleno de pelos, pelos enredados en sus púas que a Adelaida le recuerdan a un montón de algas enmarañadas en un embarcadero. Entonces recuerda el anuncio que ha visto el día anterior en el escaparate de la farmacia de su barrio. Tarda muy poco en ponerse los zapatos, la bufanda y la gabardina y sale pitando a la calle. En un abrir y cerrar de ojos se encuentra ante la farmacia. Lee de nuevo el anuncio: Su cabello crecerá 3, 6, 10 centímetros (y más) y al mismo tiempo se vigorizará duplicando su volumen ¡Es increíble! Entra en el establecimiento y pide impaciente la loción que hace tales maravillas. Mirándolo primero con escepticismo, la farmacéutica envuelve después con indiferencia el producto para Adelaida. Esta abandona la mar de contenta la farmacia y, antes de dirigirse a casa para untar aquel potingue en su cabellera, lee una vez más el anunció del escaparate: Su cabello crecerá 3, 6, 10 centímetros (y más) y al mismo tiempo se vigorizará duplicando su volumen ¡Es increíble! Una vez en casa, pasa la tarde con el ungüento en su cabello, tapado con un paño húmedo, tal y como indica el prospecto.

A las ocho, dos horas antes de su ansiada cita, Adelaida se quita el emplasto, se lava la cabeza y atusa su pelo mientras utiliza el secador. A continuación se mira al espejo. Maravillada, obnubilada, incluso boquiabierta, contempla como su cabello brilla como nunca repleto de volumen. Le parece también que ha crecido levemente. A las ocho y media vuelve a mirarse al espejo. Esta vez se asusta un poco al ver que su pelo ha crecido unos treinta centímetros, hasta alcanzar su trasero. Después se dice que no está nada mal, que aquella larga melena favorece sus andares. A las nueve comprueba que ha crecido otros treinta centímetros. Entonces, más asustada, agarra unas tijeras y, con un firme ras-ras-ras, corta su cabello a la altura de la mitad de su espalda, tal y como estaba antes de utilizar la loción mágica. A las nueve y media, justo antes de salir de casa, nota que su cabello ha crecido de nuevo unos centímetros, pero se le hace tarde y ya no puede hacer nada, así que se dirige al restaurante en el que se ha citado con El hombre de su vida. Llegan los dos puntuales. El hombre de su vida la piropea nada más verla, haciendo referencia a su voluminoso peinado. Adelaida esboza una sonrisa, una sonrisa nerviosa. El hombre de su vida no es ni alto ni bajo, ni guapo ni feo, ni listo ni tonto, ni agradable ni pelmazo; pero para Adelaida es, sin lugar a dudas, El hombre de su vida. Tras media hora de insulsa velada, habiendo olvidado lo del crece-pelo, dice Adelaida que va un momento a los aseos, lleva un buen rato aguantando la presión de su vejiga. Se levanta y echa a andar sin darse cuenta de que arrastra una melena de más de tres metros de longitud. El hombre de su vida, anonadado, con sus ojos como platos, se atraganta y da un buen trago de vino tras ver aquella maraña de pelo desfilando hacia los aseos, arrastrando todo lo que encuentra a su paso. Adelaida no se percata de la largura que ha adquirido su cabello hasta que, al ir a sentarse en la taza, sus tobillos se enredan en su pelambrera. Aterrorizada por lo que El hombre de su vida pueda pensar, se tira un cuarto de hora ahí encerrada sin saber que hacer. Al fin, diciéndose que el amor todo lo puede, se decide a salir.

El hombre de su vida ya no está. El camarero, con una expresión entre la amabilidad, la compasión y el asco, le dice que El hombre de su vida se fue en cuanto ella entró en los aseos, pero que, antes de huir despavorido, pagó la cena. Entonces Adelaida pide un chupito de whisky y, tras bebérselo de un trago, se dirige a casa arrastrando la enorme pelambrera que, tal y como anunciaba el cartel del escaparate de la farmacia de su barrio, no deja de crecer.

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Xilografía de Hashiguchi Goyô (1880-1921)
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martes, 4 de noviembre de 2008

ESPACIO DE ARTISTA (III): Balthus





El pintor Balthus (1908-2001)




Pocas son las fotografías en las que el pintor Balthus no aparece fumando. Puede aparecer también pintando, leyendo, charlando, mirando al horizonte como quien no quiere la cosa. Pero pocas son las fotografías en las que no aparece con un cigarrillo entre sus huesudos dedos o colgando de sus labios. Posaba el cigarrillo y daba unas pinceladas. Retocaba a menudo esas pinceladas con sus dedos. Los mismos dedos que un minuto después sujetarían el cigarrillo mientras, sentado, contemplaba el progreso del cuadro. Lo contemplaba y daba unas caladas. Caladas que parecían formar parte de su proceso creativo. Que ayudaban a que, en su cerebro, los pensamientos flotasen de manera ascendente como suaves porciones de humo.


Después estaban los gatos. Por algo llamaron a Balthus El rey de los gatos. Siempre había uno cerca. Merodeando alrededor de su caballete. Les enseñaba a no acercarse a sus pinturas y disolventes. Les enseñaba a estar sin molestar. Les enseñaba a observar sus cuadros. Y cuando maullaban de una forma extraña, sabía Balthus que no iba por el buen camino, que debía retocar sus últimas pinceladas. Lo mismo pasaba cuando Setsuko, su mujer, entraba en el estudio sigilosamente, como un gato más, y fruncía el ceño. Sabía Balthus entonces que no iba por el buen camino, que debía retocar sus últimas pinceladas. Además, cuando Setsuko veía que a Balthus se le cruzaba algún cuadro y adquiría su rostro cierta expresión de rabia, calmaba aquella desazón del pintor haciendo que se mirase en un espejito con el que, muy a menudo, ella se arreglaba las cejas.



















"Es posible ser realista de lo irreal y figurativo de lo invisible", Balthus

Jean Louis Barrault, Balthus y Albert Camus (1948)