domingo, 8 de marzo de 2009
Algunas de las pintoras que prefiero
jueves, 5 de marzo de 2009
Monedas para el autobús
Un dependiente de El Corte Inglés de Barcelona llamado Aurelio Tarteto, cuarentón, flaco y desgarbado, se sienta en la marquesina del autobús cada mañana a las ocho menos cuarto.
Allí, mientras observa pasar alguna nube y, boquiabierto, escucha como bosteza la ciudad, le da por pensar en que si no tuviese ojos, es más que posible que optase por suicidarse. Recapacita sobre el hecho de que, si un mal día, de golpe y porrazo, perdiese la vista y los médicos le dijesen que no existiría posibilidad alguna de recuperarla, se quitaría la vida sin dudarlo.
También le da por pensar en que no se suicidaría si perdiese otro sentido. Si perdiese el oído, el olfato, el gusto o el tacto, no le daría por quitarse la vida. El único sentido que le hace pensar en el suicidio tras imaginar su perdida, es el de la vista. Los demás no le preocupan tanto. Le gusta mucho la música y sabe que llevaría mal el hecho de perder el sentido del oído, llevaría mal el hecho de no poder escuchar a Bach recostado en el sofá como hace cada día cuando llega a casa tras otra tediosa jornada laboral. Lo llevaría mal pero no se suicidaría por ello. Piensa que siempre podría tararear mentalmente sus composiciones preferidas.
El resto de los sentidos, comparados con la vista y el oído, no le preocupan, los considera prescindibles. Le da por pensar incluso en que le gustaría vivir tan sólo con la vista y el oído, olvidarse de una vez por todas, para siempre, de apestosos olores, agrios sabores y desabridas texturas. Si se pudiese extirpar el olfato, el gusto y el tacto como quien se extirpa el apéndice, lo haría sin el menor miramiento.
Todo esto piensa Aurelio Tarteto allí, cada mañana, en la marquesina del autobús, mientras observa pasar alguna nube y, boquiabierto, escucha como bosteza la ciudad.
Pero, algún que otro día, si ninguna nube pasa o el cielo está encapotado, disfruta acariciando con las yemas de sus dedos las monedas que lleva en el bolsillo.
domingo, 1 de marzo de 2009
No felicitaciones
Otro año sin celebrar, entre no felicitaciones, mi cumpleaños. Es lo que sucede cuando uno nace un 29 de febrero. Confieso que lo llevé mal en mi infancia, pues mis padres, de una rectitud sin igual, decidieron celebrar mi cumpleaños sólo cuando fuese año bisiesto, es decir, cada cuatro años. Un año es bisiesto si es múltiplo de cuatro pero no lo es de cien, excepción a lo anterior son los años múltiplos de 400, los cuales serán siempre bisiestos. El último año bisiesto fue el 2008, el siguiente será el 2012. Me he acostumbrado ya a celebrar mi cumpleaños cuando toca, nunca lo celebro si no es año bisiesto. Aunque en mi infancia sucedía, ahora ya no envidio a la gente que celebra año tras año el hecho de cumplir años. Confieso que llevé mal lo de no recibir regalos mientras veía como mis compañeros de colegio eran agasajados cada año con un sinfín de juguetes mientras yo, con unos padres de una rectitud sin igual, recibía un solo regalo cada cuatro años. Aquello marcó sin duda el carácter de viejo cascarrabias que tuve hasta la adolescencia, hasta que entré a estudiar en un colegio mixto, entonces me convertí, mientras observaba las piernas de las muchachas, en la alegría de la huerta. Ahora lo llevo mejor, mi carácter se ha ido suavizando con los años y continúo celebrando mi cumpleaños tan sólo cuando toca. Me consuela además pensar que otros han pasado ya por todo esto. El pintor alemán Leo Von Klenze nació un 29 de febrero de 1784, el pintor estadounidense Adolf Wölfli nacio un 29 de febreo de 1864, el pintor francés Balthus nació un 29 de febrero de 1908. Y yo, que no soy pintor pero me gustaría serlo, nací también un 29 de febrero, de un año que desde entonces han dado en llamar 1970.
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Leo Von Klenze
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Adolf Wölfli
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Balthus celebrando su cumpleaños. Mientras, Setsuko, su mujer, le tira de las orejas.
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viernes, 27 de febrero de 2009
Hasta llegar a casa
Ayer fui al cine.
Me senté detrás de ti sin hacer el menor ruido.
Vimos la película.
Tú comías palomitas de maíz.
Yo bebía a sorbitos una fanta de naranja.
Muy de vez en cuando, me fijaba en tu nuca, en tus orejas, en tu coronilla.
Un par de veces me acerqué tanto a tu cuello que creí que ibas a descubrirme.
A descubrirme allí, detrás de ti.
Pero no fue así.
Vimos la película y no me descubriste.
No allí, no detrás de ti.
Antes de que apareciesen los créditos finales, me levante y me fui.
Salí del cine y crucé la calle con la fanta de naranja todavía en la mano.
Al otro lado esperé a que también tú abandonases el cine.
Era de noche y hacía frío.
Echaste a andar por el Paseo de Gracia abajo.
Te seguí por la acera de enfrente.
Te detuviste ante un escaparate de Zara.
Vi tu rostro reflejado en el escaparate.
También, al fondo, me vi yo reflejado.
Fue entonces cuando me di cuenta de que me habías visto.
Me descubriste reflejado en el escaparate de Zara.
Dejé caer al suelo la fanta de naranja.
Ya nada podía hacer.
Así que eché a correr y no me detuve hasta llegar a casa.
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jueves, 26 de febrero de 2009
Blanco sobre gris (o El infinito sendero del Sr. Opalka)
Cada día, desde el año 1972, cuando da por terminada su jornada laboral, Roman Opalka se autorretrata fotografiándose.
Nacido en Francia en 1931 pero descendiente de polacos, la infancia de Opalka estuvo marcada por la Segunda Guerra Mundial. Estudió pintura, escultura y grafismo en la Escuela de Bellas Artes de Lodz, entre los años 1951 y 1956.
A partir de 1965, obsesionado por el paso del tiempo, comienza su serie Infinity paintings, el proyecto de su vida, pinturas infinitas que se basan en el principio fundamental de la progresión.
Su primer cuadro comienza con el número 1 dibujado en blanco sobre fondo gris en la parte superior izquierda de la tela, hasta que, sumando unidades en series numéricas, alcanza la cifra 35.327 en la parte inferior derecha.
Cada nuevo cuadro enlaza con la cifra en la que termino el anterior.
Todas las obras están realizadas con la misma técnica, un pincel fino y pintura blanca sobre fondo gris.
Todas las obras tienen exactamente el mismo tamaño.
Cada obra es acompañada por una grabación sonora, grabación en la que puede escucharse la voz de Opalka enumerando con parsimonia y en polaco las cifras que va dibujando sobre la tela.
En 1998, su serie Infinity paintings, en la que hoy en día continua trabajando sin el menor respiro, alcanzaba ya la cifra de cinco millones.
Así que ahora, mientras escribo todo esto, no puedo dejar de imaginar a Roman Opalka, hoy mismo, como cada día desde el año 1972, realizando un nuevo autorretrato fotográfico cuando, tras pasar el día dibujando un sin fin de números blancos sobre fondo gris, considere concluida su jornada laboral.
miércoles, 25 de febrero de 2009
En el fondo del fondo
Escribo una frase que no me suene mal. Sí, lo reconozco, confieso que es así como empiezo a escribir cualquier cosa que escriba. Escribo una frase que no me suene mal pero tampoco demasiado bien. Una frase sin importancia. Una frase anodina, trivial, a veces incluso pueril. Así empiezo, con una frase que abre una puerta. Procurando que las bisagras no chirríen demasiado, que esa puerta que se abre sea imperceptible. Sin corriente alguna. Sin ninguna idea. Sin tener ni la menor idea de qué narices voy a escribir. Escribo y punto. A medida que las palabras se forman, que las frases se encadenan, que los párrafos se amontonan, todo parecer cobrar cierto sentido. Por lo menos, para mí, todo parece cobrar cierto sentido. Sentido tal vez palpable en el fondo del fondo del texto, en la más absoluta oscuridad, como si el fondo del fondo del texto fuese en realidad el fondo del fondo del mar. Después está el ritmo, el fraseo, la melodía que, en el interior del texto, acompaña a cada nueva palabra que brota. Sí, eso me gusta, poner una coma aquí, otra allá, así, de manera aleatoria, hasta que surge un nuevo punto. Y otro punto. Y otro punto. Y otro punto. Y vuelta a empezar, una coma por aquí, otra por allá, una más si me apetece poner una más, otra si creo que es necesario, así hasta que surge otro punto. Y otro. Y otro. Y otro. Pero también me gustan las frases que, entrecortadas, interrumpidas, provocan cierta intermitencia en el fluir del texto. Y, así, alargando ese goteo, una y otra vez, repetir frases que, entrecortadas, interrumpidas, provocan de nuevo cierta intermitencia en el fluir del texto. Hasta que, harto ya de repetirme, de entrecortarme, de interrumpirme, llega un final en el que, para mí, todo parece cobrar cierto sentido. Eso es todo, no creo que haya mucho más en lo que escribo. Y tengo la impresión de que no escribo bien, tengo la impresión de que escribo bastante mal, pero en el fondo me gusta.
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martes, 24 de febrero de 2009
jueves, 19 de febrero de 2009
De acuerdo
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- Me dice que le cuente lo que me pasaba, pero la verdad es que ni yo lo sé. Creía que podría hacerlo. Esta vez sí, me decía. Llegaré hasta el final. Lo lograré. Pero una vez más me quedaba a medias. No sabría decir por qué demonios se me atragantaban de aquella manera. Sin embargo sucedía así, tal y como se lo cuento.
Humberto E. mordisqueaba los pellejitos de sus macilentas zarpas mientras me contaba su incapacidad para terminar un cuadro en la época en que, cincuenta años atrás, se dedicaba a pintar.
- Y entonces, usted ya sabe como funciona esto del arte, se pusieron de moda mis pinturas inacabadas. Y hasta las llamaron así, como si fuera una nueva corriente artística, “Las pinturas inacabadas de Humberto E.” Pero aquello fue cosa del galerista Andrés Marmott, él fue quien se empeñó en presentarlas así, sin terminar ni nada. Que a mí, cada vez que pensaba que las iba a exponer de aquella manera, me entraba una congoja de tres pares de cojones y ni comía, ni dormía, ni hacía el amor con la parienta, y sólo pensaba en cuando leches llegaría a terminar uno de los muchos cuadros que tenía empezados en mi estudio, que además se amontonaban allí por decenas y cada vez que entraba me decía a mi mismo “animo chaval, tu puedes, valor y al toro”, y cogía el que me parecía que estaba más avanzado y, después de seis horas dale que te pego al pincel, resulta que en vez de avanzar había retrocedido y aquello me parecía recién empezado.
Miró hacia el techo y, meditabundo, se quedó así, como en trance, unos instantes. A los treinta años, Humberto E. había llegado a exponer en las mejores galerías de París, Londres o Nueva York. Sus pinturas inacabadas causaron furor durante tres o cuatro años. Después, tras morir su padre y convertirse en heredero de una magna fortuna, con una prometedora carrera artística por delante, decidió retirarse a la casa familiar de Águilas, en Murcia, donde, a sus ochenta años, vive todavía hoy apartado del mundo. En estos últimos cincuenta años, no ha vuelto a realizar ninguna exposición ni se ha tenido noticia alguna sobre su actividad artística.
- Lo de Nueva York fue tremendo. Hasta apareció una reseña con mi foto en el New York Times. La gente allí me trataba como si yo fuese Picasso o Dalí, toda una estrella. Pero yo seguía con lo mío, lo que quería era terminar un cuadro, o por lo menos, aunque sólo ocurriese con una de mis pinturas, sentir que estaba acabada, que había desaparecido esa fuerza interior que te obliga a seguir encima del lienzo un día sí y otro también. Porque un cuadro puede estar esbozado y estar más que terminado, sólo hay que ver algunos retratos de Giacometti, que a mí es un artista que siempre me ha gustado mucho, pero este no era mi caso, lo mío era otra cosa, que hasta me dio por ir a un psiquiatra para ver si aquello era algo neuronal o que demonios pasaba dentro de mi cabecita para que no pudiese terminar jamás un cuadro. Pero yo creo que todo era debido a la presión que ejercía sobre mí el galerista Andrés Marmott, que a veces se pasaba por mi estudio y me miraba pintar, y yo, si me miran, es que no puedo pintar, no puedo, y podía sentir como clavaba su mirada en mi cogote y de pronto gritaba “¡no siguas, no siguas, déjalo así, así esta bien!, ¡maravilloso!, ¡extraordinario!.” Y el muy cabrón, porque otra cosa no sé pero cabrón era un rato largo, se llevaba el cuadro así, sin terminar ni nada, cuando aún le hubiera dado yo una buena sarta de pinceladas, y en dos días lo vendía por un dineral, y a mí, que todo aquello me asqueaba, me daba la mitad. Por eso, cuando mi padre la diñó, dejé Madrid y me volví a Águilas. Que aquí se esta muy tranquilo. Y no te creas, que de lo tranquilo que se está, me costó dos años ponerme a pintar, pero cuando volví, poco a poco, empecé a terminar un cuadro y luego otro y otro…y me sentí aliviado y hasta tenía apetito y dormía a pierna suelta y la parienta contenta porque le daba unos meneos de cuidado.
El primer día que visité a Humberto E. en su casa de Águilas, estuvo a punto de echarme de allí a patadas. No era un hombre fácil. Había vivido gran parte de su vida aislado del mundo, siempre con alguien cerca que le dijese a todo que sí. Su mujer, Aurora, era una santa. Sus tres hijas, Guadalupe, Sofía y Marta, amables y entregadas hasta lo inimaginable, se merecerían que alguien les construyese una estatua a la entrada de la casa familiar. Gracias a ellas logré entrevistar a Humberto E. y convencerle de que realizase una exposición con algunas de las pinturas que había realizado durante su exilio voluntario.
- Pero a mí, si le digo la verdad, esto de volver a exponer después de tanto tiempo me da cierto respeto, que mucha gente esperará encontrarse con pinturas inacabadas y las que yo he hecho estos años están todas bien terminadas. Hasta barniz les he puesto. Y las cosas han cambiado mucho, que no es como en mis tiempos, que hoy en día hay muchos artistas y el arte ha avanzado mucho, y a veces tengo la sensación de que yo me he quedado un poco atrás, porque, aunque vivo aquí aislado, todos los días me traen la prensa y me entero de lo que pasa y leo sobre todo las páginas de cultura, que las de deporte, ya se lo he dicho al chico que trae el periódico, a mí no me interesan, que podían quedárselas y descontarme algo del precio. Pero no, dice que eso no puede ser, que el periódico se vende enterito, “de la primera a la última página” dice siempre ese mozo tan aguafiestas.
En aquella época visité a Humberto E. con cierta asiduidad. Yo mismo me encargué de fotografiar las obras que ilustrarían el catálogo de la exposición que tendría lugar en la Sala Varvonni de Madrid en mayo de 1998, escribir el texto que aparecería en las invitaciones, informar del evento a los medios de comunicación pertinentes, llevar a cabo una lista de influyentes invitados…lo deje todo bien atado para que la reaparición de Humberto E. en el caprichoso mundo de las Bellas Artes fuese un éxito inconmensurable.
- Y si le digo la verdad, a mí, lo que me gusta de pintar, es ese momento arrebatador, y muy breve, en el que doy cuatro pinceladas y, al alejarme un poco, me maravillo con lo que he hecho, y mientras un cosquilleo me sube estómago arriba, me preguntó cómo coño he hecho lo que he hecho, porque de tanto estar encima del lienzo ni sé lo que hago ni como pasan las cosas. Ese momento de euforia, que hay quien dice que es como no sé que droga, pero yo drogas no he probado, y otros dicen que es algo parecido a estar loco, y un poco loco si que estoy pero quien no lo está, pues eso, ese momento tan breve es lo que a mi me gusta de estar horas y horas pintando. Lo de exponer es un coñazo, tener que ir a Madrid y todo eso, no me apetece nada.
Los cuadros debían viajar de Águilas a Madrid cuatro días antes de la inauguración. Pero el día en que debían llegar, no aparecieron. Con el temor de que se hubiese echado a atrás en el último momento, llamé por teléfono a Humberto E. que, con voz jovial, descolgó el aparato. Antes de que me diese tiempo a decir nada sobre los cuadros, me dijo que estuviese tranquilo, que ya habían sido empaquetados y enviados pero con un día de retraso debido a un pequeño despiste. Así fue, al día siguiente aparecieron en la Sala Varvonni y dos días después se inauguró la exposición. Fue una inauguración por todo lo alto, entre los presentes estuvieron ilustres políticos y afamados críticos y artistas. Pero de Humberto E. ni rastro. Aunque había prometido asistir al acto, no se presentó. Aquella misma noche le llamé por teléfono, descolgó y, antes de que pudiese decir yo nada, me dijo que no le contase como había ido todo, que no quería saberlo, que, hasta que todo aquello acabase, no quería tener ni la menor noticia de mí. Después colgó el aparato sin que me diese pie ni a decir de acuerdo.
miércoles, 18 de febrero de 2009
La extraña sección angélica
Ignacio Martínez de Pisón, Enrique Vila-Matas, Bernardo Atxaga, Paula, Joxemari Iturralde y Jabier Muguruza..
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lunes, 16 de febrero de 2009
La acción transcurre
La acción transcurre en un paraje llano y desolado. Una carretera comarcal. A lo lejos, en el horizonte, un hombre que se acerca despacio. Cuando está a unos metros de mí, me saluda. Es entonces cuando le reconozco.
- Hola, Álex!
- Hola, Ernesto…pero…vaya…si creí que habías muerto!
- Pues no. Casi, pero no.
- ¿Y qué haces por aquí?
- Vengo a ayudaros con vuestro problema, Álex.
- Ya… ¿Qué problema?
- El único problema que tenéis.
- Ya… ¿Y quienes lo tenemos?
- Los que necesitáis mi ayuda.
- Ya…vaya…pues me alegro de verte y de saber que te encuentras bien.
- Yo me encuentro bien, Álex. Pero vosotros tenéis un problema.
- Sí, Ernesto, ya me lo has dicho. Pero la verdad es que no sé de qué problema me hablas.
- Claro que lo sabes, Álex. Sólo tienes que pensar un poco. Piensa. Piensa un poco.
- Ya…ya pienso, pero no se me ocurre nada.
- Piensa, Álex. Piensa un poco más.
- De verdad te lo digo, Ernesto, pienso pero no se me ocurre ningún problema en el que pensar.
- No te preocupes, yo te ayudaré de todos modos. Para eso he venido.
Tras esta última frase me despierto. El sueño ha sido tan real que, por unos segundos, todavía medio dormido, creo haber estado charlando con mi amigo Ernesto. Es una sensación muy extraña la de sentir que acabo de estar charlando con Ernesto, porque entonces recuerdo, con cierta conmoción, que mi amigo murió hace más de un año y que, aunque siempre lo olvido, este sueño se repite desde entonces con cierta frecuencia.
La Boquería
ME HAN DESCUBIERTO.
viernes, 13 de febrero de 2009
Me sabe mal
White weeding (2006), pintura de John KirbyMe sabe mal. Me sabe mal que todo me sepa tan bien. Me gusta comer, comer de todo. No hago ascos a nada. Carne, pescado, sopas, legumbres, pasta, ensaladas, verduras, potajes, todo tipo de entremeses y postres, sobre todo si tienen chocolate. Me encanta el chocolate. Me chifla. Salivo como un perro cuando veo cerca chocolate. Salivo y vuelvo a salivar. De tanto salivar, termina por formase un charco bajo mis pies cuando veo cerca chocolate. Es una adicción. Así la definió el pediatra cuando, siendo un niño, mis padres acudieron a él preocupados por lo mucho que yo salivaba y porque les llenaba el parqué de charquitos. Charquitos de baba infantil. Lo hablaron detenidamente mientras yo escuchaba tras la puerta. Me sabe mal. Me sabe mal salivar si hay alguien delante. Es complicado mantener una relación estable cuando tu pareja descubre que salivas sin ton ni son, que no puedes controlarlo si hay cerca chocolate, y es necesario que haya cerca chocolate porque soy un maldito yonki del chocolate. Me da igual del tipo que sea, chocolate negro, chocolate en polvo, chocolate blanco, chocolate con leche, chocolate con almendras o avellanas, chocolate a la taza, chocolate en cobertura, chocolate fondant. Me da exactamente igual. Necesito chocolate. Un par de dosis diarias, tal vez tres, no pido más. Y me sabe mal. Me sabe mal tener que vivir pegado a una fregona, fregando una y otra vez los charcos que se forman bajo mis pies cuando veo cerca chocolate. Charcos de baba adulta. Y lo que peor me sabe, con diferencia, es que mi hermano gemelo, ahí donde le ven, que somos como dos gotas de agua, igualitos, calcados, él un poco más pálido, siempre, el muy cabrito, que desde nuestro nacimiento ha ido por delante pues salió un segundo antes del vientre materno, como he dicho, lo que peor me sabe es que mi hermano, siempre, el muy cabrito, desde nuestra más tierna infancia, ha detestado e incluso aborrecido el chocolate mientras yo, sin control, salivaba a lo largo y ancho de toda la casa sin poder remediarlo. Y, aunque he rezado mil y una oraciones para que dejase de ocurrir, esto, lo que acabo de contar, por muy increíble que parezca, cuando hay cerca chocolate, como un títere, sin ton ni son, ocurre.
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Pinche, por favor, sobre esta pintura de John Kirby, quizá le agrade lo que pueda encontrar al otro lado.
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lunes, 9 de febrero de 2009
Paisajes de los que nada sé

1) Ayer, domingo, en la masía en la que viven mis padres, que perteneció a mis abuelos, mientras comíamos, me contaron que habían hallado, en un cajón, el día anterior, sábado, una serie de negativos fotográficos. Los habían encontrado perdidos entre las páginas de un libro de botánica. Los habían observado a trasluz. Y habían visto lo que les había parecido una serie de paisajes. Me contaron también que suponen que deben ser los negativos de fotografías realizadas por mi abuelo Alain. Mi abuelo Alain recorrió medio mundo, y siempre llevo con él su cámara fotográfica. Mi abuelo Alain nació en Meudón, pueblo cercano a París (ya he hablado por aquí sobre los insignes artistas que residieron en Meudón, dejo el ENLACE para quien no lo sepa). A los 19 años se fue a Italia, a buscarse la vida, después, por lo que me han contado, vivió también en Grecia y en diversos países de Sudamérica. Tras hacer una pequeña fortuna al otro lado del charco, regresó a París. Allí conoció a mi abuela Terese, nacida en Barcelona. Se enamoraron y Terese convenció a Alain para vivir en Cataluña, en la masía en la que hoy viven mis padres, en la masía que perteneciera a los padres de mi abuela Terese.
2) Así que me traje a casa los negativos. Los escaneé a gran resolución y después, con el programa Photoshop, invertí el blanco y negro. Aparecieron entonces varios paisajes. Algunos negativos están bastante dañados y es difícil intuir siquiera qué se muestra en la imagen. Pero en otros, en cambio, aparecieron con bastante nitidez unos paisajes de los que nada sé. Como ya he dicho, supongo que son fotografías realizadas por mi abuelo Alain, pero no sé dónde o cuándo las llevo a cabo. No sé si cuando las llevo a cabo estaba sólo o acompañado, no sé si las realizó por alguna razón en especial, si eran lugares a los que se sintió unido o simplemente las realizó porque le gustaba fotografiar paisajes. Son paisajes de los que nada sé. Es extraño. Muy extraño. Encontrarme con la mirada de mi abuelo en estos negativos. Escenas que mi abuelo observó. Que llamaron su atención. Aquí está la mirada de mi abuelo. Sus ojos observaron estos paisajes que ahora yo también observo. Les echo un vistazo. Y otro. Los miro. Con atención. Son paisajes de los que nada sé.


domingo, 8 de febrero de 2009
Una mala noche la tiene cualquiera
Hay noches en las que todo me resulta tan extraño que hasta el más mínimo objeto logra sorprenderme. Hay noches en las que me fijo de manera enfermiza en lo que me rodea. En esta cama en la que permanezco tumbado, el los pliegues de estas sábanas que cubren mi cuerpo, en estas teclas que aprieto sin ritmo, en la bombilla del flexo, desnuda, irradiando esta luz que molesta a mis pupilas cuando la observan con fijeza. Hay noches así. Y cada vez son más frecuentes. Cada vez, con más frecuencia, anochezco ensimismado ¿Debería preocuparme? Esto me lo pregunto siempre cuando llega una de estas noches y ya estoy en la cama, medio dormido, en la duermevela, dormido a medias, en la duermevela, en ese momento en el que, en la oscuridad, se forman pequeñas imágenes difíciles de retener, imágenes que se me escapan sin remedio. Rostros. Paisajes. Objetos aglomerados. Pequeñas imágenes difíciles de retener, imágenes que se me escapan sin remedio. Emergen para zambullirse poco después en la negrura. Las veo llegar y cuando creo que han de concretarse, que han de fijarse por fin en la penumbra, vuelven a desvanecerse. Así una y otra vez. Sin ritmo. Llegan cuando les place. En la oscuridad. En mitad de la noche. Les place a menudo cuando estoy medio dormido, en la duermevela. Me siento caer. Profundo. Un instante. Súbito. Imprevisto. Me despierto entonces. Para regresar enseguida a la duermevela, dormido a medias. Dando vueltas como una lagartija domesticada. Como un lagarto verde esmeralda que dormita en su guarida. Mi piel cubierta de escamas. Que sueñan conmigo. Quieren transformarme. Y me doy media vuelta porque este lado de la almohada se ha calentado. Y lo prefiero algo más fresco. Y no dejo de pensar en ti. Y escucho latir mi corazón. Como un tambor averiado. Destensado. Flojo. Que suena a ritmo de free-jazz. Libre. Jazz. Libre. Jazz. Libre. Jazz. Entonces sé que no soy libre, ni soy jazz, ni me podré dormir hasta que tú, que ahora lees estas líneas, me dejes en paz.
viernes, 6 de febrero de 2009
Gerard Richter
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jueves, 5 de febrero de 2009
El tamaño de una bolsa (I)

miércoles, 4 de febrero de 2009
Comienzo de un libro que nadie ha leído
PRIMER PINAR (Alfredo, guarda forestal, 38 años)
Nunca me han gustado los tupidos pinares que, desperdigados, como si hubiesen sido esparcidos con torpeza desde el cielo, salpican el páramo. Recuerdo todavía con nitidez el día en que me perdí en uno de estos pinares. Ocurrió hace ya muchos años. Mi abuelo solía requerirme para que le acompañase a coger setas, sobre todo rovellones. Aquella mañana había una niebla muy densa, casi viscosa, casi palpable. Nunca he vuelto a ver una niebla tan densa como la de aquella mañana de octubre. Pero ahora, mucho tiempo después, cuando me encuentro de nuevo ante uno de estos tupidos pinares que tanto miedo me daban, luce un sol aplastante y el cielo se muestra de una pulcritud tan azulada que hace daño a la vista.
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(Comienzo de Tras el pinar un grito, libro compuesto por relatos entrelazados en los que distintos personajes escuchan un mismo grito)
































