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jueves, 30 de abril de 2009
H1N1
John Singer Sargent (1856-1925)
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Fotografía que nada tiene que ver con el ilustre pintor americano que, nacido en 12 de enero de 1856, fue conocido durante toda su vida como John Singer Sargent.
lunes, 27 de abril de 2009
Un blog portuqués
He descubierto esta mañana un interesante blog portugués, el blog de Isabel Victor. Con la sorpresa de que allí me he topado con una fotografía realizada por mí (la del anciano que lee una novela policíaca en la ventana) y el texto sobre Lisboa que hace unos días dejé por aquí. Y ha sido una grata sorpresa. Pensar que tras haber pasado, hace bien poco, unos días en Lisboa, de repente hay gente de por allí que, como por arte de magia, lee lo que uno escribe desde la ciudad que inspiraron esas palabras; estas sorpresas blogosféricas son las cosas que hacen que uno quiera seguir con todo esto y de vez en cuando, a veces con mayor o menor tino, dejar por aquí palabras que siguen a otras palabras que a su vez siguen a otras palabras y, así, como vagones de un tren a punto de descarrilar, seguir y seguir empujando esas palabras hasta que por fin llega otro texto a la estación del punto final.
He aquí la dirección del blog: http://isabelvictor150.blogspot.com/
viernes, 24 de abril de 2009
La vida secreta de los vencejos
Recuerdo un árbol en mitad de un prado. Recuerdo a los vencejos revoloteando sin cesar. Recuerdo que era un día de mucho calor. Recuerdo tus chanclas amarillas. Recuerdo una extraña hebilla verde en tu cabello cobrizo. Recuerdo tu voz, explicándome la vida de los vencejos. Recuerdo que me contaste que son aves que pasan la mayor parte de su existencia en el aire. Que sólo se posan para poner los huevos, incubarlos y criar a sus polluelos. Que permanecen en vuelo ininterrumpido durante nueve meses al año. Que se aparean en el aire, como acróbatas celestes. Que las crías, una mañana, abandonan el nido de manera súbita, sin necesidad de aprendizaje alguno, y no retornan a él jamás. Que se alimentan de plancton aéreo, minúsculos insectos voladores que son atrapados mientras mantienen constantemente sus picos abiertos al volar. Que, de noche, se elevan hasta los dos mil metros de altura y allí, mientras continúan volando, duermen. Que durante el sueño, su aleteo se reduce de sus habituales diez movimientos por segundo a siete movimientos por segundo. Que, debido a tan extraños hábitos aéreos, todavía se desconocen muchos detalles de la vida de los vencejos.
Recuerdo que de repente te quedaste en silencio. Recuerdo que entonces nos miramos a los ojos. Recuerdo que al girarme derramé la coca-cola. Recuerdo que no le diste importancia. Recuerdo tus labios y recuerdo el beso. Recuerdo que me sentí como un aunténtico vencejo.
Recuerdo, también, que hacía ya mucho tiempo que no recordaba todo esto.
jueves, 23 de abril de 2009
A contracorriente
A contracorriente. A veces. Sí.
A veces disfruto caminando a contracorriente. No siempre, no mucho, pero un poquito sí. Qué le voy a hacer, soy así, maniático por naturaleza pero sin acritud alguna. Y desde hace algún tiempo, cada año, el día del libro, realizo un ritual que consiste en no abrir, ni comprar, ni tocar, ni por asomo, ni un solo y puñetero libro. Es el único día del año en que no manoseo uno de esos artefactos llenos de hojas de papel. Por mucho que perciba un escozor irresistible y mis manos se sientan terriblemente atraídas por el hecho de agarrar y ojear un libro (por ejemplo La Biblia) no lo hago, busco en mi interior la suficiente fuerza de voluntad y, como aquel que intenta dejar de fumar, aguanto hasta que llega la media noche y es entonces cuando me levanto de un brinco de mi confortable cama y corro hasta los cuatro anaqueles en los que apilo, con desorden, los libros de toda una vida.
Así es, el día del libro huyo de todos y cada uno de los libros que pueblan el mundo. Como mucho, al final del día, salgo de casa y me dejo caer por una tienducha de compraventa de todo tipo de objetos para librarme de los libros que me sobran. Todos aquellos libros que compré durante el año y no me gustaron o me aburrieron, los vendo por cuatro míseras perras que, con suerte, me darán para pagar un café cuando la noche haya conquistado ya la ciudad sin remedio alguno y nadie repare en la presencia de una persona sin libros en sus manos.
jueves, 16 de abril de 2009
Ocho días en Lisboa
En Lisboa los portales poseen timbres individuales para cada piso, timbres que se amontonan unos encima de otros en la superficie de las puertas formando extraños mosaicos. En Lisboa los policías charlan en la calle sobre la colonia que utilizan, dándose a oler sus muñecas, mientras los tullidos no les quitan ojo. En Lisboa, asomados a las ventanas, los ancianos leen y releen novelas policíacas al caer la tarde. En Lisboa, desde lo alto del elevador de Santa Justa, a eso de la una del mediodía, puede verse a dos dubitativos suicidas charlando de pie sobre un tejado. En Lisboa, los sex-shops, por lo que he podido comprobar, son la mar de pudorosos. En Lisboa hubo una vez una empresa de limpieza de chimeneas, fundada en 1861, llamada A Lisbonense, situada sobra una floristería llamada A Gardenia. En Lisboa los tejados no parecen reales. En Lisboa hay pensiones que invitan a pensar. En Lisboa, a la hora del aperitivo, las parejas se sientan en las terrazas y hablan entre susurros que nadie más puede escuchar. En Lisboa los tranvías son como animales que engullen a las personas y así, en sus vientres, mientras hacen la digestión, las transportan por toda la ciudad. En Lisboa hasta los maniquíes se sientan al sol con la mirada perdida. En Lisboa los andamios son individuales, las calles tan solitarias como los andamios y la saudade puede contemplarse hasta en los zapatos de tacón de las mujeres sin prisa.
lunes, 6 de abril de 2009
viernes, 3 de abril de 2009
Un pintor italiano: Felice Casorati
Fotografía de Felice Casorati (Navora, 1886-Turín, 1963):
El gran pintor italiano Felice Casorati comenzó a pintar a los dieciocho años, cuando, a raíz de una enfermedad que le obligó a pasar un mes en el campo, alejado de su amado piano, su padre le regaló una caja de pinturas. Así fue como empezó a realizar retratos expresionistas de su madre y sus hermanas, a lápiz y a pastel.
Años más tarde se gradúa en derecho en la Universidad de Papua y continúa pintando cada día.
En 1907 participa por primera vez en la Bienal de Venecia.
Con los años, la pintura de Casorati se verá influida por los grandes maestros del Quattrocento como Mantenga, Rafael o Piero della Francesca.
Al estallar la Primera Guerra Mundial es llamado a filas. Durante aquellos años realiza dos grandes pinturas antimilitaristas. Cuando regresa a Italia, en Turín, se reune con el antifascista Gobetti y los Amigos de la Revolución Liberal, a quienes se une en 1922 y por lo que es detenido en 1923 durante unos días.
A finales de los años treinta Casorati gana el Premio de Pintura de la Bienal de Venecia, el Premio Carnegie en Pittsburg en 1937, el Grand Prix de París en 1938, otro gran Premio en San Francisco en 1939 y de nuevo el Premio de la Bienal de Venecia en 1942.
En 1962, un año antes de su muerte, a pesar de habérsele amputado una pierna debido a un coágulo de sangre, realiza 17 obras para la Bienal de Venecia de ese año.
El 1 de marzo de 1963, cojo y con ochenta y siete años, muere Felice Casorati en Turín.
martes, 31 de marzo de 2009
Los primeros diez minutos
En los primeros diez minutos de la película El tren sin estación, vemos como el protagonista (que se hace llamar Elmor Sant) seduce a una mujer que le dobla la edad, la emborracha, le roba la cartera y, finalmente, acaba con su vida. Son escenas duras en las que el espectador nada puede hacer por aparatar la mirada de la pantalla. El genial uso de la cámara hace que uno se quede hipnotizado mientras las imágenes tejen una tela de araña que todo lo atrapa. Son diez minutos magistrales, de lo mejorcito que haya dado la historia del cine. El resto de la película no vale nada. Carece de interés. Es tan anodina que no dudo que pudiese llegar a inducir al coma y más tarde causar la muerte de cualquier persona que la viese entera, de principio a fin. Pero los primeros diez minutos, esos diez minutos de poética barbarie, de bellísima brutalidad, son de una genialidad soberbia. Así comienza: tras la aparición del título de la película, El tren sin estación, vemos a Elmor Sant caminando, de noche, por una calle desierta, dejando atrás una estación de tren. No tarda nada en aparecer un letrero luminoso en el que puede leerse cofee & love. El protagonista se acerca al local y, tras echar una ojeada a sus manos, llenas de cicatrices, empuja la puerta de entrada. El local, lúgubre, está tan desierto como la calle. Sólo hay una mujer tras la barra, nadie más puede verse por allí. Elmor Sant se sienta en un taburete y pide un whisky doble. La mujer se fija en las manos de Elmor, en sus muchas cicatrices. Entonces él, que se da cuenta de que la mujer está mirando sus manos, le hace una pregunta: ¿Es esta la ciudad del amor? Ella, con una sonrisa entre la picardía y el desdén, responde con un: No, cariño, estás en Denver. Todo lo que ocurre a continuación, los siguientes ocho minutos, son difícilmente explicables con palabras. Las miradas, los gestos, los diálogos, los distintos encuadres, la música, la fotografía… es todo tan bello… lo imagino todo tan bello… que… ahora sé que nunca realizaré esta película que me acabo de inventar. Y menos aún, los primeros diez minutos.
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lunes, 30 de marzo de 2009
Desaparecer
“La novela habla de la desaparición del sujeto en Occidente y del afán de ese sujeto por reaparecer. Creo que esto no es algo que se pueda liquidar en cuatro folios y que más bien requiere un crepúsculo largo. El eje central de ese crepúsculo es la figura de Robert Walser, mi héroe moral desde hace décadas. Admiro de este escritor suizo –precedente obvio de Kafka– la extrema repugnancia que le producía todo tipo de poder y su temprana renuncia a toda esperanza de éxito, de grandeza. Admiro de él también su extraña decisión de querer ser como todo el mundo, cuando en realidad no podía ser igual a nadie, porque no deseaba ser nadie, y eso era algo que sin duda le dificultaba aún más querer ser como todo el mundo. [...] Admiro y envidio su lento pero firme deslizamiento hacia el silencio. En realidad, todo el mundo cree que Doctor Pasavento habla del tema de la desaparición y de la soledad. Es una interpretación aceptable del libro, pero yo diría que de lo que realmente habla esta novela es de la dificultad de no ser nadie.”
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Palabras de Enrique Vila-Matas sobre su obra Doctor Pasavento, extraídas de su página web.
sábado, 28 de marzo de 2009
Sin palabras
A veces me quedo sin palabras. Me sorprendo mirando a mi alrededor en busca de alguna palabra. Me digo que no sé donde las he puesto. Creo, incluso, a veces, que las he perdido para siempre, que no volveré a encontrar ni una sola y cochina palabra. Pero no suelen tardar en aparecer. Debajo de la cama, en el alfeizar de la ventana, junto a la encimera de la cocina, sobre el televisor. Aparecen. Van apareciendo poco a poco y nunca recuerdo haberlas dejado allí donde aparecen. Pero eso me da igual, la memoria es un invento demasiado tortuoso, lo que en verdad considero importante es que, tarde o temprano, las palabras regresan al hogar. Y yo las recibo, siempre, sin excepción, sea cual sea su origen o declinación, con los brazos bien abiertos.
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(He escrito esto tras quedarme un rato sin palabras al haber visto esto otro: ENLACE)
Quint Buchholzviernes, 27 de marzo de 2009
Cielo en silencio
Pintura de Mark Tansey titulada Picasso & Braque Miro al cielo. Es azul. Azul cielo. Y está en silencio.
No lo atraviesa nube alguna. Ningún avión a la vista. Ni siquiera se ve algún pájaro surcar su inmensidad. Me digo que algo extraño está ocurriendo. No me parece normal que, en plena primavera, durante los quince minutos que llevo tumbado en este prado, mirando hacia arriba, el cielo permanezca pulcro y en silencio, sin nube alguna, sin aviones a la vista, sin pájaros surcando su inmensidad.
Permanezco tumbado otro minuto. El azul del cielo está a punto de cegarme. Así que, vencido, desvío la vista. A unos diez metros de mí, entre la hierba, puedo ver tres gorriones que se desplazan a saltitos. Son alegres saltitos que, sin apenas darme cuenta, logran exasperarme. Deseo que echen a volar y atraviesen, de una vez por todas, la basta inmensidad de este cielo azul que parece querer aplastarme con su mutismo. No lo hacen. Dan saltitos y, de vez en cuando, picotean el suelo en busca de alguna lombriz. Regreso al cielo, azul, azul cielo, esperando encontrar un atisbo de normalidad, una nube, un avión, algún pájaro. Pero el cielo continúa mudo, callado, en silencio. Imagino que de pronto aparece un enorme zeppelín. Siempre me han dicho, desde muy niño, que tengo una imaginación desbordante, que vivo en la inopia. Pero ahora veo claro que lo de vivir en la inopia no es suficiente. Por mucho que imagino el zeppelín, uno de esos zeppelines como el que inventó Ferdinad Von Zeppelin a principios del siglo XX, por mucho que lo imagino con todas mis fuerzas, no aparece. Así que desvío de nuevo la mirada hacia el lugar en el que los gorriones efectúan sus alegres saltitos y, para mi sorpresa, ya no están ahí. Cómo es posible, me digo. Hace un minuto estaban ahí. A dónde han ido, me digo, a dónde han ido sin haber surcado la basta inmensidad de este cielo mudo y azul. No lo comprendo. Vuelvo una vez más al cielo, a su mudez, a su silencio. Lo que hace unos minutos causaba en mí cierta extrañeza, ahora empieza a convertirse en terror. El mutismo del cielo me da pánico. El pavor que siento hace que intente levantarme, que mi cuerpo luche por ponerse en pie, que mi corazón, por un brevísimo instante, olvide que acaba de sufrir, hace apenas quince minutos, un ataque cardíaco que le ha dejado tumbado en un prado, bajo un inmenso y pulcro cielo azul, azul cielo, que me ciega. Entonces, tras un leve suspiro, cierro los ojos y, en la oscuridad de mis párpados, creo escuchar el lejano zumbido de los jocosos motores de un avión a reacción.
lunes, 23 de marzo de 2009
Un último cuento
Un buen día se me antojó organizar una fiesta por todo lo alto. No había motivo alguno para hacer tal fiesta, nada que celebrar, pero, aún así, me pareció una gran idea llevarla a cabo. Hice un sinfín de llamadas telefónicas. Envié multitud de correos electrónicos. Mandé un montón de mensajes con mi teléfono móvil. Muchas fueron las personas que contestaron a mis invitaciones diciéndome que acudirían encantadas. Así que lo preparé todo con sumo entusiasmo, exaltado al pensar en lo mucho que me gusta meterme en el papel de anfitrión, ser el centro de atención, imaginar que soy Vincent Price enfundado en un distinguido batín de seda mientras todas las miradas se posan en mí persona como cuervos en las ramas de un roble centenario.
Al fin ha llegado el gran día y parece que la fiesta será de un éxito morrocotudo. Muchos son los invitados que, frenéticos, bailan sin parar mientras, otros, los más sosos, charlan con entusiasmo y observan el permanente bailoteo. Sólo dos se han desmayado. La fiesta es, sin duda alguna, de un éxito morrocotudo. Pero, sin darme cuenta, llega el final. La gente comienza a despedirse cuando los primeros rayos de sol atraviesan las cortinas del comedor. Muchas son las personas que me felicitan por el morrocotudo éxito de mi fiesta. Recibo un sinfín de besos y abrazos. También hay algún que otro apasionado apretón de manos. He llegado a contar incluso tres o cuatro entusiastas palmadas en mi espalda. Me siento hinchado, lleno de un orgullo que casi me hace levitar, me siento como un globo sonda que asciende imparable hacia las estrellas. Entonces me dejo caer en el sofá y, tras sacar de debajo de mi trasero un antifaz de color rojo que alguien ha olvidado, me lo pongo y empiezo a escribir todo esto. Y mientras lo escribo apuro el último dry-martini y de repente me siento cansado, mareado, aturdido y reventado como nunca antes me había sentido. Como un globo pinchado que se desinfla revoloteando sin rumbo, me levanto y doy cuatro pasos. Sí, me falta el aire. Me cuesta respirar. Mi corazón se acelera tanto que creo que va a saltar de mi pecho. Me tiemblan las manos. Creo que no podré sujetar durante mucho más tiempo la libreta y el bolígrafo con el que escribo estas líneas. Mientras observo la copa caída sobre el confeti que cubre la mesa, me da por pensar en que, al final, sí que ha habido un motivo para llevar a cabo esta fiesta. De pronto veo con claridad que ha sido una fiesta de despedida. Que me han envenenado. Alguien ha puesto algo en mi bebida. Tal y como decían los Ramones en aquella canción. Somebody, somebody put something in my drink. Alguien. Alguna de las personas que acaban de despedirse con una efusividad desmedida, me ha envenenado sabiendo que esta sería, además de una fiesta de un éxito morrocotudo, una fiesta de despedida.
Soy consciente de que, en cualquier momento, ya no podré ni escribir, que todo esto que escribo se quedará sin un final digno. En cualquier momento se cortarán mis palabras, en cualquier momento ya no



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