lunes, 10 de noviembre de 2008

Como mandan los cánones

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Bodegón del cardo, 1602, pintura de Juán Sánchez Cotán
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Fragmento de Como mandan los cánones del libro El perfeccionista en la cocina (Anagrama, 2006), de Julian Barnes:

Si sólo estás entrando en la vertiginosa curva de la propiedad de libros de cocina, permíteme que te dé algunos consejos, todos ellos para ahorrarte dinero.
1) Nunca compres un libro por sus ilustraciones. Nunca jamas señales una foto en un manual de cocina y digas: "Voy a hacer esto." No puedes. Una vez conocí a un fotógrafo publicitario, especializado en comida y, créeme, el trabajo de posproducción que hace poco nos mostró a una Kate Winslet con cuerpo de sílfide no es nada comparado con lo que hacen con la presentación de un plato.
2) Nunca compres libros con un diseño artificioso: por ejemplo, uno que tenga las páginas divididas en tres franjas horizontales, con el fin de que, en teoría, dispongas de un muestrario casi infinito de comida de tres platos sin tener que pasar página.
3) Evita los libros con un contenido demasiado amplio -algo que se llame remotamente Grandes platos del mundo- o demasiado restringido: Mariscos del mar de los Sargazos o Maravillas de los gofres.
4) Nunca compres el recetario del chef expuesto en un lugar prominente a la salida del restaurante. Recuerda: por eso, en principio, has ido al restaurante, para probar su cocina, no tu pobre versión de la misma.
5) Nunca compres un libro sobre zumos si no tienes exprimidor.
6) Resístete, si es posible, a la tentación de comprar, como recuerdo de unas vacaciones en el extranjero, atractivas antologías de recetas regionales. Yo demostré esta regla con el nec plus ultra de los libros de cocina, uno dedicado, a la cocina de Cantal (región de Francia central). Acaparó espacio durante años, siempre eludió la criba por razones sentimentales y no lo utilicé ni una sola vez. La comida de Cantal sabe mejor en Cantal, donde llueve mucho y no hay otras opciones culinarias. ¿Cuántas formas distintas de guisar col rellena necesitas?
7) Evita los libros de recetas famosas del pasado, sobre todo si se reproducen en ediciones facsímiles con grabados de la época.
8) Nunca sustituyas tu antiguo ejemplar raído de Jane Grigson o Elizabeth David por una nueva versión que contenga exactamente el mismo texto pero esta vez con ilustraciones. No lo usarás nunca y volverás a consultar el desgastado original en rústica poque tiene tus notas en el margen y, con razón, te resulta cómodo.
9) Nunca compres una colección de recetas recopiladas con fines benéficos, en especial las de locutores de televisión que ofrecen el secreto de su plato favorito. Dona directamente a obras de caridad el precio de venta del libro: así recaudarán más y tú no tendrás que descartarlo en la siguiente criba.
10) Recuerda que los autores de cocina no son diferentes de los otros escritores: muchos llevan sólo un libro dentro (y algunos, para empezar, nunca deverían haberlo sacado). Considera esta posibilidad cuando le estén dando bombo al nuevo.
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Bodegón del besugo, 1772, pintura de Luís Eugenio Meléndez
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Pintura de Chardin

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Los frutos de la tierra, 1938, pintura de Frida Khalo

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Pintura de Miquel Barceló

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viernes, 7 de noviembre de 2008

Algo de lo que sé de Meudón

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(Vista de Meudón. Fotografía de André Kertesz, 1928)


Mi abuelo paterno se llamaba Alain Nortub. Nació en Meudón, pueblo cercano a París, en 1908.Yo pasé varios veranos de mi infancia en esta localidad francesa. No he vuelto a Meudón desde hace unos quince años, cuando Catherine me rompió el corazón. Catherine era una vecina pelirroja un año mayor que yo. Siempre recordaré, cuando eramos niños, una tarde de verano en la que el viento levantó la falda de Catherine. Fue cosa de unos segundos. Segundos en los que el viento me brindó la maravillosa visión de aquellas blancas y algodonosas braguitas que daban una forma tan atractiva a su trasero. Quizá por eso adoro los días de viento, cuando las hojas secas vuelan de aquí para allá y las palomas se acurrucan bajo los alerones de los tejados.
No he vuelto a Meudón desde hace quince años pero Meudón sí que ha vuelto a mí en diversas ocasiones. No sólo debido a los recuerdos de antaño, sino por noticias sobre el pueblo que el azar me ha ido brindando. Noticias que he ido recopilando y que desconocía por completo. Cerca de la casa de mis abuelos había un puente sobre el que pasaban trenes. Hace unos cuantos años, mientras visitaba una exposición antológica del pintor mexicano Diego Rivera, me pareció ver aquel puente en uno de sus cuadros. Me acerqué entonces a la tarjetita que, junto a la pintura, había en la pared. Allí pude leer que la obra se titulaba El sol rompiendo la bruma (vista de Meudón). El cuadro, de aire cubista, estaba fechado en 1913, época en que Diego Rivera vivió en París. También aparece aquel puente, que tantas veces observé desde la ventana de la cocina de mis abuelos, en una fotografía realizada por André Kertesz en 1928.
Durante los veranos que pasé en Meudón, no sabía tampoco que existiese un cuadro de Vincent Van Gogh, fechado en 1886, titulado París frente a Meudón. No sabía que el escultor Auguste Rodin hubiese muerto en Meudon y hubiese sido enterrado en esta localidad en el mes de noviembre de 1917. No sabía que el artista Jean Arp, vinculado al movimiento dada y surrealista, hubiese establecido su estudio y vivienda en Meudón en el año 1926. No sabía que el escritor Celine hubiese vivido también allí. Y, no sabía, tampoco, durante los veranos que pasé en Meudón, que Stendhal, en su novela Rojo y Negro, publicada en 1830, mencionase el pueblo en el que nació mi abuelo Alain:
“Anularé los sentimientos de mi corazón con el cansancio físico” –se decía mientras cabalgaba por los bosques de Meudón-. “¿Qué hice, qué pude hacer para merecer semejante desgracia?” “No diré ni haré nada” –pensaba al entrar de regreso en el palacio-. “Pareceré muerto en lo físico como lo estoy muerto en lo moral. Julián Sorel ya no vive, el que se agita todavía es su cadáver.”






París frente a Meudón, pintura de Vincent Van Gogh, 1886.


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El escultor Auguste Rodin falleció en Meudón en 1917.
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El artista Jean Arp estableció su vivienda y estudio en Meudón en 1926.
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Libro de fotografías sobre Celine y su vida en Meudón (1951-1961).
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El escritor Stendhal menciona Meudón en su libro Rojo y Negro, publicado en 1830.
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miércoles, 5 de noviembre de 2008

Un viaje pendiente


A. Gardner: Lincoln en el campo de batalla de Antietam, 1862.

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No he estado nunca en los Estados Unidos de América. No porque no me apetezca viajar a los Estados Unidos de América. Sino tan sólo porque no se han dado, hasta el momento, en mi vida, las circunstancias apropiadas para visitar los Estados Unidos de América. Miento. Una vez estuve a puntito de hacer ese viaje. Un amigo pasó un año en Nueva York con una beca. Me insistió para que le visitase. Tendría alojamiento gratuito y él haría de guía por la Gran Manzana. Pero al final, no recuerdo por qué, quizá simplemente por pura pereza, no crucé el charco. La cosa es que, recientemente, desde que regento este hotel junto a la vía, muchos son los huéspedes que me hablan maravillas de los Estados Unidos de América. Sobre todo me comentan que vas por la calle y ves escenas que bien podrían haber sido pintadas por Edward Hopper. Que a veces hasta parece que estés metido en uno de sus cuadros. Y creo que eso es lo que más me agradaría de viajar a los Estados Unidos de América. Verme envuelto en una escena hopperiana. Convertirme en uno de sus personajes. Sentado al sol. Comprobando como esa luz sedosa de las pinturas de Hopper envuelve mi cuerpo y transforma mi sombra en un velo caído a mis pies. Sentado al sol. Sentado al sol mirando al infinito en los Estados Unidos de América.

Pero, si viajase hasta allí y todo esto no fuese posible, me gustaría, por lo menos, verme envuelto en un cuadro de Robert Bechtle.




Tres pinturas de Robert Bechtle:















martes, 4 de noviembre de 2008

ESPACIO DE ARTISTA (III): Balthus





El pintor Balthus (1908-2001)




Pocas son las fotografías en las que el pintor Balthus no aparece fumando. Puede aparecer también pintando, leyendo, charlando, mirando al horizonte como quien no quiere la cosa. Pero pocas son las fotografías en las que no aparece con un cigarrillo entre sus huesudos dedos o colgando de sus labios. Posaba el cigarrillo y daba unas pinceladas. Retocaba a menudo esas pinceladas con sus dedos. Los mismos dedos que un minuto después sujetarían el cigarrillo mientras, sentado, contemplaba el progreso del cuadro. Lo contemplaba y daba unas caladas. Caladas que parecían formar parte de su proceso creativo. Que ayudaban a que, en su cerebro, los pensamientos flotasen de manera ascendente como suaves porciones de humo.


Después estaban los gatos. Por algo llamaron a Balthus El rey de los gatos. Siempre había uno cerca. Merodeando alrededor de su caballete. Les enseñaba a no acercarse a sus pinturas y disolventes. Les enseñaba a estar sin molestar. Les enseñaba a observar sus cuadros. Y cuando maullaban de una forma extraña, sabía Balthus que no iba por el buen camino, que debía retocar sus últimas pinceladas. Lo mismo pasaba cuando Setsuko, su mujer, entraba en el estudio sigilosamente, como un gato más, y fruncía el ceño. Sabía Balthus entonces que no iba por el buen camino, que debía retocar sus últimas pinceladas. Además, cuando Setsuko veía que a Balthus se le cruzaba algún cuadro y adquiría su rostro cierta expresión de rabia, calmaba aquella desazón del pintor haciendo que se mirase en un espejito con el que, muy a menudo, ella se arreglaba las cejas.



















"Es posible ser realista de lo irreal y figurativo de lo invisible", Balthus

Jean Louis Barrault, Balthus y Albert Camus (1948)

El estupendo

Rooms for tourists (1945), pintura de Edward Hopper



Fragmentos de El estupendo, texto de Robert Walser que aparece en el libro La habitación del poeta (Siruela, 2005):


"Los límites se rebasan en un periquete.
Como lo hago e hice yo, no lo hace ni hará nadie.
¡Dejar deudas en Nápoles!
Rozar ligeramente con la manga las casas de patricios, como si estos hogares necesitaran de algún estímulo.
Tener en alta estima a las cocineras, vivir en casa de profesores de dibujo y evitar pagar la pensión.
Me convertí en un artista de todo tipo de renuncias."

"La llama de la nostalgia se enciende de maravilla en las noches que paso en vigilia, sentado al escritorio, pero cuando, por la mañana, despierto, despierta el artista que llevo dentro, el creyente en el azar; el hombre se esconde del que está dotado para el baile, que es padre, madre, hermano, amigo y amiga de sí mismo, que dispone de cuerpo y alma, y se sabe lo suficientemente rico como para tratar a sus iguales como meros comparsas para realizar cualquier tipo de figura. ¿Por qué me haré tanto caso? ¿Por qué no puedo encontrarme nunca insufrible? ¿Por qué soporto al caballero que soy? ¿Por qué tenía que ocurrirseme esto de la pensión? ¿Es que acaso me importa algo?
Les aseguro que personalmente, si de mí dependiera, no me reiría casi nunca.
Es él, el que siempre tiene una risa a punto, este "él" dentro de mí, este ser ocurrente a quien doy cobijo, el estupendo".


Robert Walser (1878-1956)





lunes, 3 de noviembre de 2008

Un divertimento roto

Pintura de Seonna Hong



Sé que muy pocas de las personas que se dejan caer por este blog, han leído alguno de mis libros (casi me atrevería a decir que ninguna). Los dos libros de cuentos que he escrito hasta el momento, fueron publicados por una pequeñísima editorial que desapareció en octubre de 2007 y con la que no acabé demasiado bien. La tirada de ejemplares fue mínima. Hubo una parca presentación en una librería a la que asistió muy poca gente (ni yo estuve presente debido a asuntos personales). Desde luego, que yo sepa, no se habló de ellos en medio alguno. Hace poco alguien me enviaba un correo preguntándome donde podría conseguir alguno de mis libros. Le contesté que eso era algo imposible (yo tan sólo tengo un ejemplar de cada uno, sino de buena gana se los mandaría). Así que voy a ir dejando alguno de esos cuentos aquí, aunque con el paso de los años no me sienta muy orgulloso de ellos. El primero será Un divertimento roto, cuento que aparecía en El triste festín, libro publicado en el año 2002:




Un divertimento roto

Junto a la carretera, en aquella porción de tierra acotada por piedras para que pastasen las vacas, cuando estas no estaban, unos cuantos niños nos agazapábamos tras los zarzales que lindaban con el muro. Observando a través de tallos y espinas acechábamos con gran impaciencia. Nuestra principal diversión consistía en lanzar porciones de excremento vacuno utilizando como blanco los coches que pasaban ante nosotros. Cogíamos las boñigas con la mano o con un palo, según la sequedad o frescor de estas, y luego, a veces esperando largo rato pues el tráfico no era frecuente en aquella vieja carretera, las arrojábamos desde la dehesa con todas nuestras fuerzas en cuanto algún coche se aproximaba. A menudo, cuando acertábamos, el coche se detenía. Entonces, dejando atrás el aplastante sol, corríamos a ocultarnos en la oscuridad del bosque. Entre maleza y árboles nos sentíamos a salvo. Desde allí observábamos al furibundo conductor mientras profería amenazas e insultos.

Como otras muchas tardes de agosto, dejando atrás el pueblo, llegamos a la dehesa cabalgando sobre nuestras bicicletas. Tras esconderlas en el bosque, nos dispusimos a llevar a cabo un nuevo ataque. Como de costumbre, situados tras los zarzales, aguardamos de rodillas preparando la munición. Después de media hora de espera comenzó a escucharse a lo lejos el motor de un vehículo. Aquel primer coche, al que tan sólo mi primo Eloy y yo le dimos de refilón, continuó su camino con total indiferencia. Al segundo, unos diez minutos después, ninguno conseguimos darle. El tercer coche, acercándose a gran velocidad, no parecía presa fácil, pero como por arte de magia, las boñigas surcaron el aire y casi todas fueron a dar en el parabrisas del automóvil. Este, efectuando un par de bruscos bandazos, terminó por adentrarse en una tierra de patatas dando cuatro o cinco vueltas de campana que fueron acompañadas de un gran estruendo y una enorme polvareda. Todos los niños corrimos a ocultarnos en el bosque. Una vez allí, con nuestras bocas entreabiertas pero sin decir ni una palabra, cruzamos nuestras miradas para desviarlas después hacia la tierra de patatas. Fue entonces cuando la atmósfera del bosque se impregnó del olor a excremento que desprendían nuestras manos.






Pintura de Seonna Hong


domingo, 2 de noviembre de 2008

El primer beso

Pintura de René Magritte



Me cruzo en la calle con dos adolescentes que se besan. Él parece ansioso, ella relajada. Les echo unos catorce años, tal vez trece, edad en la que a mí me llegó el primer beso. Fue en una discoteca de tarde, una oscura discoteca para adolescentes. A las nueve debía estar de vuelta en casa. Un grupo de chicas y chicos estábamos sentados en un par de sofás. Yo me encontraba junto a B., muchacha morena y extrovertida que no dejaba de hacerme preguntas. Preguntas a las que yo respondía con un Sí o un No cuando no lo hacía simplemente asintiendo o negando con la cabeza. Hasta que (no recuerdo bien cuál fue su pregunta) respondí con una frase compuesta por cuatro o cinco palabras. Entonces nos besamos. Mejor dicho, B. me besó. Yo, tímido y retraído como era, no habría osado hacerlo. Me dejé besar. Nuestras bocas se abrían y cerraban y nuestros labios se vieron inmersos en un continuo roce entre el extasis y las cosquillas. De vez en cuando, tal vez esto fuese lo mejor, nuestras lenguas se acariciaban húmedas e inquietas.

Desde un primer momento me gustó lo de besarse. Me gustó mucho aunque a B. le diese por morderme el labio inferior y producirme cierto dolor. También aquellos sutiles mordiscos me resultaron placenteros. Y qué decir del hecho de que dos amigas de B. no dejasen de cuchichear mientras, sentadas frente a nosotros, sin quitarnos ojo, reían nerviosas.








Dibujo de Robert Crumb




Escena de la película Las Modelos (1944), con Gene Kelly y Rita Hayword

viernes, 31 de octubre de 2008

Día de muertos

Tres fragmentos de dibujos de Alex Fito (México D.F., 1972)




Tras leer en el blog Apostillas Literarias, de Magda Díaz, unas líneas que hacen referencia al Día de muertos en México, me acordé de los maravillosos dibujos de Alex Fito que tratan sobre el tema. Fui entonces a la estantería donde tengo varios ejemplares de Nosotros somos los muertos, magnífica publicación de cómic e ilustración tristemente desaparecida y que dirigían Max y Pere Joan. Busqué el número en cuestión en el que aparecen los dibujos de Alex Fito (esto me llevó su tiempo, pues tengo unos cuantos números y tuve que ojearlos uno por uno hasta encontrar el que buscaba). Después, ni corto ni perzoso, ni largo ni diligente, los escaneé seleccionando de cada obra un fragmento que consideré oportuno. Una vez que las imágenes estuvieron disponibles en mi ordenador personal, me fuí raudo y veloz a la creación de entradas de este Hotel junto a la vía. Allí, escribí este texto que ahora lees. Allí, pulse en añadir imagen y los dibujos de Alex Fito se añadieron. Y allí, pinché en publicar y, como por obra y gracia de Google, esta entrada, en un brevísimo instante de tiempo dificilmente cronometrable, se publicó.






Alex Fito nació en México D.F. en 1972. En la actualidad vive en Palma de Mallorca.
Su obra ha aparecido en diversas publicaciones como Nosotros somos los muertos, El Víbora,
Rifirafe, Esquitx, Cómics Clips... colabora en el diario mallorquín Ultima hora.
Ha publicado Raspa Kids Club (Inreves, 1999) obra ganadora del Premio Autor Revelación
en el Saló Internacional del Cómic de Barcelona del año 2000,
con una segunda y tercera entrega titulada Día de muertos.

jueves, 30 de octubre de 2008

Raro donde los haya (I): Alfons Walde

"Autorretrato", 60 x 45 cm, óleo sobre cartón, 1936


"En las montañas" , 42 x 60 cm, 1935



Ahora que al invierno le da por asomar sus zarpas, qué mejor que escribir sobre un pintor que adoraba la nieve. Un pintor nacido en Kitzbuhel (El Tirol) un gélido 8 de febrero de 1891. Se llamaba Alfons Walde. Se dio a conocer en Austria por sus paisajes nevados y sus escenas de esquiadores. Antes de esto obtuvo en Viena el título de arquitecto, oficio que desempeñó durante años alternándolo con la pintura y el arte gráfico. Durante su estancia en la ciudad del Danubio, frecuentó los círculos artísticos que incluían a Gustav Klimt y a Egon Schiele (este último llegó a hacerle un retrato). En aquellos días de estudiante su pasión por la nieve le llevó a convertirse en un gran esquiador. Aunque, tras romperse una pierna en una aparatosa caída, no volvió a practicar este deporte. Pero decidió dedicar su vida a pintar escenas en las que los esquiadores y la nieve fuesen los protagonistas. En 1924 sufrió una grave crisis creativa. Fue entonces cuando conoció en Berna al escritor Robert Walser. Los encuentros entre Walde y Walser, aunque escasos, fueron muy fructíferos para el pintor austriaco. Walser animó a Walde a continuar pintando paisajes nevados y Walde agradeció siempre a Walser sus palabras de apoyo. También Walser influyó en gran medida a Walde tras hablarle se su amor por las cosas pequeñas, diminutas, casi invisibles. Hasta el punto de reducir Walde el tamaño de sus pinturas tras conversar una tarde con Walser. Mientras escribo esto imagino a Walde charlando con Walser. A Walser charlando con Walde. A Walde y a Walser. A Walser y a Walde.
Un gélido 11 de diciembre de 1958, murió Walde mientras paseaba (como Walser dos años antes) por la nieve que tanto amó.





"Aufstieg", 1931, 42 x 59 cm



"Kristiania", 26 x 22 cm, 1925

110 x 130 cm, 1924

52 x 39 cm, 1927


témpera sobre papel


"Aufstieg", 47 x 52 cm, 1930

www.alfonswalde.com


miércoles, 29 de octubre de 2008

Al aire libre




Cada semana, mi amigo el fotógrafo Nacho Lacio me envía tres imágenes.








Nacho vive en Valladolid y regenta una tienda de fotografía. Como sabe de mi debilidad por la pintura, acostumbra a enviarme fotografías de gente pintando. A menudo de gente pintando al aire libre. De hecho, me cuenta que cuando se entera de que va a celebrarse en su provincia algún certamen de pintura de este tipo, al aire libre, allí se presenta él con su cámara.






Me cuenta también que hasta el momento tiene un total de 6.318 fotografías de este tipo, de gente pintando al aire libre. También me dice que, si no me molesta, me seguirá enviando tres fotografías cada semana (he hablado al principio de Nacho como de mi amigo, pero lo cierto es que no le conozco personalmente y me da cierto miedo. Sólo sé que un día me envío tres fotografías y, desde hace cosa de un año, cada semana recibo otras tres imágenes en las que aparece gente pintando al aire libre).

No sé como decirle a Nacho, que a mí, los que en verdad me gustan son los pintores de interior. Los que se encierran entre las cuatro paredes de su estudio. Los que, aún haciendo un día espléndido en el exterior y sabiendo que la vida hierve en las calles, se recluyen en su guarida para pintar.





(El pintor Francis Bacon en su estudio)

martes, 28 de octubre de 2008

ESPACIO DE ARTISTA (II): Francis Bacon

El pintor Francis Bacon (Dublín,1909-Madrid,1992) en su estudio londinense.




Es bien sabido por los amantes de las Bellas Artes, que el pintor Francis Bacon padecía el llamado síndrome de Diógenes. Sólo hay que observar alguna fotografía de su estudio para comprobar como acumulaba multitud de objetos y desperdicios inútiles. Es bien sabido que decía sentirse ligado a todos y cada uno de sus pinceles y botes de pintura. Era incapaz de distinguir entre los que ya no servían para nada y los que albergaban todavía cierta utilidad. Sólo inmerso en aquel caos, rodeado de porquería, pintaba a gusto Francis Bacon. Cuentan que un día, su amigo y también pintor Lucian Freud, apareció por sorpresa en el estudio de Bacon acompañado de una muchacha que se dedicaba a la limpieza. Tras convencerle Freud de que así le visitarían más clientes y sus ventas aumentarían, Bacon accedió a que la muchacha adecentará su lugar de trabajo. Una vez limpio, Francis Bacon tardó una semana en volver a pintar. Tiempo que necesitó para poner patas arriba de nuevo el estudio.

Es bien sabido también, que una tarde de abril del año 1989 el escritor William Burroughs visitó el estudio del pintor. Cuentan las malas lenguas que, debido al ambiente cargado que reinaba en el lugar, Burroughs empezó a marearse y su rostro fue adquiriendo un tono mucho más pálido que de costumbre. Hasta que el propio Bacon, temeroso de que su visitante se desplomase de un momento a otro, tuvo que acompañarle hasta la calle sujetándole con fuerza por el brazo. Otros dicen que, aquella tarde de abril, Bacon invitó a Burroughs a champagne. El autor de El almuerzo al desnudo, que era aficionado a muchas sustancias pero no acostumbraba a tomar champagne, agarró, sin remedio, una cogorza de campeonato.






(Francis Bacon con William Burroughs, fotografiados por John Miniahn en 1989)




(Francis Bacon en su estudio del número 7 de Reece Mews, South Kensingtong, Londres)



lunes, 27 de octubre de 2008

Un premio literario

Retrato del escritor Óscar Esquivias (Burgos, 1972), realizado por Pablo Gallo




Hace pocos meses que leí el libro La marca de creta (Ediciones del viento, 2008), de Óscar Esquivias, y me gusto muchísimo. Así que este sábado, me alegré al enterarme de la noticia de que el escritor burgalés (que participa también en el esperado Libro de voyeur de Pablo Gallo) ha ganado el Premio Setenil 2008 al mejor libro de relatos publicado en España.

Gran parte de las historias de los libros de Óscar Esquivias se desarrollan en Burgos. Yo sólo he estado dos veces en esta ciudad castellana. La primera vez fue muy de pasada, en un viaje que hice en coche desde Barcelona a O Porto en el verano de 1999. La segunda vez, por razones de trabajo, en el año 2006. Esta segunda vez pasé una semana hospedado en el Hotel España, situado junto al Paseo del Espolón y el río Arlanzón. El trabajo me dejó bastante tiempo libre para pasear por la ciudad, visitar la catedral o algún que otro museo. Como el de Marceliano Santamaría, pintor burgalés al que menciona Esquivias en alguno de sus libros, y cuyo museo visité una mañana en la que ningún otro visitante había allí. Fue algo maravilloso, lo recorrí de cabo a rabo y no me crucé con nadie. Estaba solo en el museo y, al no tener que andar dando codazos o asomándome sobre el hombro de otras personas para ver las obras, lo disfruté tanto que lo atesoro como algo memorable.

Aunque el viaje sea por razones de trabajo, siempre acostumbro a llevar conmigo varios libros cuando salgo de casa. Durante esa semana que pasé en Burgos en el año 2006, me llevé Inquietud en el paraíso, maravillosa novela de Óscar Esquivias que, como gran parte de las historias de sus libros, se desarrolla en Burgos. Es algo que siempre me ha gustado hacer. Si viajo a una ciudad y me acuerdo de un libro que transcurre en esa ciudad a la que voy a viajar, me lo llevo aunque después no tenga tiempo ni para ojearlo. Otros se llevan una guía de viaje. Yo viajo con libros que hacen esa función, pues, a menudo, sino siempre, visito o frecuento lugares descritos en novelas o cuentos y me lo paso pipa imaginando ser uno más de sus personajes.



Antigua postal de Burgos


Pintura del burgalés Marceliano Santamaría (1866-1952)