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Pintura de Chardin
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Los frutos de la tierra, 1938, pintura de Frida Khalo
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Pintura de Miquel Barceló
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Pintura de Chardin
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Los frutos de la tierra, 1938, pintura de Frida Khalo
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Pintura de Miquel Barceló
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(Vista de Meudón. Fotografía de André Kertesz, 1928)
París frente a Meudón, pintura de Vincent Van Gogh, 1886.


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No he estado nunca en los Estados Unidos de América. No porque no me apetezca viajar a los Estados Unidos de América. Sino tan sólo porque no se han dado, hasta el momento, en mi vida, las circunstancias apropiadas para visitar los Estados Unidos de América. Miento. Una vez estuve a puntito de hacer ese viaje. Un amigo pasó un año en Nueva York con una beca. Me insistió para que le visitase. Tendría alojamiento gratuito y él haría de guía por la Gran Manzana. Pero al final, no recuerdo por qué, quizá simplemente por pura pereza, no crucé el charco. La cosa es que, recientemente, desde que regento este hotel junto a la vía, muchos son los huéspedes que me hablan maravillas de los Estados Unidos de América. Sobre todo me comentan que vas por la calle y ves escenas que bien podrían haber sido pintadas por Edward Hopper. Que a veces hasta parece que estés metido en uno de sus cuadros. Y creo que eso es lo que más me agradaría de viajar a los Estados Unidos de América. Verme envuelto en una escena hopperiana. Convertirme en uno de sus personajes. Sentado al sol. Comprobando como esa luz sedosa de las pinturas de Hopper envuelve mi cuerpo y transforma mi sombra en un velo caído a mis pies. Sentado al sol. Sentado al sol mirando al infinito en los Estados Unidos de América.
Pero, si viajase hasta allí y todo esto no fuese posible, me gustaría, por lo menos, verme envuelto en un cuadro de Robert Bechtle.

El pintor Balthus (1908-2001)Pocas son las fotografías en las que el pintor Balthus no aparece fumando. Puede aparecer también pintando, leyendo, charlando, mirando al horizonte como quien no quiere la cosa. Pero pocas son las fotografías en las que no aparece con un cigarrillo entre sus huesudos dedos o colgando de sus labios. Posaba el cigarrillo y daba unas pinceladas. Retocaba a menudo esas pinceladas con sus dedos. Los mismos dedos que un minuto después sujetarían el cigarrillo mientras, sentado, contemplaba el progreso del cuadro. Lo contemplaba y daba unas caladas. Caladas que parecían formar parte de su proceso creativo. Que ayudaban a que, en su cerebro, los pensamientos flotasen de manera ascendente como suaves porciones de humo.
Después estaban los gatos. Por algo llamaron a Balthus El rey de los gatos. Siempre había uno cerca. Merodeando alrededor de su caballete. Les enseñaba a no acercarse a sus pinturas y disolventes. Les enseñaba a estar sin molestar. Les enseñaba a observar sus cuadros. Y cuando maullaban de una forma extraña, sabía Balthus que no iba por el buen camino, que debía retocar sus últimas pinceladas. Lo mismo pasaba cuando Setsuko, su mujer, entraba en el estudio sigilosamente, como un gato más, y fruncía el ceño. Sabía Balthus entonces que no iba por el buen camino, que debía retocar sus últimas pinceladas. Además, cuando Setsuko veía que a Balthus se le cruzaba algún cuadro y adquiría su rostro cierta expresión de rabia, calmaba aquella desazón del pintor haciendo que se mirase en un espejito con el que, muy a menudo, ella se arreglaba las cejas.




"Es posible ser realista de lo irreal y figurativo de lo invisible", Balthus
Jean Louis Barrault, Balthus y Albert Camus (1948)
Robert Walser (1878-1956) Junto a la carretera, en aquella porción de tierra acotada por piedras para que pastasen las vacas, cuando estas no estaban, unos cuantos niños nos agazapábamos tras los zarzales que lindaban con el muro. Observando a través de tallos y espinas acechábamos con gran impaciencia. Nuestra principal diversión consistía en lanzar porciones de excremento vacuno utilizando como blanco los coches que pasaban ante nosotros. Cogíamos las boñigas con la mano o con un palo, según la sequedad o frescor de estas, y luego, a veces esperando largo rato pues el tráfico no era frecuente en aquella vieja carretera, las arrojábamos desde la dehesa con todas nuestras fuerzas en cuanto algún coche se aproximaba. A menudo, cuando acertábamos, el coche se detenía. Entonces, dejando atrás el aplastante sol, corríamos a ocultarnos en la oscuridad del bosque. Entre maleza y árboles nos sentíamos a salvo. Desde allí observábamos al furibundo conductor mientras profería amenazas e insultos.
Como otras muchas tardes de agosto, dejando atrás el pueblo, llegamos a la dehesa cabalgando sobre nuestras bicicletas. Tras esconderlas en el bosque, nos dispusimos a llevar a cabo un nuevo ataque. Como de costumbre, situados tras los zarzales, aguardamos de rodillas preparando la munición. Después de media hora de espera comenzó a escucharse a lo lejos el motor de un vehículo. Aquel primer coche, al que tan sólo mi primo Eloy y yo le dimos de refilón, continuó su camino con total indiferencia. Al segundo, unos diez minutos después, ninguno conseguimos darle. El tercer coche, acercándose a gran velocidad, no parecía presa fácil, pero como por arte de magia, las boñigas surcaron el aire y casi todas fueron a dar en el parabrisas del automóvil. Este, efectuando un par de bruscos bandazos, terminó por adentrarse en una tierra de patatas dando cuatro o cinco vueltas de campana que fueron acompañadas de un gran estruendo y una enorme polvareda. Todos los niños corrimos a ocultarnos en el bosque. Una vez allí, con nuestras bocas entreabiertas pero sin decir ni una palabra, cruzamos nuestras miradas para desviarlas después hacia la tierra de patatas. Fue entonces cuando la atmósfera del bosque se impregnó del olor a excremento que desprendían nuestras manos.
Pintura de Seonna Hong
Me cruzo en la calle con dos adolescentes que se besan. Él parece ansioso, ella relajada. Les echo unos catorce años, tal vez trece, edad en la que a mí me llegó el primer beso. Fue en una discoteca de tarde, una oscura discoteca para adolescentes. A las nueve debía estar de vuelta en casa. Un grupo de chicas y chicos estábamos sentados en un par de sofás. Yo me encontraba junto a B., muchacha morena y extrovertida que no dejaba de hacerme preguntas. Preguntas a las que yo respondía con un Sí o un No cuando no lo hacía simplemente asintiendo o negando con la cabeza. Hasta que (no recuerdo bien cuál fue su pregunta) respondí con una frase compuesta por cuatro o cinco palabras. Entonces nos besamos. Mejor dicho, B. me besó. Yo, tímido y retraído como era, no habría osado hacerlo. Me dejé besar. Nuestras bocas se abrían y cerraban y nuestros labios se vieron inmersos en un continuo roce entre el extasis y las cosquillas. De vez en cuando, tal vez esto fuese lo mejor, nuestras lenguas se acariciaban húmedas e inquietas.
Desde un primer momento me gustó lo de besarse. Me gustó mucho aunque a B. le diese por morderme el labio inferior y producirme cierto dolor. También aquellos sutiles mordiscos me resultaron placenteros. Y qué decir del hecho de que dos amigas de B. no dejasen de cuchichear mientras, sentadas frente a nosotros, sin quitarnos ojo, reían nerviosas.

Dibujo de Robert Crumb

Escena de la película Las Modelos (1944), con Gene Kelly y Rita Hayword


Tres fragmentos de dibujos de Alex Fito (México D.F., 1972)

Ahora que al invierno le da por asomar sus zarpas, qué mejor que escribir sobre un pintor que adoraba la nieve. Un pintor nacido en Kitzbuhel (El Tirol) un gélido 8 de febrero de 1891. Se llamaba Alfons Walde. Se dio a conocer en Austria por sus paisajes nevados y sus escenas de esquiadores. Antes de esto obtuvo en Viena el título de arquitecto, oficio que desempeñó durante años alternándolo con la pintura y el arte gráfico. Durante su estancia en la ciudad del Danubio, frecuentó los círculos artísticos que incluían a Gustav Klimt y a Egon Schiele (este último llegó a hacerle un retrato). En aquellos días de estudiante su pasión por la nieve le llevó a convertirse en un gran esquiador. Aunque, tras romperse una pierna en una aparatosa caída, no volvió a practicar este deporte. Pero decidió dedicar su vida a pintar escenas en las que los esquiadores y la nieve fuesen los protagonistas. En 1924 sufrió una grave crisis creativa. Fue entonces cuando conoció en Berna al escritor Robert Walser. Los encuentros entre Walde y Walser, aunque escasos, fueron muy fructíferos para el pintor austriaco. Walser animó a Walde a continuar pintando paisajes nevados y Walde agradeció siempre a Walser sus palabras de apoyo. También Walser influyó en gran medida a Walde tras hablarle se su amor por las cosas pequeñas, diminutas, casi invisibles. Hasta el punto de reducir Walde el tamaño de sus pinturas tras conversar una tarde con Walser. Mientras escribo esto imagino a Walde charlando con Walser. A Walser charlando con Walde. A Walde y a Walser. A Walser y a Walde.
Un gélido 11 de diciembre de 1958, murió Walde mientras paseaba (como Walser dos años antes) por la nieve que tanto amó.

"Aufstieg", 1931, 42 x 59 cm
110 x 130 cm, 1924
52 x 39 cm, 1927
témpera sobre papel

"Aufstieg", 47 x 52 cm, 1930



(El pintor Francis Bacon en su estudio)
El pintor Francis Bacon (Dublín,1909-Madrid,1992) en su estudio londinense.Es bien sabido por los amantes de las Bellas Artes, que el pintor Francis Bacon padecía el llamado síndrome de Diógenes. Sólo hay que observar alguna fotografía de su estudio para comprobar como acumulaba multitud de objetos y desperdicios inútiles. Es bien sabido que decía sentirse ligado a todos y cada uno de sus pinceles y botes de pintura. Era incapaz de distinguir entre los que ya no servían para nada y los que albergaban todavía cierta utilidad. Sólo inmerso en aquel caos, rodeado de porquería, pintaba a gusto Francis Bacon. Cuentan que un día, su amigo y también pintor Lucian Freud, apareció por sorpresa en el estudio de Bacon acompañado de una muchacha que se dedicaba a la limpieza. Tras convencerle Freud de que así le visitarían más clientes y sus ventas aumentarían, Bacon accedió a que la muchacha adecentará su lugar de trabajo. Una vez limpio, Francis Bacon tardó una semana en volver a pintar. Tiempo que necesitó para poner patas arriba de nuevo el estudio.
Es bien sabido también, que una tarde de abril del año 1989 el escritor William Burroughs visitó el estudio del pintor. Cuentan las malas lenguas que, debido al ambiente cargado que reinaba en el lugar, Burroughs empezó a marearse y su rostro fue adquiriendo un tono mucho más pálido que de costumbre. Hasta que el propio Bacon, temeroso de que su visitante se desplomase de un momento a otro, tuvo que acompañarle hasta la calle sujetándole con fuerza por el brazo. Otros dicen que, aquella tarde de abril, Bacon invitó a Burroughs a champagne. El autor de El almuerzo al desnudo, que era aficionado a muchas sustancias pero no acostumbraba a tomar champagne, agarró, sin remedio, una cogorza de campeonato.

(Francis Bacon en su estudio del número 7 de Reece Mews, South Kensingtong, Londres)
Retrato del escritor Óscar Esquivias (Burgos, 1972), realizado por Pablo Gallo
Hace pocos meses que leí el libro La marca de creta (Ediciones del viento, 2008), de Óscar Esquivias, y me gusto muchísimo. Así que este sábado, me alegré al enterarme de la noticia de que el escritor burgalés (que participa también en el esperado Libro de voyeur de Pablo Gallo) ha ganado el Premio Setenil 2008 al mejor libro de relatos publicado en España.
Gran parte de las historias de los libros de Óscar Esquivias se desarrollan en Burgos. Yo sólo he estado dos veces en esta ciudad castellana. La primera vez fue muy de pasada, en un viaje que hice en coche desde Barcelona a O Porto en el verano de 1999. La segunda vez, por razones de trabajo, en el año 2006. Esta segunda vez pasé una semana hospedado en el Hotel España, situado junto al Paseo del Espolón y el río Arlanzón. El trabajo me dejó bastante tiempo libre para pasear por la ciudad, visitar la catedral o algún que otro museo. Como el de Marceliano Santamaría, pintor burgalés al que menciona Esquivias en alguno de sus libros, y cuyo museo visité una mañana en la que ningún otro visitante había allí. Fue algo maravilloso, lo recorrí de cabo a rabo y no me crucé con nadie. Estaba solo en el museo y, al no tener que andar dando codazos o asomándome sobre el hombro de otras personas para ver las obras, lo disfruté tanto que lo atesoro como algo memorable.
Aunque el viaje sea por razones de trabajo, siempre acostumbro a llevar conmigo varios libros cuando salgo de casa. Durante esa semana que pasé en Burgos en el año 2006, me llevé Inquietud en el paraíso, maravillosa novela de Óscar Esquivias que, como gran parte de las historias de sus libros, se desarrolla en Burgos. Es algo que siempre me ha gustado hacer. Si viajo a una ciudad y me acuerdo de un libro que transcurre en esa ciudad a la que voy a viajar, me lo llevo aunque después no tenga tiempo ni para ojearlo. Otros se llevan una guía de viaje. Yo viajo con libros que hacen esa función, pues, a menudo, sino siempre, visito o frecuento lugares descritos en novelas o cuentos y me lo paso pipa imaginando ser uno más de sus personajes. 
Antigua postal de Burgos
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Pintura del burgalés Marceliano Santamaría (1866-1952)