martes, 18 de noviembre de 2008

El hombre de su vida

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Pintura de Balthus
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Es mediodía, el mediodía de un luminoso sábado de noviembre. Idóneo para salir a pasear. Pero Adelaida se mira al espejo y sólo piensa en que, por la noche, a eso de las diez, cenará con El hombre de su vida. Espera Adelaida que en el transcurso de esa velada, El hombre de su vida le pida matrimonio. Se mira al espejo y se encuentra fea. Además de las ojeras y la sequedad de su piel, le disgusta sobre todo el aspecto de su pelo. Le parece desmadejado, lacio, sin volumen alguno. Se pasa un cepillo varias veces por el cabello y, después, mirándolo fijamente, comprueba que está lleno de pelos, pelos enredados en sus púas que a Adelaida le recuerdan a un montón de algas enmarañadas en un embarcadero. Entonces recuerda el anuncio que ha visto el día anterior en el escaparate de la farmacia de su barrio. Tarda muy poco en ponerse los zapatos, la bufanda y la gabardina y sale pitando a la calle. En un abrir y cerrar de ojos se encuentra ante la farmacia. Lee de nuevo el anuncio: Su cabello crecerá 3, 6, 10 centímetros (y más) y al mismo tiempo se vigorizará duplicando su volumen ¡Es increíble! Entra en el establecimiento y pide impaciente la loción que hace tales maravillas. Mirándolo primero con escepticismo, la farmacéutica envuelve después con indiferencia el producto para Adelaida. Esta abandona la mar de contenta la farmacia y, antes de dirigirse a casa para untar aquel potingue en su cabellera, lee una vez más el anunció del escaparate: Su cabello crecerá 3, 6, 10 centímetros (y más) y al mismo tiempo se vigorizará duplicando su volumen ¡Es increíble! Una vez en casa, pasa la tarde con el ungüento en su cabello, tapado con un paño húmedo, tal y como indica el prospecto.

A las ocho, dos horas antes de su ansiada cita, Adelaida se quita el emplasto, se lava la cabeza y atusa su pelo mientras utiliza el secador. A continuación se mira al espejo. Maravillada, obnubilada, incluso boquiabierta, contempla como su cabello brilla como nunca repleto de volumen. Le parece también que ha crecido levemente. A las ocho y media vuelve a mirarse al espejo. Esta vez se asusta un poco al ver que su pelo ha crecido unos treinta centímetros, hasta alcanzar su trasero. Después se dice que no está nada mal, que aquella larga melena favorece sus andares. A las nueve comprueba que ha crecido otros treinta centímetros. Entonces, más asustada, agarra unas tijeras y, con un firme ras-ras-ras, corta su cabello a la altura de la mitad de su espalda, tal y como estaba antes de utilizar la loción mágica. A las nueve y media, justo antes de salir de casa, nota que su cabello ha crecido de nuevo unos centímetros, pero se le hace tarde y ya no puede hacer nada, así que se dirige al restaurante en el que se ha citado con El hombre de su vida. Llegan los dos puntuales. El hombre de su vida la piropea nada más verla, haciendo referencia a su voluminoso peinado. Adelaida esboza una sonrisa, una sonrisa nerviosa. El hombre de su vida no es ni alto ni bajo, ni guapo ni feo, ni listo ni tonto, ni agradable ni pelmazo; pero para Adelaida es, sin lugar a dudas, El hombre de su vida. Tras media hora de insulsa velada, habiendo olvidado lo del crece-pelo, dice Adelaida que va un momento a los aseos, lleva un buen rato aguantando la presión de su vejiga. Se levanta y echa a andar sin darse cuenta de que arrastra una melena de más de tres metros de longitud. El hombre de su vida, anonadado, con sus ojos como platos, se atraganta y da un buen trago de vino tras ver aquella maraña de pelo desfilando hacia los aseos, arrastrando todo lo que encuentra a su paso. Adelaida no se percata de la largura que ha adquirido su cabello hasta que, al ir a sentarse en la taza, sus tobillos se enredan en su pelambrera. Aterrorizada por lo que El hombre de su vida pueda pensar, se tira un cuarto de hora ahí encerrada sin saber que hacer. Al fin, diciéndose que el amor todo lo puede, se decide a salir.

El hombre de su vida ya no está. El camarero, con una expresión entre la amabilidad, la compasión y el asco, le dice que El hombre de su vida se fue en cuanto ella entró en los aseos, pero que, antes de huir despavorido, pagó la cena. Entonces Adelaida pide un chupito de whisky y, tras bebérselo de un trago, se dirige a casa arrastrando la enorme pelambrera que, tal y como anunciaba el cartel del escaparate de la farmacia de su barrio, no deja de crecer.

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Xilografía de Hashiguchi Goyô (1880-1921)
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lunes, 17 de noviembre de 2008

Ha nacido un blog

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El sueño de Kafka (dibujo metapatafísico de Pablo Gallo)
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Empezaré esta semana de otoño anunciando el nacimento de un nuevo blog. Me llegó ayer un email de Pablo Gallo, en el que me enviaba la dirección de su muy reciente blog: http://elblogdepablogallo.blogspot.com/. Este artista coruñés nos muestra, por ahora, sus últimos dibujos metapatafísicos y nos habla de exposiciones en las que participa. Espero que pronto también nos anuncie por ahí la publicación del Libro de voyeur, en el que no hace mucho me invitó a participar, y en el que me siento orgullosísimo de colaborar, no sólo por los maravillosos dibujos de Pablo sino también por los muchos, variados y admirables escritores que particpan en el proyecto. Habrá que seguir de cerca este nuevo blog, en el que además hay enlaces a varias páginas de Pablo Gallo, a la ya mencionada del Libro de voyeur, a la de sus pinturas y a la de sus deslumbrantes micrometrajes.
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Retrato de Stevenson (dibujo metapatafísico de Pablo Gallo)

viernes, 14 de noviembre de 2008

ESPACIO DE ARTISTA (IV): Giorgio Morandi

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Pintura de Giorgio Morandi
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Giorgio Morandi (Bolonia, Italia, 1890-1964)

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Me encanta ojear un viejo libro con reproducciones de pinturas de Giorgio Morandi. Sus sutiles pinceladas. Sus sobrios bodegones repletos de sosiego. Aunque lo cierto es que se me pone la piel de gallina al recordar que, el autor de esas sutiles pinceladas, de esos sobrios bodegones repletos de sosiego, pasó su vida afiliado al partido fascista italiano. Todos cometemos errores, algunos descomunales. Como artista se ha dicho muchas veces que Giorgio Morandi llevó una vida escondida, dedicada al trabajo y a la sencillez de su existencia, sin rasgo alguno de excentricidad. No estoy muy de acuerdo con tales afirmaciones. Sobre todo tras conocer ciertos detalles que hacen referencia a la manera en que el pintor italiano se enfrentaba al lienzo en blanco. Es cierto que, al contrario de sus contemporáneos, él nunca visitó París. Es cierto que apenas salió de Italia un par de veces y no se fue muy lejos. Es cierto que llevó una existencia austera, casi monacal. Es cierto que vivió en Bolonia con sus dos hermanas hasta que murió un 18 de junio de 1964. Pero extravagancias, lo que se dice extravagancias, alguna dejó entrever. Tan sólo el hecho de pintar durante toda una vida la misma docena de objetos, podría ser considerado por más de uno como un claro síntoma de extravagancia. Además, cogía las botellas, latas y jarras que pretendía retratar, y les daba una mano de blanco de zinc o de rojo oxido de hierro. Después, las ponía sobre una mesa para que posasen para él. Era entonces cuando consideraba que los objetos estaban listos para ser retratados. Pero no sólo con esta artimaña lograba la atmósfera metafísica de sus pinturas, no sólo así lograba la ingravidez en la que parecen sumidos sus objetos. Miraba, de manera intermitente, primero hacia las botellas, después hacia el lienzo. Cuando hacía esto, tenía que levantar sus gafas también de manera intermitente. Necesitaba las gafas para ver con claridad las pinceladas que daba sobre la tela, pero no las necesitaba para ver los objetos. Prefería Morandi ver las botellas, latas y jarras de una manera más bien borrosa. Era este el secreto para conseguir la famosa atmósfera de sus cuadros, la falta de nitidez en la visión de los objetos que posaban para él. Pero el hecho de tener que levantar sus gafas de manera intermitente, solía terminar por producirle cierto escozor en las orejas. Así que, un día, decidió ponerse un poco de algodón en la parte superior de las mismas. El invento funcionó y no dejó de hacer esto hasta el final de sus días. En alguna fotografía puede apreciarse el blanco del algodón sobre sus órganos auditivos.

Cuando llegaba la noche, antes de abandonar la habitación en la que pintaba (era una habitación contigua al dormitorio de sus hermanas), ataba sus pinceles como si fuesen un manojo de espárragos. Hacías esto porque decía que así le recordaban a los espárragos pintados por Edouard Manet en 1880. A mí, que tengo debilidad por todo tipo de frutos marinos, los vegetales pintados por Manet siempre me han recordado a un buen manojo de navajas gallegas. Pero a Morandi, que era de tierra adentro, sus pinceles le recordaban a un manojo de espárragos, uno de esos manojos pintados por Edouard Manet en 1880. Aunque también, según cuentan, le recordaban a los manojos de espárragos que, en su infancia, muy de tarde en tarde, su madre compraba en el mercado municipal de la distinguida ciudad de Bolonia.

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Giorgio Morandi observando los objetos que retrató una y otra vez

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Manojo de pinceles utilizados por Morandi


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Manojo de esparragos pintado por Edouard Manet en 1880


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Manojos de navajas gallegas


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jueves, 13 de noviembre de 2008

El pintor que ganó la gracia del mar

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Pintura de Urbano Lugrís (Galicia,1908-1973)

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A hurtadillas, sin hacer el menor ruido, como quien no quiere la cosa, un buen día penetré en el blog de Antón Castro. Una vez allí, me hice con uno de sus cuentos. Un cuento dedicado al pintor Pedro Sanjurjo. Y no sólo eso, también me llevé al bolsillo una de sus fotografías preferidas, una fotografía en la que aparece un niño con un barco de juguete que lleva por nombre Javiota, una fotografía de José Suárez. Después, de nuevo a hurtadillas, sin hacer el menor ruido, me vine a mi hotel. Y colgué en la pared de mi dormitorio tanto la fotografía como el cuento. Para poder verlos cuando quiera. Para poder verlos cuando no me apetezca salir de este hotel junto a la vía.


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El pintor que ganó la gracia del mar

por Antón Castro

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Nunca supo muy bien por qué amaba tanto el mar y sus ecos. Lo amaba y lo deseaba mucho antes de verlo. Casi desde niño. Su padre, licenciado en sedas y tejidos con comercio propio, decidió alimentarle esa pasión. Acomodó, en la trastienda, que también era taller, una pequeña estancia, alejada de los tres empleados de sastrería, con un biombo de tela que reproducía paisajes marinos de Turner. Y en el interior, le instaló una pequeña mesa y una estantería, que fue llenando de libros de navegación y de aventuras marinas. Así, a medida que crecía y pasaba de la infancia a la adolescencia y a la primera juventud, veía como los estantes se llenaban con monografías sobre faros, barcos, piratas y naufragios, y se acrecentaban los libros con un fondo de agua marina de Edgar Allan Poe, Jonathan Swift, Robert Louis Stevenson, Julio Verne, Herman Melville, Joseph Conrad, un raro poeta gallego, Manuel Antonio, Fernando Pessoa, Samuel Taylor Coleridge e incluso Luis Cernuda, que tenía un prodigioso poema dedicado a un joven marino. Por la noche, antes de la cena, José Lareo, que también le dio ese nombre a su hijo, reclamaba al muchacho, y se quedaban un par de horas en la estancia. Leían juntos, repasaban las aventuras marítimas; al padre lo que más le emocionaba era cuando el muchacho, como si fuese un rapsoda antiguo, declamaba en voz alta los textos con aquella terminología tan específica, con aquellos héroes que vivían envueltos en el peligro y en la búsqueda de amores imposibles mientras la sombra de los corsarios avanzaba por la proa o por la popa. Algún tiempo después, el padre decidió ensanchar aquel mundo íntimo, todavía no corroborado con la realidad, con libros de arte y con las obras, en cómic, de Hugo Pratt. Y un día, tal vez cuando el joven cumplió 19 años, el padre plantó por sorpresa un caballete y cajas de óleos, colores, carboncillos y acuarelas. Le dijo: “Haz lo que sepas”.

José Lareo se convirtió en pintor del mar. Inventaba lo que no había visto, pero sí lo que había soñado. Lo que sus autores preferidos le habían arrojado en la cabeza y en la piel como un temporal de incitaciones y de incertidumbres. Así empezó: derramándose en afanes y en colores. Pero sus mares eran distintos: desapacibles, inquietantes, helados, rotos por la espuma, truncados en su oleaje por un barco a la deriva, un iceberg que se desparrama de súbito en añicos, por piedras que asoman de súbito con un triángulo de última resistencia. El joven, que seguía leyendo, y había descubierto a Jorge Luis Borges, los llamó “Mares metafísicos”, mares que, de alguna forma, resumían el desorden, la vacuidad y el olvido del mundo. José Lareo vivía para su pintura y vivía para el mar. Los cuadros empezaron a multiplicarse y con ellos los hielos, los fragmentos de madera, los resquicios de metal, los cordajes, los mástiles quebrados, que se elevaban siempre sobre una superficie casi agónica y espectral, bellísima en su desamparo o en sus rigores, como almas muertas. Para José Lareo la pintura era sustancia y mito, artesanía de la mancha y del color sobre un piélago de sensaciones que era el lienzo.

Su padre lo vio partir, buscar un nuevo estudio, exponer sus inquietantes sueños en público. Lo vio titular sus cuadros y descubría, siempre, el eco de un poema más o menos conocido, la entrada de un diccionario de Náutica, la reminiscencia de una conversación en el minúsculo taller de sastrería. El hijo, pintor cada vez más complejo y atormentado, nadaba en el desasosiego y decidió titular una de sus muestras “Maderas de pecio”, y otra “Los restos del naufragio”, y una tercera, quizá las más bella de todas, “Pintar el mar cansa”.

Por fin, José Lareo decidió ver el océano. Lo vio en Cantabria, en Asturias, en el Mediterráneo, en Costa da Morte. Lo vio y lo fotografió. Lo observó días, meses enteros y lo interiorizó sin poder siquiera hacer un dibujo, una acuarela súbita. Acumuló conchas y caracolas, ordenó sus archivos, escribió algunos diarios sobre su experiencia. Una mañana cualquiera, el padre recibió una carta, no una llamada de teléfono ni un e-mail, donde José Lareo, su hijo, le decía: “Acabo de embarcar. Llevo mis pinturas y mi caballete. Algún día volveré”.

Regresó sí: enjuto, con gorra de marino y tres baúles con lienzos enrollados. El mar, un gran pez blanco sin apenas horizonte, era como un ser vivo o una tumba voraz de despojos y de soledades.


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Pintura de Urbano Lugrís
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Fotografía de José Suárez
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miércoles, 12 de noviembre de 2008

Inclemencias

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Fragmento de una pintura de David Hockney


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Cuento del libro Tras el pinar un grito:

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INCLEMENCIAS



Las inclemencias del tiempo le desanimaron a salir de casa durante todo el fin de semana. Así que, allí encerrado, se dispuso a llevar a cabo todo aquello que tenía pendiente. Pasó el fin de semana dispuesto, preparado, con la firme convicción de llevar a cabo todo aquello que había apuntado en un papelito cuadriculado: encolar la mesa de la cocina, tapar el desconchado de humedad del techo del cuarto de baño, arreglar el cajón de la cómoda, barnizar la nueva estantería, hacer limpieza a fondo en toda la casa, cocinar de manera abundante para no tener que hacerlo durante toda la semana, planchar la montaña de ropa que había sobre la mesa de la sala, comenzar a escribir el cuarto capítulo de la cuarta novela que intentaba escribir, cortarse las uñas de los pies.

Pasó todo el tiempo dispuesto, preparado, con la firme convicción de llevar a cabo todo aquello pendiente que había apuntado en un papelito cuadriculado. Y, al final, no hizo nada de nada. El fin de semana voló sin darse cuenta, ojeando, sentado en un rincón, catálogos de sus pintores preferidos. El domingo, ya de noche, unos segundos antes de meterse en la cama, mientras escuchaba como la lluvia seguía golpeando con insistencia la ventana de su dormitorio, miró con desagrado, casi con repugnancia, las uñas de sus pies, y, dispuesto, preparado, con la firme convicción de quien cree perder la cabeza, se echó a reír hasta quedarse roque.



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Autorretrato riendo, Rembrandt

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martes, 11 de noviembre de 2008

RARO DONDE LOS HAYA (II): Rudolf Wacker



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El pintor Rudolf Wacker (Austria, 1893-1939)
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No sé si existe alguna razón por la cual, en Austria, aparecieron tantos pintores raros donde los haya durante el siglo XX. He hablado aquí recientemente sobre Alfons Walde, el pintor de la nieve. Hoy le toca el turno a Rudolf Wacker, el pintor de las naturalezas muertas con juguetes.
Rudolf Wacker conservó toda su vida, desde su infancia, algunos de sus juguetes preferidos. Además de estos, coleccionaba otros juguetes que adquiría en bazares o tienduchas para retratarlos después. Llego a poseer 11.139 juguetes diferentes. Juguetes llegados desde Japón, juguetes de Oceanía, juguetes peruanos, juguetes estadounidenses, juguetes de todos y cada uno de los paises de Europa...
Nada había a la vista en su casona de campo que no fueran juguetes, a excepción de algún que otro cactus, planta que siempre cultivó con el famoso esmero austríaco. También se decía de él, que era amigo del vudú, y que a muchos de los muñecos que poseía les ponía nombres y apellidos. Tras toda una vida pintando aquellos juguetes, en su último cuadro, le dio por retratar una vieja cabaña que había no muy lejos de donde vivió hasta el final de sus días, junto al lago Bodensee.
Cuentan que tras su muerte, se realizó una repartición de los juguetes de Rudolf Wacker entre los niños de la zona. Pero, tras cogerlos con sus manos, todos y cada uno de los niños, aterrados, los soltaron gritando. Como si hubiesen sufrido violentas descargas eléctricas.
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Muñeca japonesa con narciso, 52 x 39 cm, 1937

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24 x 31 cm, 1934
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92 x 56 cm, 1930

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Lago Bodensee, 25 x 37 cm, 1939

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lunes, 10 de noviembre de 2008

Como mandan los cánones

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Bodegón del cardo, 1602, pintura de Juán Sánchez Cotán
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Fragmento de Como mandan los cánones del libro El perfeccionista en la cocina (Anagrama, 2006), de Julian Barnes:

Si sólo estás entrando en la vertiginosa curva de la propiedad de libros de cocina, permíteme que te dé algunos consejos, todos ellos para ahorrarte dinero.
1) Nunca compres un libro por sus ilustraciones. Nunca jamas señales una foto en un manual de cocina y digas: "Voy a hacer esto." No puedes. Una vez conocí a un fotógrafo publicitario, especializado en comida y, créeme, el trabajo de posproducción que hace poco nos mostró a una Kate Winslet con cuerpo de sílfide no es nada comparado con lo que hacen con la presentación de un plato.
2) Nunca compres libros con un diseño artificioso: por ejemplo, uno que tenga las páginas divididas en tres franjas horizontales, con el fin de que, en teoría, dispongas de un muestrario casi infinito de comida de tres platos sin tener que pasar página.
3) Evita los libros con un contenido demasiado amplio -algo que se llame remotamente Grandes platos del mundo- o demasiado restringido: Mariscos del mar de los Sargazos o Maravillas de los gofres.
4) Nunca compres el recetario del chef expuesto en un lugar prominente a la salida del restaurante. Recuerda: por eso, en principio, has ido al restaurante, para probar su cocina, no tu pobre versión de la misma.
5) Nunca compres un libro sobre zumos si no tienes exprimidor.
6) Resístete, si es posible, a la tentación de comprar, como recuerdo de unas vacaciones en el extranjero, atractivas antologías de recetas regionales. Yo demostré esta regla con el nec plus ultra de los libros de cocina, uno dedicado, a la cocina de Cantal (región de Francia central). Acaparó espacio durante años, siempre eludió la criba por razones sentimentales y no lo utilicé ni una sola vez. La comida de Cantal sabe mejor en Cantal, donde llueve mucho y no hay otras opciones culinarias. ¿Cuántas formas distintas de guisar col rellena necesitas?
7) Evita los libros de recetas famosas del pasado, sobre todo si se reproducen en ediciones facsímiles con grabados de la época.
8) Nunca sustituyas tu antiguo ejemplar raído de Jane Grigson o Elizabeth David por una nueva versión que contenga exactamente el mismo texto pero esta vez con ilustraciones. No lo usarás nunca y volverás a consultar el desgastado original en rústica poque tiene tus notas en el margen y, con razón, te resulta cómodo.
9) Nunca compres una colección de recetas recopiladas con fines benéficos, en especial las de locutores de televisión que ofrecen el secreto de su plato favorito. Dona directamente a obras de caridad el precio de venta del libro: así recaudarán más y tú no tendrás que descartarlo en la siguiente criba.
10) Recuerda que los autores de cocina no son diferentes de los otros escritores: muchos llevan sólo un libro dentro (y algunos, para empezar, nunca deverían haberlo sacado). Considera esta posibilidad cuando le estén dando bombo al nuevo.
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Bodegón del besugo, 1772, pintura de Luís Eugenio Meléndez
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Pintura de Chardin

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Los frutos de la tierra, 1938, pintura de Frida Khalo

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Pintura de Miquel Barceló

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viernes, 7 de noviembre de 2008

Algo de lo que sé de Meudón

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(Vista de Meudón. Fotografía de André Kertesz, 1928)


Mi abuelo paterno se llamaba Alain Nortub. Nació en Meudón, pueblo cercano a París, en 1908.Yo pasé varios veranos de mi infancia en esta localidad francesa. No he vuelto a Meudón desde hace unos quince años, cuando Catherine me rompió el corazón. Catherine era una vecina pelirroja un año mayor que yo. Siempre recordaré, cuando eramos niños, una tarde de verano en la que el viento levantó la falda de Catherine. Fue cosa de unos segundos. Segundos en los que el viento me brindó la maravillosa visión de aquellas blancas y algodonosas braguitas que daban una forma tan atractiva a su trasero. Quizá por eso adoro los días de viento, cuando las hojas secas vuelan de aquí para allá y las palomas se acurrucan bajo los alerones de los tejados.
No he vuelto a Meudón desde hace quince años pero Meudón sí que ha vuelto a mí en diversas ocasiones. No sólo debido a los recuerdos de antaño, sino por noticias sobre el pueblo que el azar me ha ido brindando. Noticias que he ido recopilando y que desconocía por completo. Cerca de la casa de mis abuelos había un puente sobre el que pasaban trenes. Hace unos cuantos años, mientras visitaba una exposición antológica del pintor mexicano Diego Rivera, me pareció ver aquel puente en uno de sus cuadros. Me acerqué entonces a la tarjetita que, junto a la pintura, había en la pared. Allí pude leer que la obra se titulaba El sol rompiendo la bruma (vista de Meudón). El cuadro, de aire cubista, estaba fechado en 1913, época en que Diego Rivera vivió en París. También aparece aquel puente, que tantas veces observé desde la ventana de la cocina de mis abuelos, en una fotografía realizada por André Kertesz en 1928.
Durante los veranos que pasé en Meudón, no sabía tampoco que existiese un cuadro de Vincent Van Gogh, fechado en 1886, titulado París frente a Meudón. No sabía que el escultor Auguste Rodin hubiese muerto en Meudon y hubiese sido enterrado en esta localidad en el mes de noviembre de 1917. No sabía que el artista Jean Arp, vinculado al movimiento dada y surrealista, hubiese establecido su estudio y vivienda en Meudón en el año 1926. No sabía que el escritor Celine hubiese vivido también allí. Y, no sabía, tampoco, durante los veranos que pasé en Meudón, que Stendhal, en su novela Rojo y Negro, publicada en 1830, mencionase el pueblo en el que nació mi abuelo Alain:
“Anularé los sentimientos de mi corazón con el cansancio físico” –se decía mientras cabalgaba por los bosques de Meudón-. “¿Qué hice, qué pude hacer para merecer semejante desgracia?” “No diré ni haré nada” –pensaba al entrar de regreso en el palacio-. “Pareceré muerto en lo físico como lo estoy muerto en lo moral. Julián Sorel ya no vive, el que se agita todavía es su cadáver.”






París frente a Meudón, pintura de Vincent Van Gogh, 1886.


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El escultor Auguste Rodin falleció en Meudón en 1917.
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El artista Jean Arp estableció su vivienda y estudio en Meudón en 1926.
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Libro de fotografías sobre Celine y su vida en Meudón (1951-1961).
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El escritor Stendhal menciona Meudón en su libro Rojo y Negro, publicado en 1830.
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miércoles, 5 de noviembre de 2008

Un viaje pendiente


A. Gardner: Lincoln en el campo de batalla de Antietam, 1862.

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No he estado nunca en los Estados Unidos de América. No porque no me apetezca viajar a los Estados Unidos de América. Sino tan sólo porque no se han dado, hasta el momento, en mi vida, las circunstancias apropiadas para visitar los Estados Unidos de América. Miento. Una vez estuve a puntito de hacer ese viaje. Un amigo pasó un año en Nueva York con una beca. Me insistió para que le visitase. Tendría alojamiento gratuito y él haría de guía por la Gran Manzana. Pero al final, no recuerdo por qué, quizá simplemente por pura pereza, no crucé el charco. La cosa es que, recientemente, desde que regento este hotel junto a la vía, muchos son los huéspedes que me hablan maravillas de los Estados Unidos de América. Sobre todo me comentan que vas por la calle y ves escenas que bien podrían haber sido pintadas por Edward Hopper. Que a veces hasta parece que estés metido en uno de sus cuadros. Y creo que eso es lo que más me agradaría de viajar a los Estados Unidos de América. Verme envuelto en una escena hopperiana. Convertirme en uno de sus personajes. Sentado al sol. Comprobando como esa luz sedosa de las pinturas de Hopper envuelve mi cuerpo y transforma mi sombra en un velo caído a mis pies. Sentado al sol. Sentado al sol mirando al infinito en los Estados Unidos de América.

Pero, si viajase hasta allí y todo esto no fuese posible, me gustaría, por lo menos, verme envuelto en un cuadro de Robert Bechtle.




Tres pinturas de Robert Bechtle:















martes, 4 de noviembre de 2008

ESPACIO DE ARTISTA (III): Balthus





El pintor Balthus (1908-2001)




Pocas son las fotografías en las que el pintor Balthus no aparece fumando. Puede aparecer también pintando, leyendo, charlando, mirando al horizonte como quien no quiere la cosa. Pero pocas son las fotografías en las que no aparece con un cigarrillo entre sus huesudos dedos o colgando de sus labios. Posaba el cigarrillo y daba unas pinceladas. Retocaba a menudo esas pinceladas con sus dedos. Los mismos dedos que un minuto después sujetarían el cigarrillo mientras, sentado, contemplaba el progreso del cuadro. Lo contemplaba y daba unas caladas. Caladas que parecían formar parte de su proceso creativo. Que ayudaban a que, en su cerebro, los pensamientos flotasen de manera ascendente como suaves porciones de humo.


Después estaban los gatos. Por algo llamaron a Balthus El rey de los gatos. Siempre había uno cerca. Merodeando alrededor de su caballete. Les enseñaba a no acercarse a sus pinturas y disolventes. Les enseñaba a estar sin molestar. Les enseñaba a observar sus cuadros. Y cuando maullaban de una forma extraña, sabía Balthus que no iba por el buen camino, que debía retocar sus últimas pinceladas. Lo mismo pasaba cuando Setsuko, su mujer, entraba en el estudio sigilosamente, como un gato más, y fruncía el ceño. Sabía Balthus entonces que no iba por el buen camino, que debía retocar sus últimas pinceladas. Además, cuando Setsuko veía que a Balthus se le cruzaba algún cuadro y adquiría su rostro cierta expresión de rabia, calmaba aquella desazón del pintor haciendo que se mirase en un espejito con el que, muy a menudo, ella se arreglaba las cejas.



















"Es posible ser realista de lo irreal y figurativo de lo invisible", Balthus

Jean Louis Barrault, Balthus y Albert Camus (1948)

El estupendo

Rooms for tourists (1945), pintura de Edward Hopper



Fragmentos de El estupendo, texto de Robert Walser que aparece en el libro La habitación del poeta (Siruela, 2005):


"Los límites se rebasan en un periquete.
Como lo hago e hice yo, no lo hace ni hará nadie.
¡Dejar deudas en Nápoles!
Rozar ligeramente con la manga las casas de patricios, como si estos hogares necesitaran de algún estímulo.
Tener en alta estima a las cocineras, vivir en casa de profesores de dibujo y evitar pagar la pensión.
Me convertí en un artista de todo tipo de renuncias."

"La llama de la nostalgia se enciende de maravilla en las noches que paso en vigilia, sentado al escritorio, pero cuando, por la mañana, despierto, despierta el artista que llevo dentro, el creyente en el azar; el hombre se esconde del que está dotado para el baile, que es padre, madre, hermano, amigo y amiga de sí mismo, que dispone de cuerpo y alma, y se sabe lo suficientemente rico como para tratar a sus iguales como meros comparsas para realizar cualquier tipo de figura. ¿Por qué me haré tanto caso? ¿Por qué no puedo encontrarme nunca insufrible? ¿Por qué soporto al caballero que soy? ¿Por qué tenía que ocurrirseme esto de la pensión? ¿Es que acaso me importa algo?
Les aseguro que personalmente, si de mí dependiera, no me reiría casi nunca.
Es él, el que siempre tiene una risa a punto, este "él" dentro de mí, este ser ocurrente a quien doy cobijo, el estupendo".


Robert Walser (1878-1956)





lunes, 3 de noviembre de 2008

Un divertimento roto

Pintura de Seonna Hong



Sé que muy pocas de las personas que se dejan caer por este blog, han leído alguno de mis libros (casi me atrevería a decir que ninguna). Los dos libros de cuentos que he escrito hasta el momento, fueron publicados por una pequeñísima editorial que desapareció en octubre de 2007 y con la que no acabé demasiado bien. La tirada de ejemplares fue mínima. Hubo una parca presentación en una librería a la que asistió muy poca gente (ni yo estuve presente debido a asuntos personales). Desde luego, que yo sepa, no se habló de ellos en medio alguno. Hace poco alguien me enviaba un correo preguntándome donde podría conseguir alguno de mis libros. Le contesté que eso era algo imposible (yo tan sólo tengo un ejemplar de cada uno, sino de buena gana se los mandaría). Así que voy a ir dejando alguno de esos cuentos aquí, aunque con el paso de los años no me sienta muy orgulloso de ellos. El primero será Un divertimento roto, cuento que aparecía en El triste festín, libro publicado en el año 2002:




Un divertimento roto

Junto a la carretera, en aquella porción de tierra acotada por piedras para que pastasen las vacas, cuando estas no estaban, unos cuantos niños nos agazapábamos tras los zarzales que lindaban con el muro. Observando a través de tallos y espinas acechábamos con gran impaciencia. Nuestra principal diversión consistía en lanzar porciones de excremento vacuno utilizando como blanco los coches que pasaban ante nosotros. Cogíamos las boñigas con la mano o con un palo, según la sequedad o frescor de estas, y luego, a veces esperando largo rato pues el tráfico no era frecuente en aquella vieja carretera, las arrojábamos desde la dehesa con todas nuestras fuerzas en cuanto algún coche se aproximaba. A menudo, cuando acertábamos, el coche se detenía. Entonces, dejando atrás el aplastante sol, corríamos a ocultarnos en la oscuridad del bosque. Entre maleza y árboles nos sentíamos a salvo. Desde allí observábamos al furibundo conductor mientras profería amenazas e insultos.

Como otras muchas tardes de agosto, dejando atrás el pueblo, llegamos a la dehesa cabalgando sobre nuestras bicicletas. Tras esconderlas en el bosque, nos dispusimos a llevar a cabo un nuevo ataque. Como de costumbre, situados tras los zarzales, aguardamos de rodillas preparando la munición. Después de media hora de espera comenzó a escucharse a lo lejos el motor de un vehículo. Aquel primer coche, al que tan sólo mi primo Eloy y yo le dimos de refilón, continuó su camino con total indiferencia. Al segundo, unos diez minutos después, ninguno conseguimos darle. El tercer coche, acercándose a gran velocidad, no parecía presa fácil, pero como por arte de magia, las boñigas surcaron el aire y casi todas fueron a dar en el parabrisas del automóvil. Este, efectuando un par de bruscos bandazos, terminó por adentrarse en una tierra de patatas dando cuatro o cinco vueltas de campana que fueron acompañadas de un gran estruendo y una enorme polvareda. Todos los niños corrimos a ocultarnos en el bosque. Una vez allí, con nuestras bocas entreabiertas pero sin decir ni una palabra, cruzamos nuestras miradas para desviarlas después hacia la tierra de patatas. Fue entonces cuando la atmósfera del bosque se impregnó del olor a excremento que desprendían nuestras manos.






Pintura de Seonna Hong


domingo, 2 de noviembre de 2008

El primer beso

Pintura de René Magritte



Me cruzo en la calle con dos adolescentes que se besan. Él parece ansioso, ella relajada. Les echo unos catorce años, tal vez trece, edad en la que a mí me llegó el primer beso. Fue en una discoteca de tarde, una oscura discoteca para adolescentes. A las nueve debía estar de vuelta en casa. Un grupo de chicas y chicos estábamos sentados en un par de sofás. Yo me encontraba junto a B., muchacha morena y extrovertida que no dejaba de hacerme preguntas. Preguntas a las que yo respondía con un Sí o un No cuando no lo hacía simplemente asintiendo o negando con la cabeza. Hasta que (no recuerdo bien cuál fue su pregunta) respondí con una frase compuesta por cuatro o cinco palabras. Entonces nos besamos. Mejor dicho, B. me besó. Yo, tímido y retraído como era, no habría osado hacerlo. Me dejé besar. Nuestras bocas se abrían y cerraban y nuestros labios se vieron inmersos en un continuo roce entre el extasis y las cosquillas. De vez en cuando, tal vez esto fuese lo mejor, nuestras lenguas se acariciaban húmedas e inquietas.

Desde un primer momento me gustó lo de besarse. Me gustó mucho aunque a B. le diese por morderme el labio inferior y producirme cierto dolor. También aquellos sutiles mordiscos me resultaron placenteros. Y qué decir del hecho de que dos amigas de B. no dejasen de cuchichear mientras, sentadas frente a nosotros, sin quitarnos ojo, reían nerviosas.








Dibujo de Robert Crumb




Escena de la película Las Modelos (1944), con Gene Kelly y Rita Hayword