lunes, 15 de diciembre de 2008

MUECAS

Charles Laughton (1 de julio de 1899 - 15 de diciembre de 1962)
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Eres un prestigioso historiador de arte. Vives en Barcelona pero estás de viaje en Nueva York. Te hospedas en un hotel del centro de Manhattan. Como otras muchas mañanas, te miras en el espejo del cuarto de baño. Tienes una barba de lo más anodina. Es una barba de tres días. Dudas entre afeitarte o dejarte una barba como Dios manda. Te da por hacer muecas ante el espejo. Sonríes, inflas los mofletes, frunces el ceño, abres los ojos mostrando sorpresa, levantas la ceja derecha mientras haces descender la izquierda. Tanta mueca te hace pensar en Rembrandt una vez más. Sabes que el famoso pintor holandés se autorretrató durante toda su vida. Desde su juventud hasta poco antes de fallecer. Entre dibujos, grabados y pinturas, sabes que realizó más de un centenar de autorretratos. Se autorretrató sonriendo, inflando sus mofletes, frunciendo el ceño, abriendo sus ojos mostrando sorpresa, levantando su ceja derecha mientras hacía descender la izquierda. Podrías decir que se autorretrató con todas las muecas que sus músculos faciales le permitían realizar. Siempre te ha gustado Rembrandt. Te atreverías a decir que es tu pintor preferido. Llevas toda la vida estudiando su obra y su vida. Has viajado en muy diversas ocasiones a Holanda. Allí has visitado el Rijksmuseum y la zona en la que vivió el artista. Has publicado una decena de libros sobre el pintor holandés. Nueve de ellos de ensayo y, hace poco, un libro de ficción: Las mil muecas de un pintor holandés. Por todo esto te han elegido para impartir esta tarde, en un célebre museo de Nueva York, una conferencia sobre Rembrandt. Sabes que la conferencia será un éxito. Tu inglés es soberbio y tus conocimientos sobre el tema son tan extensos que podrías pasarte una semana hablando sin parar. Pero ahora te asalta una duda. Ante el espejo te preguntas si deberías afeitarte o dejarte una barba como Dios manda. Te dices que no deberías acudir a la conferencia con esa barba tan anodina, de tres días. Te da un aspecto de desaliño que no te convence. Pero quieres dejarte barba, una barba como Dios manda. Sabes que puedes afeitarte para la conferencia y dejarte la barba días después. Así que decides hacerlo.

Mientras te afeitas, te da por dejarte el bigote. Cuando terminas te observas en el espejo y, aunque sabes que no te pareces en nada a ninguno de los autorretratos de Rembrandt que te vienen a la cabeza, te sorprendes al darte cuenta de que, ahora, con ese bigote, con esos pelos que salen disparados bajo tu nariz, eres calcadito al actor Charles Laughton, al actor Chales Laughton cuando encarnó al famoso pintor holandés.

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Charles Laughton encarnando a Rembrandt
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A continuación, algún que otro autorretrato de Rembrandt (1606-1669):
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viernes, 12 de diciembre de 2008

La novia del marinero

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Dibujo de Thomas Ott

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En otra vida fui marinero. Tan sólo poseo nítidos recuerdos de mis días en alta mar. Recuerdos tan nítidos como el agua de las costas de las islas de Micronesia. Recuerdos que, aún viviendo otras cien vidas, no lograría olvidar. Cada mañana, tras levantarme, desayunar, poner el lavaplatos, dar de comer al loro y lavarme los dientes, me miro fijamente en el espejo y ¿qué es lo que veo? Un hombre que en otra vida fue marinero. Mi familia me aconseja que acuda a algún especialista en trastornos mentales. Dicen que yo no fui marinero en otra vida. Es más, no creen que haya otra vida después de esta vida. Mi familia me dice que a ver si me he convertido al budismo. Pero yo no sé en que consiste eso del budismo, yo sólo sé que en otra vida fui marinero. Un marinero con cierto aire a Popeye. Sí, sobre todo porque soy tuerto, tuerto como Popeye. En realidad, para quien no haya caído en la cuenta, Popeye significa ojo saltón. Sí, Pop-Eye quiere decir Ojo-Saltón. Así que, como yo también soy tuerto y tengo un ojo saltón, creo que me doy cierto aire a Popeye. Aunque mi familia dice que yo de Popeye nada, que no me parezco ni por asomo. Mi familia dice esto porque no me gustan las espinacas. Mi familia dice esto porque no se nadar. Mi familia dice esto porque nunca he navegado. Lo dice por que mi novia, que se llama Trini, en nada se parece a Olivia, la novia de Popeye. Y creo que a mi familia no le cae bien Trini porque no se parece en nada a Olivia. Y es que de tanto decir yo que me doy un aire a Popeye, ahora me recriminan que Trini no se parezca a Olivia ni por asomo. Bien es cierto que Trini es un poco especial. Escribo la palabra especial por no escribir la palabra rara. Ella no es tuerta, pero tiene dos ojos muy saltones y una sonrisa que podría llegar a intimidar al mismísimo Charles Manson. Sí, Trini, cuando sonríe (nunca he visto que no lo haga, hasta dormida sonríe mi novia), suele causar pavor allá por donde va. No puede uno ir tranquilo por el paseo marítimo del brazo de Trini, no puede uno ir de paseo con ella sin que algún transeúnte llame a la policía diciendo que hay una señorita zombie suelta. No. No puede uno hacer las compras en el supermercado sin escuchar gritos de espanto cada dos por tres al girar en cada pasillo. No. No puede uno estar en el bar con los amigotes sin que estos salgan despavoridos cuando ella entra por la puerta diciéndome cariñito mío. No. No puede uno hacer nada con ella cerca. Entre sus ojos saltones, su sonrisa y su vestimenta con lacitos blancos en su cabello, produce pavor allá por donde va. Confesaré aquí (pero que no se entere ella) que a mí, Trini, mi novia de toda la vida, no me gusta. Hace ya tiempo que no me pone. Pero sólo de pensar en dejarla me pongo a temblar. No vaya a ser que entonces ella deje de sonreír. No quiero ni imaginar una cara como la suya con un gesto de enfado, rabia o disgusto. Prefiero, aunque en esta vida no sea feliz junto a ella, esperar a que llegue otra vida en la que, si no pudiese ser marinero, al menos me convirtiese en tiburón, rodaballo o arenque.



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Dibujo de Thomas Ott


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jueves, 11 de diciembre de 2008

Título de un libro de poemas

Noche vieja, fin de siglo. 1999, 200 x 300 cm. Ángel Mateo Charris.
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Ocho. Son Ocho. Ocho islas. Ni siete ni nueve. Ocho. Y un invierno. Ni una primavera, ni un verano, ni un otoño. Un invierno.

Ocho islas y un invierno. Ese es el título del nuevo libro de poemas de Marta Navarro García. Sí, Ocho islas y un invierno. Un título que sugiere muchas cosas. Y, aunque aún no he leído el libro, pues acaba de ser publicado hace muy poco tiempo, intentaré acercarme a su título. Título que, sin duda, sugiere muchas cosas. Sí, emergen de las profundidades de este título claras sugerencias insulares. Pero cuando a uno, que no vive en una isla, le da por pensar en una isla, suelen venírsele a la cabeza imágenes de sol y playa, de chiringuitos y sombrillas. Y en este título no hay ni sol ni playa ni chiringuitos ni sombrillas, hay Un invierno. Sí, Ocho islas y un invierno. Y es que, aunque muchos lo desconozcan, a las islas, como a cualquier otra parte, también llegan los inviernos. Y al llegar, a veces, cuando se dan los factores meteorológicos propicios, llega también la nieve. La nieve llega. Llega la nieve. Blanquecina, blancuzca, a menudo de aspecto nacarado. Como el título de este libro de Marta Navarro García, que se me antoja un título blanquecino, blancuzco, de aspecto nacarado. De destellos nacarados diría yo. Sí. Ocho islas y un invierno es un título que irradia multitud de destellos, destellos de alborada insular mezclados con destellos de bruma invernal. Destellos, en definitiva, blanquecinos, blancuzcos, de un aspecto que bien podría ser definido como nacarado pero, si me apuran, lo definiría, además, como un título de un insólito fulgor nebuloso.









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Siga los copos de nieve



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SOSPECHAS





Para Marisancho Menjón





Las cicatrices del agua



nos miran.



Sospechas que somos culpables



de todas sus heridas.





LA NOCHE





He llegado al embarcadero de la noche,



desnuda y con hambre de luz.



Ya nada podrá detenerme.





“IL VUOTO”





Para Franco Battiato





Soy el abismo que huye a tierra firme,



una isla perdida en busca de océanos y náufragos,



el tiempo que se observa en las heridas de un reloj.



Me transformo,



me disuelvo, soy tigre, soy agua, soy el vacío.





EL DIARIO DE LARA





Para Asia, África y Ginebra





Con la noche a cuestas,



Lara y yo pensamos



en los oscuros días



que gastarán los calendarios.



Repletos de leyes taradas



y de sociedades puras



que muestran sin pudor



sus vómitos con pedigrí.



Una vez más Oriente



con su alambre fiel



sigue mordiéndonos



las pupilas.





Octavo día:



Seguimos caminando



con la noche a cuestas.





Ocho islas y un invierno. Marta Navarro García. Ediciones del Desembarco. Sevilla, 2008. 54 páginas. El libro se presenta hoy, 11 de diciembre, en la librería Los Portadores de Sueños (Zaragoza), con la presencia de la autora, de José Antonio Labordeta, de Luisa Miñana y de Francisco Aranguren.





ochoislasyuninvierno.wordpress.com


entrenomadas.wordpress.com

miércoles, 10 de diciembre de 2008

El significado de esta entrada

La entrada no es grande ni pequeña. La entrada no es ni muy ancha ni muy alta. La entrada fue construida para adentrarse en ella. Para penetrar más allá. Para que nadie se quede fuera de ella. La entrada carece de puertas. Está abierta para todo aquél que quiera atravesarla. La entrada llama por su nombre a todo aquel que se acerca y muestra curiosidad por la entrada. Sé que cualquiera que lea estas líneas sobre la entrada podrá llegar a pensar, al ir avanzando, que he perdido la cabeza y ya no la encontraré jamás. No va muy desencaminado el lector que piense de este modo. Pero he de decir en mi defensa, que no es bueno adelantar acontecimientos ni hacer prejuicios sobre entradas de las que uno apenas tiene noticias. Paciencia. Solo pido eso, y ya sé que no es poco. Paciencia. Si lo que cuento sobre la entrada llegase a ser molesto o desagradable en algún momento del relato, aconsejo dejar de leer esto inmediatamente, sin pensarlo dos veces. Sé de buena tinta que la entrada puede herir estómagos delicados, por eso aconsejo huir de ella si a uno le golpea la palabra entrada en la cabezota con insistencia. Ni que decir tiene que las palabras aquí elegidas no han sido elegidas al tun tun. Las he buscado y rebuscado, y he analizando una y otra vez su significado en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (por ejemplo, en entrada dice: Espacio por donde se entra). Y después, he ido uniendo esas palabras, creando así el significado conjunto de esta entrada que hasta entonces permanecía oculto. El significado de esta entrada que tal vez algún lector avispado haya empezado a intuir. El significado de esta entrada que, un día de estos, cuando menos se lo esperen, desvelaré a toda la humanidad.

Un retrato


Retrato de Felipe IV realizado por Velázquez en 1656
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UN RETRATO

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El retrato fue ejecutado con gran pericia. Las pinceladas construían la fisonomía de su majestad como si estuviese allí mismo, como si se tratase de un espejo. El pintor, por decisión propia, no dejó ver el lienzo hasta que hubo sido terminado. Sabía que, al contemplarlo, nadie vacilaría a la hora de reconocer el formidable parecido con su majestad. Tenía la misma expresión bobalicona en su mirada, el mismo mentón afilado y repleto de granos, las mismas orejas de soplillo, el mismo flequillo graso y lánguido cayendo sobre su frente, la misma boca entreabierta con sus comisuras resecas, los mismos pómulos pálidos heredados de su madre, la misma garrafal y dilatada nariz que al pintor, mientras la perfilaba, le hizo pensar en un morrocotudo gorrino.

Cuando el rey contempló su retrato no dijo ni una sola palabra. Tan sólo hizo un gesto hosco mientras miraba de reojo al mandamás de la guardia real. Al día siguiente, al amanecer, mientras las golondrinas comenzaban su revoloteo matutino alrededor del palacio, el pintor fue ejecutado.

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IN ICTU OCULI (En un abrir y cerrar de ojos, 1670-1675), pintura de Juán de Valdés Leal

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martes, 9 de diciembre de 2008

La materia artizada (I)

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El escritor cubano José Lezama Lima (1910-1976)

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En noviembre de 1997 compré el libro La materia artizada (Editorial Tecnos, 1996), de José Lezama Lima. Es uno de los libros sobre arte que prefiero. Desde que lo compré no he dejado de releerlo y ojearlo. En La materia artizada se recopilan los textos que Lezama Lima escribió sobre arte. Textos que escribió sobre Matisse, Bacon, Picasso, Bonnard, José Guadalupe Posada, José Clemente Orozco o Balthus. Lo compré en noviembre de 1997 en la librería de la Fundació Tápies, en el 255 de la calle Aragó de Barcelona. No es cuestión de memoria que recuerde el lugar y la fecha en que lo compré. No. Lo que pasa es que me gusta apuntar, tras la primera hoja, esa que suele estar en blanco, el lugar y la fecha en que compro cada libro.
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Le passage du Comerce Saint-André, 294 x 330 cm (1953), pintura de Balthus

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Pintura preferida, fragmento de un texto de José Lezama Lima que aparece en La materia artizada:
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"Balthus, en Le passage du Comerce Saint-André, está en la otra tradición, la que circuliza un fragmento del mundo exterior, apoderándose de él en ese momento en que las cosas liberadas de nuestras insensatas reinvindicaciones, marchan hacia nosotros anhelosas de su existir formal. A medida que esas cosas toman nuestras direcciones y señales, se hacen más completas, ofrecen un misterio más difícil de penetrar."
"En el apoderamiento de esa calle parisina, Balthus consigue la calidad de esa tradición, un fragmento que asciende y se mantiene entre su insignificacia y sus prodigios. Las planchas que cubren las vitrinas de la casa donde se elaboran los sorprendentes llavines, que reemplazan a los perdidos, nos indica que la vida más esencial de esa calle va a esclarecerse y a penetrar en el cuadro de la tela. La vieja, equilibrada entre su bastón y su bolsa; en enano oligofrénico, que limita su mundo a la contemplación del perro lamiendo el centro de la calle; los niños, unos entrelazados en sus mundos de indescifrables lejanías; y otros, que parecen mirar al pintor, se sonríen. Precisamos que en esa tela Balthus dominó su espacio, les sembró unas figuras que nos saludan y se presentan con gracia desenvuelta, aun en su indiferencia. La eficacia de ese espacio y las figuras que ha relacionado, se le convierten, en la contemplación, en el resuelto enigma de un punto de irradiaciones."
(25 de abril de 1956)
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José Lezama Lima

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viernes, 5 de diciembre de 2008

El detractor

El enano detractor, pintura de Juan Van der Hamen, 1626
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Aunque ya nadie se acuerda de mí, no hace mucho tiempo fui un escritor de éxito mundial.

Todo me iba muy bien, como la seda. Demasiado bien para mi gusto. Mis libros se vendían como los churros durante el invierno más frío. La crítica halagaba mis obras sin cesar. Halagos que sin duda me parecían desmedidos. Así que, harto de tanta injusta adulación, terminé por inventarme un detractor. Alguien que, difamándome, desde el anonimato, enviando cada día mensajes a periódicos y revistas literarias, hablase mal de mí. En definitiva, alguien que me pusiese a caer de un burro. Todo por el estricto sentido de la justicia que me caracteriza. Por equilibrar esta gran balanza que algunos llaman universo. No debería ser posible que a uno todo le vaya tan bien, como la seda. No debería ser posible que nadie hable mal de uno. No, este tipo de cosas, terroríficas donde las haya, no deberían ser posibles. Debería existir el oficio de Detractor Profesional, debería existir para cuando a uno todo le vaya muy bien, como la seda, y sienta que comienza a levitar, alguien le ponga los pies en el suelo.

Así que, al final, aunque lo mío me costó, conseguí hacer justicia. Al final, conseguí descuartizar, hundir y enterrar mi prometedora carrera literaria.

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Estudio de Inocencio X, pintura de Francis Bacon, 1954

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(siga el camino de puntos amarillos)

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(Puede leer usted, si lo desea, el primer comentario, anónimo, que he dejado en este post, y que tiene que ver con el detractor que esta semana se ha hospedado en este hotel y ha realizado unos cuantos comentarios en contra de mis textos)

jueves, 4 de diciembre de 2008

La cama del protagonista

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Pintura de Ángel Mateo Charris, La vara roja, 2003, óleo sobre lienzo, 50 x 61 cm
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Cuento de mi libro El triste Festín (2002):

LA CAMA DEL PROTAGONISTA

La nieve no cae de manera abundante. Esto no sería importante si no fuese porque el protagonista de esta historia se encuentra tendido en el suelo, inconsciente. Está tendido en un descampado. La nieve no cae de manera abundante pero, poco a poco, va cubriendo el cuerpo del protagonista de esta historia. Lo va cubriendo hasta adquirir la apariencia de una estatua derribada, una estatua de mármol. No sabemos como ha perdido el conocimiento el protagonista de esta historia, tan sólo sabemos que la nieve, que no cae de manera abundante, ha cubierto ya la totalidad de su cuerpo. Entonces tose. Tose una y otra vez y recobra el conocimiento. Al despertar, tampoco el protagonista de esta historia sabe como ha llegado a perder la consciencia ni como ha ido a parar a ese descampado. Se levanta y, tiritando, se sacude la nieve de su ropa. Por no saber no sabe ni su nombre, ha olvidado como se llama o donde vive. Mira a su alrededor. Al otro lado del descampado hay una masía. Se dirige hacia allí. Cuando llega a la masía se fija en que las contraventanas están cerradas de par en par. Llama a la puerta y nadie contesta. Entonces el protagonista de esta historia decide forzar la puerta para guarecerse y llevarse algo a la boca. Cuando consigue acceder al interior de la masía, lo primero que hace es buscar la cocina. Una vez allí, encuentra en un armario un paquete de galletas y varias latas. Come hasta saciar su hambre. Después, sube las escaleras y, en la primera planta, en el pasillo, en un viejo armario, encuentra ropa. Se desnuda y se viste con un pantalón, una camisa y una chaqueta de lana que le quedan como un guante. Entra en una habitación y se mira a un espejo que hay en la pared. Piensa entonces que no recuerda su propio rostro. Para el protagonista de esta historia es el rostro de un desconocido. Se tumba entonces en una cama de matrimonio y, al girar la cabeza hacia la mesilla de noche, observa una fotografía. Una fotografía en la que aparecen un hombre y una mujer. El hombre de la foto es el protagonista de esta historia. Se reconoce tras haberse visto en el espejo y, algo aturdido, se fija en una nota que hay junto a la fotografía. La lee despacio: Cariño, no volveré. No intentes buscarme, no servirá de nada.

Indiferente, tras leer lo que a él le parece una nota absurda, se arropa, se acurruca y se dispone, desmemoriado, a echarse un sueñecito en la que, ya en plena duermevela, supone que es la cama de su dormitorio, la cama del dormitorio del protagonista de esta historia.

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Ángel Mateo Charris: El país de la nieve, 2003, óleo sobre lienzo, 200 x 300 cm

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miércoles, 3 de diciembre de 2008

El puzzle

Pintura de Caspar David Friedrich
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Cuento de mi libro El triste festín (2002):
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EL PUZZLE

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Son las dos de la madrugada. Llueve como si ya nunca fuese a dejar de hacerlo. Al final de la calle, un poco más allá de la peluquería que hace esquina, dos hombres hablan bajo un paraguas. El hombre más alto, que viste de negro, es quien sujeta el paraguas. El otro, no mucho más bajo, lleva una gabardina beige y no deja de hacer aspavientos. Discuten. Discuten acaloradamente mientras el vaho sale de sus bocas. Sí, desde mi coche, mientras fumo, puedo ver como el vaho sale de sus bocas. En la radio suena una canción francesa. La canta una mujer pero no logro recordar a quien pertenece la voz. No es la voz de Edith Piaf. No es la voz de François Hardy. Dejo de pensar en la canción cuando veo que el hombre de la gabardina saca una pistola. El hombre más alto, que viste de negro y sujeta el paraguas, da entonces dos pasos hacia atrás. El otro, no mucho más bajo y con gabardina beige, se queda empuñando el arma bajo la lluvia. Así, mientras el agua cae con fuerza y no deja de golpear la mano con que sujeta la pistola, aprieta el gatillo. Dispara una vez, dos veces, tres veces. El hombre de negro cae al suelo encharcado y, antes de exhalar su último aliento, araña el asfalto como si intentase así agarrarse a esta vida. Entonces el hombre de la gabardina beige sube a un coche granate, lo arranca y sale calle abajo. También yo arranco mi coche y le sigo. Guardo cierta distancia pero le sigo. Le sigo durante veinte minutos hasta que, a las afueras de la ciudad, en un polígono industrial, desierto a esas horas de la noche, veo que el hombre de la gabardina beige aparca su coche junto a una nave de productos agrícolas. También yo lo aparco a pocos metros del suyo. Cuando apago las luces, el hombre de la gabardina beige baja de su coche y se dirige al mío. En el momento en que se encuentra ante la ventanilla, la bajo y le entrego un maletín. No cruzamos ni una sola palabra. Por no cruzar no cruzamos ni una fugaz mirada. Al día siguiente, a media tarde, me entregan el gran premio literario con el que siempre soñé. Mi contrincante, el escritor al que todas las quinielas daban como ganador, murió la noche anterior en extrañas circunstancias, tiroteado bajo la lluvia. Me muestro sonriente en el momento de recoger el premio, pero me molesta, y mucho, que no dejen de hablar y preguntarme por el escritor al que todas las quinielas daban como ganador, que murió la noche anterior en extrañas circunstancias, tiroteado bajo la lluvia. Ya veo los titulares del día siguiente. Titulares que mantendrán la noticia de mi premio en un segundo plano. Titulares en los que todo el protagonismo será para el escritor al que todas las quinielas daban como ganador, que murió la noche anterior en extrañas circunstancias, tiroteado bajo la lluvia. Y es que nunca sale todo como uno había soñado. Siempre, por pequeña que sea, hay una pieza del puzzle que se pierde por el largo sendero que lleva a la dicha.

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Escena de la película Camino a la perdición, de Sam Mendes

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Gene Kelly en la película Cantando bajo la lluvia

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martes, 2 de diciembre de 2008

Meraud Guevara

La pintora Meraud Guevara (1904-1993)
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Sin saber muy bien cómo ni por qué, hay artistas que pasan desapercibidos. Artistas que están ahí como si no estuviesen. Artistas que tan sólo se asoman. Es el caso de la pintora británica Meraud Guevara (1904-1993). Poco conocida y ausente en los libros de historia del arte, Meraud Guevara, al contrario que muchos artistas, fue reconicida en su tiempo y olvidada después. En 1943 participó en la exposición 31 mujeres que realizó Peggy Guggenheim en su galería de arte. Meraud, de familia londinense, millonaria y mecenas de las artes, estuvo desde niña en contacto con el ambiente artístico de la ciudad. En 1926 se fue a Nueva York, a estudiar con Alexander Archipenko. De regreso a Londres, la joven Meraud dio un gran disgusto a su familia. Se enamoró de un pintor llamado Christopher Wood. Un pintor adicto al opio. Los dos, juntitos, huyeron a París en 1928. Tenían la firme intención de casarse en la ciudad francesa. Pero no pudieron hacerlo ya que la joven Meraud, alocada como era, olvidó su pasaporte. Poco tiempo después de aquella huida a París, terminó su relación. Y en 1930, el pintor Chistopher Wood, adicto al opio, murió cayendo a las vías de un tren (y supongo que cerca habría algún hotel). Durante el cálido verano de 1928, comenzó Meraud a recibir clases nada más y nada menos que de Francis Picabia, vecino de la familia de la pintora en Mougins, lugar de veraneo en la Rivera Francesa. Allí, en Mougins, aquel cálido verano de 1928, Meraud estuvo en contacto con Duchamp, Picasso, Leger, Gertrude Estein e Isadore Duncan. Francis Picabia organizó poco después, tras el cálido verano de 1928, una exposición de Meraud Guevara en París. Desde entonces la pintora británica no dejó de exponer y pintar. No dejó de exponer y pintar hasta que, a los 88 años, en 1993, la muerte la visitó en París.
La mayoría de los cuadros de Meraud retratan a una mujer morena y de ojos negros. A menudo con algún perro cerca. Son retratos llenos de misterio. Las mujeres de sus cuadros suelen mostrarse distantes. Ausentes. Con la mirada perdida. Parecen sumidas en cierta angustia. No se sabe si tan sólo posan para la artista, o quizá observan algo. Algo que al espectador se le escapa. Algo que queda fuera del cuadro. Algo que, a Meraud, por lo que fuese, nunca le interesó desvelar o nunca le preocupó saber.
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Mujer con calcetines blancos, 1937, oleo sobre lienzo, 72 x 54 cm.
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Mujer y sabueso, 1938, óleo sobre lienzo, 63 x 91 cm.

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Mujer con perro
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Meraud Guevara, Francis Picabia, Olga, Michel Corlin, Germaine y Lorenzo.

(Mougins, Rivera Francesa, 1928)

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lunes, 1 de diciembre de 2008

Adiós a Mikel Laboa

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El músico y cantante vasco Mikel Laboa (1934-2008)
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Cuando viajo a Bilbao, a visitar el Museo Guggenheim o el Museo de Bellas Artes que hay en esta ciudad vasca -por cierto, uno de los mejores museos de Bellas Artes que conozco- suelo ver a mi amigo Iñaki Zelaia. Él fue quien hace unos cuantos años me descubrió al cantante Mikel Laboa. Desde entonces he seguido y admirado a este artista tan maravilloso como extraño, que se ha movido como pez en el agua en terrenos fronterizos. Terrenos situados entre la vanguardia y la tradición. Hoy me he enterado de que, esta pasada madrugada, ha muerto Mikel Laboa a los 74 años en un hospital de San Sebastián.
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El escultor Jorge Oteiza con Mikel Laboa

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Texto de Bernardo Atxaga aparecido en el disco Txoriek de Mikel Laboa:
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Si quisieramos hacer una jaula de palabras y meter en ella a Mikel Laboa, deberíamos pensar en los comienzos del siglo XX y decir: "Hubo una gran crisis, y los pintores, los músicos, los escritores, percibieron con más claridad que nunca la poquedad de su expresión. Los lenguajes y los modos heredados del pasado se les mostraron de pronto falsos, cuando no triviales o tontamente burgueses. Llegó entonces la Primera Guerra Mundial, una de las más crueles de la historia, llegó luego Guernica, llegó Auschwitz, llegó Hiroshima, y los pintores, los músicos, los escritores, iniciaron su lucha contra la Bestia Inmunda de la Muerte creando obras que, forzosamente, hacían frontera con el silencio. Se valieron para ello de la tradición popular, de los modos expresivos que son propios de los niños y de los locos, de las formas artísticas menospreciadas por la alta sociedad. Se trataba de sacar al lenguaje de su marasmo, de no usarlo como mero maquillaje, como retórica. Así obraron Bertolt Brecht, Tristan Tzara o Paul Celan. Así Ungaretti y John Cage, Picasso y Dubuffet, Roy Hart y Joan Brossa.
Como el Ave Fénix, los pintores, los músicos, los escritores, vuelven una y otra vez a la vida, vuelven a volar por encima de las cenizas de la realidad. Es el caso, también, de Mikel Laboa. Así es como se ha movido por el mundo, por todos los mundos. Mikel Laboa: un artista singular, solitario, hermano de la gente que también ahora, a comienzos del siglo XXI, vive en crisis.
He construído una jaula para atrapar a Mikel Laboa. Pero miro dentro, y no lo veo. Probablemente, se me ha escapado volando.
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Mikel Laboa

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Entusiasmo

Un crítico admirando un cuadro de una noche oscura. Anónimo, siglo XVIII, grabado.
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Algún que otro huesped quizá se haya hecho alguna que otra pregunta sobre el gerente de este Hotel junto a la vía. ¿A que se dedicará el Sr. Nortub? ¿De qué vivirá? Pues saben bien que este hotelucho no da de comer ni al hombre más austero. Aunque hasta ahora lo he ocultado por muy diversas razones, contaré hoy, sin rubor alguno, que me dedico al noble arte de criticar. Vamos, que soy crítico de arte. Me pagan por criticar un día sí y otro también. Trabajo para distintas publicaciones, revistas y periódicos. También realizo prólogos para catálogos. Para catálogos de muestras organizadas por muy diferentes instituciones. Estos prólogos son textos que luego firman otros. Nunca llevan mi nombre. Los firma el político de turno o el presidente de la Fundación de turno. Me alegro de que nunca lleven mi nombre. Estos textos son de una correción política intachable. Textos asépticos. Textos en los huesos. Un esqueleto de palabras, eso es lo que son. Sin arterias. Sin entrañas. Sin carne. Sin piel. Sin vida. Pero me gusta mi trabajo. Me gusta el conjunto de mi trabajo, no el hecho de escribir textos en los huesos. Me gusta porque a menudo tengo que viajar. Viajar, perder museos. Visitar el IVAM en Valencia, el Prado en Madrid o el Guggenheim en Bilbao. A penas hay museos españoles que no haya visitado debido a mi trabajo. He visitado el MARCO en Vigo, el CAB en Burgos, el ARTIUM en Vitoria, el Centro Atlántico de Arte Moderno de Gran Canaria, el CENDEAC en Murcia, el Museo de Arte Abstracto de Cuenca, el CGAC en Santiago de Compostela, el MUSAC en León... Es esta también la razón por la que he construído este hotel. Para huir de los textos en los huesos. Los textos que por aquí aparecen nada tienen que ver con esos prólogos desangelados, sin vida, en los huesos. O al menos eso pretendo, que nada tengan que ver con esos textos en los huesos, sin vida, desangelados. Conseguirlo es ya otra historia. Otra historia que, dure lo que dure, por mi parte será una historia repleta de ENTUSIASMO. Es lo único que me sobra.
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El crítico de arte, pintura de Norman Rockwell

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