Todos los Sant Jordis acostumbro a tomarme el día libre. Así puedo pasear por el centro de Barcelona, disfrutar de esos stands repletos de libros y ver como los escritores firman ejemplares a diestro y siniestro. Me interesa mucho ver a los escritores así, indefensos, pálidos, sudorosos, frente a los lectores, firma que te firma, como si les fuese la vida en ello. Suelo situarme en el extremo de algún stand. Desde allí, por el rabillo del ojo, observo al escritor de turno firmar. Me fijo durante un buen rato en sus dedos, en la cadencia de su mano al realizar su rúbrica, en la manera en que sujeta el bolígrafo o el rotulador. Después tomo nota. Sacó del bolsillo mi libretita moleskine y copio esa firma imitando el ritmo de esa mano que acabo de observar. No es fácil. Lleva su tiempo. Pero tan sólo es eso, cuestión de tiempo, como casi todo en la vida, como la vida misma. Después de 25 años de entrenamiento, me digo que no hay nadie capaz de hacer sombra a mis falsas dedicatorias.
Este Sant Jordi, como otros muchos, quedé con mi primo Sergi a las 11 de la mañana. Él es quien hace de señuelo y distrae a los escritores mientras yo les robo sus firmas. A las 11.30 nos encontrábamos ya en el Fnac Triangle de la Plaza Catalunya, donde firmaba ejemplares Agustín Fernández Mallo. Como lo de las dedicatorias se ha convertido en una cuestión de principios y considero que son mucho mejores mis falsas dedicatorias que las originales, nunca le pido a escritor alguno que me firme su libro. Así que permanecí apartado, tal y como suelo hacer, fijándome en los dedos del escritor, en la cadencia de su mano al realizar su rúbrica. Después de media hora observándole, saqué mi ejemplar de Nocilla Lab y estampé su falso autógrafo sin el menor problema. Seguimos entonces nuestro camino, recorriendo infinidad de stands y librerías, mirándolo todo como si de un parque de atracciones se tratase. A la una y media llegamos al stand de la Librería Abacus, en la Rambla Catalunya, donde firmaba ejemplares Enrique Vila-Matas. Así que, de nuevo, me planté en un extremo del stand y me fijé en los dedos del escritor, en la cadencia de su mano al realizar su rúbrica. Media hora después saqué mi ejemplar de Dublinesca y estampé su falso autógrafo sin el menor problema. Pero el problema vino después, cuando me di cuenta de que no entendía la dedicatoria que yo mismo había realizado. La hice absorto, fijándome tan sólo en la cadencia de la mano de Vila-Matas al realizar su rúbrica. Pone algo así como A Rare Dublín. ¿Un raro Dublín?, le pregunté a mi primo, no lo sé, respondió encogiéndose de hombros.
Ya por la tarde, de vuelta a casa, vimos a un peludo homínido firmando libros en un stand repleto de gente. Pensé que quizá fuese la mona Chita con sus memorias, pero no nos detuvimos. La cadencia de la mano de un chimpancé al realizar su rúbrica, no entraña para mí el menor misterio.
El volumen de la caja craneal del chimpancé es de unos 360 cm3, siendo menor que la del gorila (500 cm3), y mucho menor que la del hombre (1.400 cm3), lo que, según dicen algunos, no impide una gran inteligencia.
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