domingo, 22 de febrero de 2015

EL ABRAZO

Ángel caído mirando una nube, Odilon Redon, 1875

Nada más verme, como si no hubiesen pasado veinte años y nuestra relación de entonces no fuese tan enrevesada como una coliflor, aquel antiguo compañero de colegio se abalanzó sobre mí rodeándome con sus brazos.
Sabía que todos nos miraban, lo sabía  muy bien, todos tenían mil ojos en ese restaurante en el que nos habíamos juntado para celebrar la reunión de antiguos alumnos del Colegio Francés de Ordino.
Aquel no fue un simple abrazo. Mientras me apretaba con fuerza contra su pecho, comenzó a mecerme, de izquierda a derecha, como si fuese un niño. Sentí una vergüenza atroz. Pensé entonces que también puede abrazarse con saña. Lo pensé hasta que temí ser engullido por sus extremidades y, ejerciendo cierta presión con mi abdomen, logré por fin zafarme de su cuerpo.
El abrazo duró cosa de un minuto. Un minuto puede parecer poco tiempo, pero hay minutos interminables, que pueden hacerse eternos, que no parecen acabarse nunca y que cuando por fin se acaban uno siente tal consuelo que deja que sus hombros se desplomen y un suspiro abandone su ser acompañado de un alivio infinito.
Después nos sentamos a comer, y el menú no fue nada del otro mundo.


David y Goliath, Odilon Redon