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jueves, 5 de noviembre de 2009

LA DIETA SZYMBORSKA

he aquí mi dieta
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Llevo una semana alimentándome de poesía y chocolate. Leo un poema de Wistawa Szymborska al día y, mientras lo leo, me como una onza de chocolate. No sé si es una dieta saludable, pero es mi dieta y, de momento, me sienta bien, tan bien como el hecho de dibujar círculos en el aire durante una tarde de domingo. El chocolate que tomo, me lo han traído de Venezuela y es de la marca Mis Poemas. Es un chocolate artesanal elaborado con cacao de Barlovento, seleccionado, fermentado y secado al sol, para resaltar su aroma y su sabor. Es producido en pequeños lotes sin aditivos industriales como vainilla, lecitina, o grasas vegetales. Utilizan pura manteca de cacao para garantizar su pureza. El cacao de Barlovento está considerado como uno de los mejores cacaos del mundo. Tomar una onza de ese chocolate mientras leo un poema de Wistawa Szymborska me da suficiente energía para pasar el resto del día en ayunas, sin probar bocado alguno. Mientras escribo esto, mastico el chocolate muy lentamente y leo un poema titulado Vermeer:

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Mientras esa mujer del Rijksmuseum

con esa calma y concentración pintadas

siga vertiendo día tras día

leche de la jarra al cuenco

no merecerá el Mundo

el fin del mundo.

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La Lechera, de Jan Vermeer
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Obra de Vik Muniz, de su serie Chocolate Pictures
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Obra de Vik Muniz, de su serie Chocolate Pictures


jueves, 7 de mayo de 2009

El mensajero

Pintura de Jan Vermeer
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Permanece sentado. El traje, realizado a medida por el mejor sastre del país, le queda como un guante. Mientras permanece sentado, no deja de mirarse al espejo y de colocar de manera obsesiva el nudo de su corbata. También, de cuando en cuando, entreabre su boca y observa sus dientes mientras los aprieta con inquina. Sabe que debe hacerse un nuevo blanqueamiento dental. Entre visita y visita al dentista, el tabaco no tarda nada en amarillear levemente toda su dentadura. Esta es una de sus mayores preocupaciones. Podría decirse que esta es una de sus mayores preocupaciones desde que empezó a trabajar ante las cámaras; esto y que la calvicie avance, por su cuero cabelludo, a pasos agigantados y sin remedio alguno. Permanece sentado. Una mujer de unos veinte años se acerca y comienza a maquillarle. Como cada día, mientras se deja maquillar, observa su escote; la imagina en su cama chillando de placer. Cuando la mujer se va, vuelve a mirarse al espejo, a entreabrir su boca, a apretar sus dientes con inquina para, a continuación, coger su teléfono móvil y llamar al dentista. Pide una cita para el día siguiente. Tras confirmar su cita, se estira y bosteza. Nada le apetece menos que aparecer ante las cámaras. Sabe que el tiempo que permanezca en antena no dejará de pensar en sus dientes, en que deben permanecer velados, en que no deben ser vistos por ninguno de los millones de espectadores que siguen su espacio. Después mira la foto de sus dos hijos, situada en un marco color caoba, junto al espejo, y piensa que el próximo fin de semana les toca pasarlo con su ex-mujer. También piensa que su ex–mujer necesita un blanqueamiento dental cuanto antes, pero no va ser él quien se lo insinúe. La época de los mares de reproches hace tiempo que quedó atrás.

Por fin se levanta. Encaminando sus pasos hacia el plató, tras un telediario repleto de crisis, pandemia, corrupción y asesinatos, se planta ante el mapa del tiempo y, con una sonrisita contenida, sin apenas mostrar sus dientes, explica que para los próximos días se acerca un enorme anticiclón, repleto de sol y altas temperaturas que se repartirán, de manera uniforme, a lo largo y ancho del país.





Pintura de Jan Vermeer
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