martes, 30 de julio de 2013

MALDICIÓN DE VERANO



Maldición de verano

Hacía un calor insoportable. En cuanto el sol se ocultó, abrí todas las ventanas de par en par. Poco después preparé la cena y, mientras lo hacía, se me quitaron las ganas de cenar. Antes de acostarme me asomé a la ventana del dormitorio. Enseguida llamó mi atención un hombre tumbado en la acera, estirando su brazo bajo mi coche. Supuse que se le habría caído algo e intentaba recuperarlo. Tras medio minuto así, por fin se levantó y pude reconocerle. Era un vecino del edificio en el que vivo, un hombre de unos ochenta años con quien había tenido una acalorada discusión el día anterior. Pronto abandonó el lugar y entró en el portal. Me tumbé en la cama e imaginé al vecino octogenario colocando un artefacto explosivo bajo mi coche. Tardé en dormirme más de una hora. Por un momento pensé en vestirme y bajar a la calle. Con esa idea en la cabeza, caí en la duermevela. Por la mañana enseguida recordé al vecino tumbado en la acera, estirando su brazo bajo mi coche. Me duché y desayune con rapidez; me quemé la lengua con el café, lo dejé a medias. Una vez en la calle, me arrodillé en la acera y miré bajo el coche. Había una paloma muerta y, junto al ave, un calcetín roto. Sin poder hacer nada por evitarlo, me acordé del pintor Antoni Tápies.