martes, 6 de mayo de 2014

FERMENTO

Pintura de Benjamin König



FERMENTO (Fragmento de novela creciente)

A media tarde nos alejamos del centro sin medir las consecuencias de nuestros pasos. Cuando llegamos a las inmediaciones de la localidad surgieron las primeras dudas. Nunca antes habíamos cruzado el límite. Llegamos a temer que la demarcación fuese el final. Pero aquello sucedió hace muchos años. Hemos pasado demasiado tiempo lejos de estar cerca de algo, cerca de estar lejos de nada, inmersos en el abismo de las naderías cotidianas, retorciendo las palabras, intentando convertirlas en algo parecido a frases, en un mínimo jugo que hidrate los párrafos. Es la sed de nuestros dedos la que nos obliga a seguir tecleando. Nuestras uñas, astilladas, son iluminadas una vez más por la pantalla en mitad de la noche. El sonido de la yema de nuestros dedos, dando esos golpecitos, se nos antoja un desequilibrado reloj cósmico, con su tic-tac-tic y su tac-tic-tac y hasta su tic-tac-tac-tic-tac-tic-tic-tic sin el menor sentido. Dentro de nuestra cabeza todo funciona de otra manera. Suenan chasquidos. Se quiebra. Se astilla. Como nuestras uñas. Elástica escritura rota, nos decimos exhaustos. No nombramos. No segamos. No recolectamos. Dejamos que sean otros quienes observen el brillante horizonte que deslumbra un poco más allá, en las inmediaciones del vertedero lingüístico. Sabemos que la peste literaria se extiende al ritmo de las grandes superficies. El dulce hedor de sus palabras impregna las mentes huecas. Por mucho que intentemos abstraernos, ahí está esa frontera maloliente, tumefacta, una frontera que se inflama días tras día invadida por el alegre virus de la desfachatez reinante. Con sus hienas, coyotes, lobos sarnosos, aves de rapiña de muy variada procedencia, ratas, ratones, musarañas, libélulas podridas, hormigas carnívoras, lombrices, gusanos, escarabajos peloteros, arañas pelotudas, diminutos abejorros mutantes, moscones, avispas, asnos, hipopótamos, tristes dinosaurios de biblioteca. Cruzamos la frontera-zoológico sin mirar atrás, con los ojos cerrados, tanteando el terreno con nuestro hipotálamo. Las heridas supuran una alegría contenida. Se ríen de lo que van dejando atrás. Perforaciones que llegan al hueso. Lo astillan hasta romperlo. Mientras, nos arrastramos hacia el no lugar.



Pintura de Benjamin König