viernes, 27 de febrero de 2009

Hasta llegar a casa

Pintura de Edward Hopper
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Ayer fui al cine.

Me senté detrás de ti sin hacer el menor ruido.

Vimos la película.

Tú comías palomitas de maíz.

Yo bebía a sorbitos una fanta de naranja.

Muy de vez en cuando, me fijaba en tu nuca, en tus orejas, en tu coronilla.

Un par de veces me acerqué tanto a tu cuello que creí que ibas a descubrirme.

A descubrirme allí, detrás de ti.

Pero no fue así.

Vimos la película y no me descubriste.

No allí, no detrás de ti.

Antes de que apareciesen los créditos finales, me levante y me fui.

Salí del cine y crucé la calle con la fanta de naranja todavía en la mano.

Al otro lado esperé a que también tú abandonases el cine.

Era de noche y hacía frío.

Echaste a andar por el Paseo de Gracia abajo.

Te seguí por la acera de enfrente.

Te detuviste ante un escaparate de Zara.

Vi tu rostro reflejado en el escaparate.

También, al fondo, me vi yo reflejado.

Fue entonces cuando me di cuenta de que me habías visto.

Me descubriste reflejado en el escaparate de Zara.

Dejé caer al suelo la fanta de naranja.

Ya nada podía hacer.

Así que eché a correr y no me detuve hasta llegar a casa.

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jueves, 26 de febrero de 2009

Blanco sobre gris (o El infinito sendero del Sr. Opalka)

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Cada día, desde el año 1972, cuando da por terminada su jornada laboral, Roman Opalka se autorretrata fotografiándose.

Nacido en Francia en 1931 pero descendiente de polacos, la infancia de Opalka estuvo marcada por la Segunda Guerra Mundial. Estudió pintura, escultura y grafismo en la Escuela de Bellas Artes de Lodz, entre los años 1951 y 1956.

A partir de 1965, obsesionado por el paso del tiempo, comienza su serie Infinity paintings, el proyecto de su vida, pinturas infinitas que se basan en el principio fundamental de la progresión.

Su primer cuadro comienza con el número 1 dibujado en blanco sobre fondo gris en la parte superior izquierda de la tela, hasta que, sumando unidades en series numéricas, alcanza la cifra 35.327 en la parte inferior derecha.

Cada nuevo cuadro enlaza con la cifra en la que termino el anterior.

Todas las obras están realizadas con la misma técnica, un pincel fino y pintura blanca sobre fondo gris.

Todas las obras tienen exactamente el mismo tamaño.

Cada obra es acompañada por una grabación sonora, grabación en la que puede escucharse la voz de Opalka enumerando con parsimonia y en polaco las cifras que va dibujando sobre la tela.

En 1998, su serie Infinity paintings, en la que hoy en día continua trabajando sin el menor respiro, alcanzaba ya la cifra de cinco millones.

Así que ahora, mientras escribo todo esto, no puedo dejar de imaginar a Roman Opalka, hoy mismo, como cada día desde el año 1972, realizando un nuevo autorretrato fotográfico cuando, tras pasar el día dibujando un sin fin de números blancos sobre fondo gris, considere concluida su jornada laboral.

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miércoles, 25 de febrero de 2009

En el fondo del fondo

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Escribo una frase que no me suene mal. Sí, lo reconozco, confieso que es así como empiezo a escribir cualquier cosa que escriba. Escribo una frase que no me suene mal pero tampoco demasiado bien. Una frase sin importancia. Una frase anodina, trivial, a veces incluso pueril. Así empiezo, con una frase que abre una puerta. Procurando que las bisagras no chirríen demasiado, que esa puerta que se abre sea imperceptible. Sin corriente alguna. Sin ninguna idea. Sin tener ni la menor idea de qué narices voy a escribir. Escribo y punto. A medida que las palabras se forman, que las frases se encadenan, que los párrafos se amontonan, todo parecer cobrar cierto sentido. Por lo menos, para mí, todo parece cobrar cierto sentido. Sentido tal vez palpable en el fondo del fondo del texto, en la más absoluta oscuridad, como si el fondo del fondo del texto fuese en realidad el fondo del fondo del mar. Después está el ritmo, el fraseo, la melodía que, en el interior del texto, acompaña a cada nueva palabra que brota. Sí, eso me gusta, poner una coma aquí, otra allá, así, de manera aleatoria, hasta que surge un nuevo punto. Y otro punto. Y otro punto. Y otro punto. Y vuelta a empezar, una coma por aquí, otra por allá, una más si me apetece poner una más, otra si creo que es necesario, así hasta que surge otro punto. Y otro. Y otro. Y otro. Pero también me gustan las frases que, entrecortadas, interrumpidas, provocan cierta intermitencia en el fluir del texto. Y, así, alargando ese goteo, una y otra vez, repetir frases que, entrecortadas, interrumpidas, provocan de nuevo cierta intermitencia en el fluir del texto. Hasta que, harto ya de repetirme, de entrecortarme, de interrumpirme, llega un final en el que, para mí, todo parece cobrar cierto sentido. Eso es todo, no creo que haya mucho más en lo que escribo. Y tengo la impresión de que no escribo bien, tengo la impresión de que escribo bastante mal, pero en el fondo me gusta.


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Fotografías de www.officemuseum.com (1900-1903)



martes, 24 de febrero de 2009

jueves, 19 de febrero de 2009

De acuerdo

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- Me dice que le cuente lo que me pasaba, pero la verdad es que ni yo lo sé. Creía que podría hacerlo. Esta vez sí, me decía. Llegaré hasta el final. Lo lograré. Pero una vez más me quedaba a medias. No sabría decir por qué demonios se me atragantaban de aquella manera. Sin embargo sucedía así, tal y como se lo cuento.

Humberto E. mordisqueaba los pellejitos de sus macilentas zarpas mientras me contaba su incapacidad para terminar un cuadro en la época en que, cincuenta años atrás, se dedicaba a pintar.

- Y entonces, usted ya sabe como funciona esto del arte, se pusieron de moda mis pinturas inacabadas. Y hasta las llamaron así, como si fuera una nueva corriente artística, “Las pinturas inacabadas de Humberto E.” Pero aquello fue cosa del galerista Andrés Marmott, él fue quien se empeñó en presentarlas así, sin terminar ni nada. Que a mí, cada vez que pensaba que las iba a exponer de aquella manera, me entraba una congoja de tres pares de cojones y ni comía, ni dormía, ni hacía el amor con la parienta, y sólo pensaba en cuando leches llegaría a terminar uno de los muchos cuadros que tenía empezados en mi estudio, que además se amontonaban allí por decenas y cada vez que entraba me decía a mi mismo “animo chaval, tu puedes, valor y al toro”, y cogía el que me parecía que estaba más avanzado y, después de seis horas dale que te pego al pincel, resulta que en vez de avanzar había retrocedido y aquello me parecía recién empezado.

Miró hacia el techo y, meditabundo, se quedó así, como en trance, unos instantes. A los treinta años, Humberto E. había llegado a exponer en las mejores galerías de París, Londres o Nueva York. Sus pinturas inacabadas causaron furor durante tres o cuatro años. Después, tras morir su padre y convertirse en heredero de una magna fortuna, con una prometedora carrera artística por delante, decidió retirarse a la casa familiar de Águilas, en Murcia, donde, a sus ochenta años, vive todavía hoy apartado del mundo. En estos últimos cincuenta años, no ha vuelto a realizar ninguna exposición ni se ha tenido noticia alguna sobre su actividad artística.

- Lo de Nueva York fue tremendo. Hasta apareció una reseña con mi foto en el New York Times. La gente allí me trataba como si yo fuese Picasso o Dalí, toda una estrella. Pero yo seguía con lo mío, lo que quería era terminar un cuadro, o por lo menos, aunque sólo ocurriese con una de mis pinturas, sentir que estaba acabada, que había desaparecido esa fuerza interior que te obliga a seguir encima del lienzo un día sí y otro también. Porque un cuadro puede estar esbozado y estar más que terminado, sólo hay que ver algunos retratos de Giacometti, que a mí es un artista que siempre me ha gustado mucho, pero este no era mi caso, lo mío era otra cosa, que hasta me dio por ir a un psiquiatra para ver si aquello era algo neuronal o que demonios pasaba dentro de mi cabecita para que no pudiese terminar jamás un cuadro. Pero yo creo que todo era debido a la presión que ejercía sobre mí el galerista Andrés Marmott, que a veces se pasaba por mi estudio y me miraba pintar, y yo, si me miran, es que no puedo pintar, no puedo, y podía sentir como clavaba su mirada en mi cogote y de pronto gritaba “¡no siguas, no siguas, déjalo así, así esta bien!, ¡maravilloso!, ¡extraordinario!.” Y el muy cabrón, porque otra cosa no sé pero cabrón era un rato largo, se llevaba el cuadro así, sin terminar ni nada, cuando aún le hubiera dado yo una buena sarta de pinceladas, y en dos días lo vendía por un dineral, y a mí, que todo aquello me asqueaba, me daba la mitad. Por eso, cuando mi padre la diñó, dejé Madrid y me volví a Águilas. Que aquí se esta muy tranquilo. Y no te creas, que de lo tranquilo que se está, me costó dos años ponerme a pintar, pero cuando volví, poco a poco, empecé a terminar un cuadro y luego otro y otro…y me sentí aliviado y hasta tenía apetito y dormía a pierna suelta y la parienta contenta porque le daba unos meneos de cuidado.

El primer día que visité a Humberto E. en su casa de Águilas, estuvo a punto de echarme de allí a patadas. No era un hombre fácil. Había vivido gran parte de su vida aislado del mundo, siempre con alguien cerca que le dijese a todo que sí. Su mujer, Aurora, era una santa. Sus tres hijas, Guadalupe, Sofía y Marta, amables y entregadas hasta lo inimaginable, se merecerían que alguien les construyese una estatua a la entrada de la casa familiar. Gracias a ellas logré entrevistar a Humberto E. y convencerle de que realizase una exposición con algunas de las pinturas que había realizado durante su exilio voluntario.

- Pero a mí, si le digo la verdad, esto de volver a exponer después de tanto tiempo me da cierto respeto, que mucha gente esperará encontrarse con pinturas inacabadas y las que yo he hecho estos años están todas bien terminadas. Hasta barniz les he puesto. Y las cosas han cambiado mucho, que no es como en mis tiempos, que hoy en día hay muchos artistas y el arte ha avanzado mucho, y a veces tengo la sensación de que yo me he quedado un poco atrás, porque, aunque vivo aquí aislado, todos los días me traen la prensa y me entero de lo que pasa y leo sobre todo las páginas de cultura, que las de deporte, ya se lo he dicho al chico que trae el periódico, a mí no me interesan, que podían quedárselas y descontarme algo del precio. Pero no, dice que eso no puede ser, que el periódico se vende enterito, “de la primera a la última página” dice siempre ese mozo tan aguafiestas.

En aquella época visité a Humberto E. con cierta asiduidad. Yo mismo me encargué de fotografiar las obras que ilustrarían el catálogo de la exposición que tendría lugar en la Sala Varvonni de Madrid en mayo de 1998, escribir el texto que aparecería en las invitaciones, informar del evento a los medios de comunicación pertinentes, llevar a cabo una lista de influyentes invitados…lo deje todo bien atado para que la reaparición de Humberto E. en el caprichoso mundo de las Bellas Artes fuese un éxito inconmensurable.

- Y si le digo la verdad, a mí, lo que me gusta de pintar, es ese momento arrebatador, y muy breve, en el que doy cuatro pinceladas y, al alejarme un poco, me maravillo con lo que he hecho, y mientras un cosquilleo me sube estómago arriba, me preguntó cómo coño he hecho lo que he hecho, porque de tanto estar encima del lienzo ni sé lo que hago ni como pasan las cosas. Ese momento de euforia, que hay quien dice que es como no sé que droga, pero yo drogas no he probado, y otros dicen que es algo parecido a estar loco, y un poco loco si que estoy pero quien no lo está, pues eso, ese momento tan breve es lo que a mi me gusta de estar horas y horas pintando. Lo de exponer es un coñazo, tener que ir a Madrid y todo eso, no me apetece nada.

Los cuadros debían viajar de Águilas a Madrid cuatro días antes de la inauguración. Pero el día en que debían llegar, no aparecieron. Con el temor de que se hubiese echado a atrás en el último momento, llamé por teléfono a Humberto E. que, con voz jovial, descolgó el aparato. Antes de que me diese tiempo a decir nada sobre los cuadros, me dijo que estuviese tranquilo, que ya habían sido empaquetados y enviados pero con un día de retraso debido a un pequeño despiste. Así fue, al día siguiente aparecieron en la Sala Varvonni y dos días después se inauguró la exposición. Fue una inauguración por todo lo alto, entre los presentes estuvieron ilustres políticos y afamados críticos y artistas. Pero de Humberto E. ni rastro. Aunque había prometido asistir al acto, no se presentó. Aquella misma noche le llamé por teléfono, descolgó y, antes de que pudiese decir yo nada, me dijo que no le contase como había ido todo, que no quería saberlo, que, hasta que todo aquello acabase, no quería tener ni la menor noticia de mí. Después colgó el aparato sin que me diese pie ni a decir de acuerdo.

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miércoles, 18 de febrero de 2009

La extraña sección angélica

Ignacio Martínez de Pisón, Enrique Vila-Matas, Bernardo Atxaga, Paula, Joxemari Iturralde y Jabier Muguruza.

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"Unas semanas después, soñé que alguien a quien llamaban dottore Pasavento había desaparecido, en lo alto de la torre de Montaigne, cerca de Burdeos, sin dejar rastro, ni una sola huella. El dottore se parecía al escritor vasco Bernardo Atxaga, un buen amigo desde hacía muchos años. Pensé en lo mucho que los escritores aparecían en mi vida, en mis sueños, en mis textos. Aunque la gran mayoria de ellos suelen ser gente engreída y cicatera, hay una extraña sección minoritaria de escritores que tienen ángel y que son mucho más fascinantes que el resto de los mortales, pues son capaces de llevarte con asombrosa facilidad a otra realidad, a un mundo con un lenguaje distinto.
¿Quién dijo que la palabra escritor olía a pipa apagada, dedos manchados de tinta y pantuflas rancias? No, señor. Casi todas las escritoras y escritores de la sección con ángel son adorables seres que fuman y piensan frente a Olympias portátiles muy antiguas, seres atormentados que parecen estar viviendo en un lugar aparte. suelen estar angustiados y ser muy inteligentes y, de no estarlo o de no serlo, se las apañan para parecerlo. Recuerdo muy especialmente a un escritor de esa sección angélica que en una película que se titulaba En un lugar aparte vivía en un hotel con una gran ventana frente a un abismo y un mar en una ciudad sin nombre. Y también recuerdo que siempre desee ser algún día como el protagonista de aquella película y vivir en algún lugar que tuviera el mismo duende que aquel hotel frente al abismo. ¿Quién dijo que todos los grandes escritores decepcionaban si uno los conocía de cerca? No, señor. Los de la extraña sección angélica son encantadores y viven en lugares siempre muy abismales."

(fragmento de Doctor Pasavento, de Enrique Vila-Matas, Anagrama 2005)

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lunes, 16 de febrero de 2009

La acción transcurre

Pintura de David Huffman
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La acción transcurre en un paraje llano y desolado. Una carretera comarcal. A lo lejos, en el horizonte, un hombre que se acerca despacio. Cuando está a unos metros de mí, me saluda. Es entonces cuando le reconozco.

- Hola, Álex!

- Hola, Ernesto…pero…vaya…si creí que habías muerto!

- Pues no. Casi, pero no.

- ¿Y qué haces por aquí?

- Vengo a ayudaros con vuestro problema, Álex.

- Ya… ¿Qué problema?

- El único problema que tenéis.

- Ya… ¿Y quienes lo tenemos?

- Los que necesitáis mi ayuda.

- Ya…vaya…pues me alegro de verte y de saber que te encuentras bien.

- Yo me encuentro bien, Álex. Pero vosotros tenéis un problema.

- Sí, Ernesto, ya me lo has dicho. Pero la verdad es que no sé de qué problema me hablas.

- Claro que lo sabes, Álex. Sólo tienes que pensar un poco. Piensa. Piensa un poco.

- Ya…ya pienso, pero no se me ocurre nada.

- Piensa, Álex. Piensa un poco más.

- De verdad te lo digo, Ernesto, pienso pero no se me ocurre ningún problema en el que pensar.

- No te preocupes, yo te ayudaré de todos modos. Para eso he venido.

Tras esta última frase me despierto. El sueño ha sido tan real que, por unos segundos, todavía medio dormido, creo haber estado charlando con mi amigo Ernesto. Es una sensación muy extraña la de sentir que acabo de estar charlando con Ernesto, porque entonces recuerdo, con cierta conmoción, que mi amigo murió hace más de un año y que, aunque siempre lo olvido, este sueño se repite desde entonces con cierta frecuencia.

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Pintura de Walton Ford

La Boquería





ME HAN DESCUBIERTO.
CADA SÁBADO,
A ESO DEL MEDIODÍA,
ME GUSTA COMPRAR BOMBONES GIGANTES
EN EL MERCADO DE LA BOQUERÍA.

viernes, 13 de febrero de 2009

Me sabe mal

White weeding (2006), pintura de John Kirby
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Me sabe mal. Me sabe mal que todo me sepa tan bien. Me gusta comer, comer de todo. No hago ascos a nada. Carne, pescado, sopas, legumbres, pasta, ensaladas, verduras, potajes, todo tipo de entremeses y postres, sobre todo si tienen chocolate. Me encanta el chocolate. Me chifla. Salivo como un perro cuando veo cerca chocolate. Salivo y vuelvo a salivar. De tanto salivar, termina por formase un charco bajo mis pies cuando veo cerca chocolate. Es una adicción. Así la definió el pediatra cuando, siendo un niño, mis padres acudieron a él preocupados por lo mucho que yo salivaba y porque les llenaba el parqué de charquitos. Charquitos de baba infantil. Lo hablaron detenidamente mientras yo escuchaba tras la puerta. Me sabe mal. Me sabe mal salivar si hay alguien delante. Es complicado mantener una relación estable cuando tu pareja descubre que salivas sin ton ni son, que no puedes controlarlo si hay cerca chocolate, y es necesario que haya cerca chocolate porque soy un maldito yonki del chocolate. Me da igual del tipo que sea, chocolate negro, chocolate en polvo, chocolate blanco, chocolate con leche, chocolate con almendras o avellanas, chocolate a la taza, chocolate en cobertura, chocolate fondant. Me da exactamente igual. Necesito chocolate. Un par de dosis diarias, tal vez tres, no pido más. Y me sabe mal. Me sabe mal tener que vivir pegado a una fregona, fregando una y otra vez los charcos que se forman bajo mis pies cuando veo cerca chocolate. Charcos de baba adulta. Y lo que peor me sabe, con diferencia, es que mi hermano gemelo, ahí donde le ven, que somos como dos gotas de agua, igualitos, calcados, él un poco más pálido, siempre, el muy cabrito, que desde nuestro nacimiento ha ido por delante pues salió un segundo antes del vientre materno, como he dicho, lo que peor me sabe es que mi hermano, siempre, el muy cabrito, desde nuestra más tierna infancia, ha detestado e incluso aborrecido el chocolate mientras yo, sin control, salivaba a lo largo y ancho de toda la casa sin poder remediarlo. Y, aunque he rezado mil y una oraciones para que dejase de ocurrir, esto, lo que acabo de contar, por muy increíble que parezca, cuando hay cerca chocolate, como un títere, sin ton ni son, ocurre.


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Nightwatch (oleo sobre lienzo, 215 x 183, 1989), pintura de John Kirby
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Pinche, por favor, sobre esta pintura de John Kirby, quizá le agrade lo que pueda encontrar al otro lado.

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lunes, 9 de febrero de 2009

Paisajes de los que nada sé






1) Ayer, domingo, en la masía en la que viven mis padres, que perteneció a mis abuelos, mientras comíamos, me contaron que habían hallado, en un cajón, el día anterior, sábado, una serie de negativos fotográficos. Los habían encontrado perdidos entre las páginas de un libro de botánica. Los habían observado a trasluz. Y habían visto lo que les había parecido una serie de paisajes. Me contaron también que suponen que deben ser los negativos de fotografías realizadas por mi abuelo Alain. Mi abuelo Alain recorrió medio mundo, y siempre llevo con él su cámara fotográfica. Mi abuelo Alain nació en Meudón, pueblo cercano a París (ya he hablado por aquí sobre los insignes artistas que residieron en Meudón, dejo el ENLACE para quien no lo sepa). A los 19 años se fue a Italia, a buscarse la vida, después, por lo que me han contado, vivió también en Grecia y en diversos países de Sudamérica. Tras hacer una pequeña fortuna al otro lado del charco, regresó a París. Allí conoció a mi abuela Terese, nacida en Barcelona. Se enamoraron y Terese convenció a Alain para vivir en Cataluña, en la masía en la que hoy viven mis padres, en la masía que perteneciera a los padres de mi abuela Terese.

2) Así que me traje a casa los negativos. Los escaneé a gran resolución y después, con el programa Photoshop, invertí el blanco y negro. Aparecieron entonces varios paisajes. Algunos negativos están bastante dañados y es difícil intuir siquiera qué se muestra en la imagen. Pero en otros, en cambio, aparecieron con bastante nitidez unos paisajes de los que nada sé. Como ya he dicho, supongo que son fotografías realizadas por mi abuelo Alain, pero no sé dónde o cuándo las llevo a cabo. No sé si cuando las llevo a cabo estaba sólo o acompañado, no sé si las realizó por alguna razón en especial, si eran lugares a los que se sintió unido o simplemente las realizó porque le gustaba fotografiar paisajes. Son paisajes de los que nada sé. Es extraño. Muy extraño. Encontrarme con la mirada de mi abuelo en estos negativos. Escenas que mi abuelo observó. Que llamaron su atención. Aquí está la mirada de mi abuelo. Sus ojos observaron estos paisajes que ahora yo también observo. Les echo un vistazo. Y otro. Los miro. Con atención. Son paisajes de los que nada sé.










domingo, 8 de febrero de 2009

Una mala noche la tiene cualquiera

Pintura de Neo Rauch

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Hay noches en las que todo me resulta tan extraño que hasta el más mínimo objeto logra sorprenderme. Hay noches en las que me fijo de manera enfermiza en lo que me rodea. En esta cama en la que permanezco tumbado, el los pliegues de estas sábanas que cubren mi cuerpo, en estas teclas que aprieto sin ritmo, en la bombilla del flexo, desnuda, irradiando esta luz que molesta a mis pupilas cuando la observan con fijeza. Hay noches así. Y cada vez son más frecuentes. Cada vez, con más frecuencia, anochezco ensimismado ¿Debería preocuparme? Esto me lo pregunto siempre cuando llega una de estas noches y ya estoy en la cama, medio dormido, en la duermevela, dormido a medias, en la duermevela, en ese momento en el que, en la oscuridad, se forman pequeñas imágenes difíciles de retener, imágenes que se me escapan sin remedio. Rostros. Paisajes. Objetos aglomerados. Pequeñas imágenes difíciles de retener, imágenes que se me escapan sin remedio. Emergen para zambullirse poco después en la negrura. Las veo llegar y cuando creo que han de concretarse, que han de fijarse por fin en la penumbra, vuelven a desvanecerse. Así una y otra vez. Sin ritmo. Llegan cuando les place. En la oscuridad. En mitad de la noche. Les place a menudo cuando estoy medio dormido, en la duermevela. Me siento caer. Profundo. Un instante. Súbito. Imprevisto. Me despierto entonces. Para regresar enseguida a la duermevela, dormido a medias. Dando vueltas como una lagartija domesticada. Como un lagarto verde esmeralda que dormita en su guarida. Mi piel cubierta de escamas. Que sueñan conmigo. Quieren transformarme. Y me doy media vuelta porque este lado de la almohada se ha calentado. Y lo prefiero algo más fresco. Y no dejo de pensar en ti. Y escucho latir mi corazón. Como un tambor averiado. Destensado. Flojo. Que suena a ritmo de free-jazz. Libre. Jazz. Libre. Jazz. Libre. Jazz. Entonces sé que no soy libre, ni soy jazz, ni me podré dormir hasta que tú, que ahora lees estas líneas, me dejes en paz.

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viernes, 6 de febrero de 2009

Gerard Richter

Gerard Richter (Dresde, Alemania, 1932) fotografiado por Lothar Wolleh en 1970
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NOTAS del diario de Gerard Richter:

18 de noviembre de 1992.
No podemos hacer frente a las cifras crecientes de personas sin empleo, sin techo, muriéndose de hambre o epidemias, perseguidas y víctimas de abusos. Lo que conseguimos, con frecuencia con un compromiso desesperado, es realizar un gesto mínimo, paliativo. Tendríamos que agrupar a todo el mundo en un enorme campo, cuyo funcionamiento no sería mucho más humano que el de Auschwitz. Así que dejamos que la Naturaleza siga su curso. Todavía no hemos sido capaces de hacer ninguna otra cosa.
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11 de diciembre de 1992.
Visto desde un punto de vista racional, lo que vivimos y, por lo tanto, lo que llamamos la Vida, no tiene sentido, ni utilidad, es vana, innecesaria, un absurdo. Nuestra razón la persigue, proporcionándonos constantemente interpretaciones y justificaciones que, por supuesto, no son más que intentos de manipular y mantener a raya la verdad.
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30 de diciembre de 1992.
Lo importante es el mundo de la mente y del arte en el que crecemos. Durante décadas, sigue siendo nuestra casa y nuestro mundo. Conocemos los nombres de aquellos artistas, músicos, poetas, filósofos y científicos; conocemos su obra y sus vidas. Para nosotros, son la historia de la humanidad, y no los políticos y las leyes; los demás son simples nombres para nosotros y las asociaciones a las que dan lugar, si es que las hay, son terroríficas, ya que los gobernantes sólo dejan huella si cometen atrocidades.
No hay contraste mayor que el que existe entre Kafka y el Kaiser Guillermo II.
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4 PINTURAS DE GERARD RICHTER:

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jueves, 5 de febrero de 2009

El tamaño de una bolsa (I)


Obra del pintor italiano Giorgio Morandi
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Extracto de un texto titulado Giorgio Morandi, del libro El tamaño de una bolsa (Taurus, 2004), de John Berger:
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Fue un solitario que pasó toda su vida rodeado de gente. Fue un hombre que, estando profundamente inserto en la vida cotidiana de sus ciudad y de sus vecinos, buscó, sin embargo, la pureza de su soledad y la desarrolló. Es éste un fenómeno especialmente italiano. Es lo que puede suceder detrás de las persianas, detrás de los postigos. No es la soledad del bosque o de la cueva, sino la del sol reflejándose en un muro perfecto.
Se quedó soltero, y su soltería adoptó también una forma específicamente italiana. Esta forma no tiene nada que ver ni con el celibato ni con una opción sexual determinada. Se trata más bien de una probabilidad establecida por las estadísticas; como si cada ciudad (Bolonia, en este caso) necesitara cierta proporción de solterones y solteronas. Específicamente italiana es la manera de aceptar esta probabilidad, como si fuera la chocolatina envuelta en papel de plata que sirve con un café fuerte y amargo.

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Mario Marini, Giorgio Morandi y Ludovico Ragghianti (Venecia, 1948)


miércoles, 4 de febrero de 2009

Comienzo de un libro que nadie ha leído

Gas, pintura de Edward Hopper (1940)
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PRIMER PINAR (Alfredo, guarda forestal, 38 años)

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Nunca me han gustado los tupidos pinares que, desperdigados, como si hubiesen sido esparcidos con torpeza desde el cielo, salpican el páramo. Recuerdo todavía con nitidez el día en que me perdí en uno de estos pinares. Ocurrió hace ya muchos años. Mi abuelo solía requerirme para que le acompañase a coger setas, sobre todo rovellones. Aquella mañana había una niebla muy densa, casi viscosa, casi palpable. Nunca he vuelto a ver una niebla tan densa como la de aquella mañana de octubre. Pero ahora, mucho tiempo después, cuando me encuentro de nuevo ante uno de estos tupidos pinares que tanto miedo me daban, luce un sol aplastante y el cielo se muestra de una pulcritud tan azulada que hace daño a la vista.

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(Comienzo de Tras el pinar un grito, libro compuesto por relatos entrelazados en los que distintos personajes escuchan un mismo grito)

lunes, 2 de febrero de 2009

Quizá un libro que nadie ha leído





Me da rabia, cierta rabia, no demasiada pero un poquito sí, haber publicado un libro titulado Tras el pinar un grito y que, ha excepción de amigos y familiares, nadie lo haya leído. Me da rabia sobre todo porque, en los últimos tres meses, han sido varias las personas que se han puesto en contacto conmigo para conseguir este libro. Resulta que fue publicado por una editorial muy pequeña, ínfima diría yo, y se realizó una primera tirada de cien ejemplares. Se suponía, o eso ponía en el contrato, que a continuación, si esos cien ejemplares se vendían, realizarían una tirada algo mayor. Pero los cien ejemplares se vendieron, entre amigos y familiares, y a los dos días la editorial quebró. Se fue a pique. Cerró sus puertas, a cal y canto. Así que ahora sólo tengo un ejemplar de Tras el pinar un grito y, aunque me gustaría que las personas que se han puesto en contacto conmigo lo pudiesen leer (pues estoy contento con el resultado), no quiero deshacerme del único ejemplar que poseo. He pensado incluso que podría enviar ese único ejemplar de Tras el pinar un grito por correo y confiar en que, una vez leído, la persona interesada me lo devolviese del mismo modo. Pero sería mucho lío, demasiado para mi gusto. Así que no lo haré. Por otro lado, me gusta la idea de que sea un libro oculto. No un libro de culto. No, de culto no, tan sólo oculto. Aunque supongo que pensar esto es sólo una manera de buscar consuelo ante la rabia que siento. Antes de Tras el pinar un grito publiqué otro libro titulado El triste festín. Lo hice con la misma editorial, pequeña, ínfima. La tirada fue algo mayor, tampoco mucho mayor, pero el resultado no me convence, es un libro que no me gusta, muy desigual, demasiado, no les aconsejo que lo lean si, cosa poco probable, se lo encuentran por ahí. Los borradores de los dos libros fueron entregados a la editorial por un amigo mío, sin saber yo nada en un principio. Después sí, se pusieron en contacto conmigo y accedí a publicarlos. Lo cierto es que nunca he mandado nada a ninguna editorial o concurso literario. Quizá vaya siendo hora de hacerlo, de mandar algo a alguna editorial o concurso literario. Quizá cuando termine de escribir lo que últimamente estoy escribiendo. Quizá entonces. Quizá.