domingo, 27 de marzo de 2011

LA FUERZA DEL DESTINO

Kid Chocolate. La fuerza del destino.
(Pintura de Eduardo Arroyo)
Óleo sobre lienzo, 195 x 130 cm, 1972, Colección Fundación "La Caixa", Barcelona

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Ayer me robaron la cartera.
Hoy me subo al ring del fight-blog.
Mañana me voy a París con lo puesto.

Turnover.
I´m only sleeping.
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sábado, 26 de marzo de 2011

PRESENTACIÓN DE "DANS LA TURBULENCE" EN PARÍS


El próximo viernes 1 de abril tendrá lugar en París la presentación de mi nuevo libro, Dans la turbulence (En la turbulencia, Arachnide Editors, 2011). Será a las 19 h en la Librairie Maldoror, situada en el número 32 de la rue Varenne. Tengo ya reservada una habitación no muy lejos de la librería, en el Hotel Vaneau Saint Germain de la rue Vaneau 86. En principio estaré en París una semana, pero estoy pensando seriamente en quedarme allí durante una larga temporada. Estoy pensando en no volver a Mataró. Mataró se termina enseguida. París no se acaba nunca. O eso dicen. La cuestión es que, hace bien poco, una editorial parisina me ha ofrecido trabajo: traducir al francés unos cuantos libros de autores españoles contemporáneos; podría hacerlo desde Mataró sin el menor problema, pero un cambio de aires me sentará bien, creo que es lo que necesito en estos momentos. El lunes subiré a un tren con un billete de ida. No sé cuando regresaré a mi residencia habitual. Suena bien, suena a jazz, suena a John Coltrane. Es lo que escucho mientras escribo esto. A love supreme. Sí, creo que en París me espera un amor supremo; o, quizá, quién sabe, una ensalada suprema:

Ingredientes para 4 seres humanos:
  • 4 huevos duros cocidos en un cazo de 30 centímetros de diámetro.
  • 2 tomates medianos cortados en rodajas con un cuchillo japonés.
  • 1/2 pechuga de pollo cocida y deshilachada con mucho mimo.  
  • 1 lechuga orejona sin gusanos ni lombrices.
  • 4 rebanadas de queso amarillo como el sol.
  • 4 ramitas de berro robadas en un huerto de la costa brava.
  • 1/2 taza de aderezo de miel recién cogida del panal.
Método: Lavar la lechuga hoja por hoja. Cortar cada hoja en tres o cuatro partes. Secarlas bien. Para servirla poner en cada plato algunas porciones de lechuga, colocando encima el huevo, los gajos de tomate, el pollo en hebras, una tira de queso amarillo, decorando con el berro y rociando todo con el aderezo de miel. Bueno provecho.


miércoles, 23 de marzo de 2011

EMBOBADO

Fotografía de Mark Squires


No hace mucho, navegando por Internet, me topé con una preciosa fotografía que me conmovió al primer vistazo. En la fotografía en cuestión, aparece una mujer, a gatas, con un libro entre sus manos y su falda levantada levemente mostrando parte de su trasero. La imagen pertenece a un fotógrafo del que tan sólo sé su nombre, Mark Squires. Tras encontrarla la guardé en una carpeta de mi ordenador, esa carpeta en la que puede leerse Fotografías preciosas y que está repleta de imágenes de mujeres.
A veces entro en esa carpeta y me quedo largo rato observando sus fotografías como quien mira al horizonte sentado en la orilla de una playa casi desierta; embobado.



miércoles, 16 de marzo de 2011

EL ARTE LO CARGA EL DIABLO



He vuelto a las andadas. He vuelto a crear. Sí. Agárrense. He vuelto a colgar algunos anti-haikus en mi blog de frasecollages. Ya está aquí de nuevo el artista que hay en mi. Ha resurgido, cual ave Fénix de un cenicero cualquiera. He vuelto a sentirme poseído por la llamada del Arte, como una especie de Jekyll y Hyde de pacotilla.
Toc, toc. ¿Quién es? El Arte, soy el Arte, Álex. Vengo para azuzarte un poco y hacerte así crear unas cuantas de esas obras maestras que tan bien te salen. Eso me dijo, así me engañó. Se presentó de golpe en casa, sin avisar, por sorpresa. Y no iba solo el Arte, no. Se trajo a una amiga suya llamada Inspiración, y nos juntamos los tres (lo que algunos llaman ménage á trois). Y ala, a crear se ha dicho. Así fue. Así salieron estos nuevos anti-haikus.
En los próximos días colgaré más. Poco a poco. Tantas obras de arte de golpe podrían sentar indigestas, fatídicas, mortales. El arte lo carga el diablo. No lo olviden. Nunca.


Para ver más anti-haikus pinchar aquí:



martes, 15 de marzo de 2011

DEDICATORIAS NORTUB (3)

Imagen de la página web de Enrique Vila-Matas



El día en que quedé con Enrique Vila-Matas en un café de la Diagonal, temí que durante la conversación fuesen mencionadas mis falsas dedicatorias. La noche anterior apenas dormí pensando en ello. Cómo explicarle la razón que me llevó a hacerlas. Cómo contarle que tan sólo las hago para presumir ante mis amistades, por pura vanidad. Estas cuestiones dieron vueltas en mi cabeza hasta la hora de encontrarme con él. Acudí muy nervioso a aquel café. Nunca sabe uno como puede tomarse un escritor hecho y derecho que alguien vaya por ahí firmando sus libros e imitando su rubrica con engreimiento. Pero nada dijo Vila-Matas sobre ello. Tampoco a mi se me ocurrió mencionarlo. Al final abandoné aquel café aliviado, con un sosiego que desconocía hasta entonces. Días después, navegando por Internet, vi en la página web del escritor barcelonés mis falsas dedicatorias colgadas junto a otras muchas de sus dedicatorias auténticas. Allí estaban, al final de una de sus páginas, en formato pequeñito, saludando al mundo entero.
He de reconocer que me hizo ilusión encontrarme allí aquellas falsificaciones de mi puño y letra, acompañadas además de una frase que yo mismo escribí sobre ellas: Las falsas dedicatorias de Vila-Matas son, con gran diferencia, las que mejor me salen.


Y aquí dos enlaces a las anteriores entradas sobre mis falsas dedicatorias:




viernes, 11 de marzo de 2011

PANTALLA, PASEO Y TEXTO (como un remolino de cabello imposible de peinar)




Y es entonces cuando me pregunto qué es lo que hago delante de esta pantalla. Me pasa a veces: tras unas cuantas horas navegando por Internet me doy cuenta de que no he hecho nada de provecho ni he visto nada que haya merecido la pena. Pero sigo ahí, dando vueltas. A menudo, después de dar un sinfín de vueltas, aparezco como por  arte de magia, sin saber muy bien cómo, en el mismo lugar en el que había empezado a navegar. Incrédulo, sacudo mi cabeza y tomo aire. Entonces me acuerdo siempre de un amigo pintor que me contaba, hace ya muchos años, que había días en que se pasaba las horas dando vueltas alrededor de un lienzo, mirándolo y remirándolo, y, al caer la noche, daba tan sólo un par de pinceladas y abandonaba tan contento su estudio. Así que supongo que espero algo así, espero al final hallar algo que me haga desconectarme contento, abandonar esta pantalla sin esa sensación de tiempo perdido que a menudo me corroe las entrañas. Me gustan los días en que doy un sinfín de vueltas y los hallazgos se encadenan. Es como salir a pasear y disfrutar de lo que uno va encontrando en el camino. Sin prisa. Sin rumbo. Pasear sin conciencia de paseante. Pasear por pasear. Un paseo por las teclas. Clac. Clac. Clac. Me agrada cuando la pantalla funciona así, como un paseo. Pero no siempre es fácil conseguirlo. También están los días en que todo parece abocado a desinflarse. Los días en que todo pierde fuerza a mi alrededor. Pero eso ya nada tiene que ver con la pantalla, ni con las teclas. Eso tan sólo me atañe a mi. A nadie más. Se trata de un mal concéntrico, centrado, concentrado. Dentro. En el interior del interior de la materia gris. Descolorida. Difuminada. Desteñida. En blanco y negro. Sin el menor rastro de todo ese color que todos habéis estado esperando.
(Y siento que al final, como otras muchas veces, muy a mi pesar, mi texto termina por rebelarse y mostrarse indómito, como un remolino de cabello imposible de peinar.)

martes, 8 de marzo de 2011

EL TÍO BRAULIO SIEMPRE ESTUVO ALLÍ

Bela Lugosi en The return of Chanadu


El tío Braulio siempre estuvo allí, en el sótano de la masía, encadenado y metido en una jaula. La primera vez que oí hablar de él tendría yo unos cinco años. Era una tarde invernal, de lluvia y viento feroz, en la que el aburrimiento pudo conmigo y no se me ocurrió nada mejor que abrir la puerta del sótano. Cuando me disponía a bajar las escaleras, la mano de mi madre me agarró del cuello y, diciéndo ¿A dónde vas, jovencito? Ahí no se puede bajar, es la habitación del tío Braulio, arruinó mis planes de aventura infantil.
Braulio Nortub, hermano de mi padre, llevó una vida de lo más normal hasta que cumplió los 30 años. Para celebrarlo se fue de acampada un par de días. Por lo que me contaron mis padres hace ya muchos años, al regresar parecía otro, tenía los ojos en blanco, echaba espuma por la boca y estaba empeñado en morder a las personas que le rodeaban. A mis padres no se les ocurrió otra cosa que encadenarlo y meterlo en una jaula. Después acudieron a un centro de salud para informarse sobre los síntomas que padecía. El médico de turno les dijo que, por las indicaciones que le daban, Braulio era un muerto viviente, se había convertido en un zombi.
Hasta que cumplí los diez años no me dejaron verle. Ese fue mi regalo de cumpleaños: Álex, hoy vas a conocer al tío Braulio. Había oído hablar tanto de él que me puse muy nervioso. Mi padre dijo que él allí no bajaba y se quedó viendo un partido de fútbol en la televisión. Mi madre me agarro con fuerza de la mano mientras sujetaba una linterna con la otra. Recuerdo bajar las escaleras con un continuo temblor en mis rodillas, un fuerte olor a humedad y la temperatura descendiendo a cada nuevo escalón, la imagen sombría de un hombre en una jaula, el haz de luz de la linterna de mi madre iluminando el lugar, el tío Braulio volviéndose hacia nosotros con sus ojos en blanco y su boca espumajeando sin cesar y gruñendo y estirando sus brazos como si desease agarrarnos y despedazarnos a mordiscos sin la menor piedad. Todo aquello supuso un enorme trauma para mí. Durante años dormí fatal debido al miedo que me producía el hecho de pensar que Braulio pudiese escapar. La imagen de su rostro desencajado y sus ojos en blanco me perseguía día y noche. De madrugada me despertaba gritando y empapado en sudor debido a las terribles pesadillas. Durante el día, cuando estaba en casa, permanecía sentado bajo la mesa del salón y apenas abría la boca. Mis padres empezaron a preocuparse seriamente por mi salud mental. Al cumplir los quince, tras una discusión en la que mi padre le reprochaba a mi madre que me hubiese hecho bajar al sótano, decidieron mandarme a estudiar al extranjero. Me explicaron que sería lo mejor para mi futuro y en pocas semanas me mandaron a Londres, a un prestigioso colegio privado en el que yo, lejos de mi tío Braulio, volví a dormir a pierna suelta, cada noche, durante ocho horas seguidas. Tan sólo regresaba a la masía paterna una semana en navidad y un par de meses en verano. Poco a poco fui olvidando al tío Braulio. Mis padres no han vuelto a mencionarlo, desde entonces han hecho como si no existiese. Pero el tío Braulio siempre estuvo allí. A veces, al dirigirme al cuarto de baño y pasar junto a la puerta del sótano, me parece escuchar un gruñido, y entonces mis rodillas vuelve a temblar sin control. Con frecuencia dudo que el tío Braulio existiese alguna vez, me da por pensar que fue mi imaginación infantil quien lo creo, que tan sólo fue un mal sueño. Aunque, al mismo tiempo, sé que el tío Braulio siempre estuvo allí, y que el sótano de la masía es un lugar al que nunca volveré.