miércoles, 18 de noviembre de 2009

NUNCA FUI QUIEN DIGO SER

Pintura de
Avigdor Arikha (1929, Rumanía)
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Hace ya tiempo que sé, o intuyo, que en realidad nunca fui quien digo ser.

Hace ya tiempo que descubrí que en realidad ni siquiera sé quien soy, y tampoco me preocupa. No lo sé sobre todo cuando me miro con fijeza en el espejo y me pregunto, amedrentándome incluso, pero tú quién coño eres. Pregunta para la que nunca soy capaz de obtener una respuesta convincente, pues mi mirada, en el espejo, esa mirada escrutadora que me reta a cada pestañeo, me hace saber, o intuir, que en realidad nunca fui quien digo ser. Y cuando me doy media vuelta, cuando le doy la espalda al espejo, siempre me asalta la sensación de que mi reflejo se queda allí, sin moverse, observándome mientras desaparezco de su campo de visión. Así que, de manera vertiginosa, giro sobre mi mismo como si fuese Michael Jackson y clavo de nuevo mi mirada en el espejo, reafirmándome en el pavoroso hecho de que mi reflejo no se ha desplazado ni un solo y cochino milímetro de donde lo había dejado. Pero, aunque hace ya tiempo que sé, o intuyo, que en realidad nunca fui quien digo ser, me cuesta mucho aceptarlo. Sí, me cuesta admitir que nunca fui quien digo ser, sobre todo porque me he acostumbrado a mi nombre, a mi trabajo, a la ciudad en la que vivo y a todos aquellos detalles que han terminado por garantizar, ahora intuyo que de manera errática, que yo soy quien digo ser.

Últimamente, en el instante en que doy media vuelta, cuando el espejo queda a mi espalda, creo intuir que mi reflejo me guiña un ojo y, de vez en cuando, me saca la lengua con recochineo. Tan sólo espero que nunca salga de allí, que jamás logre abandonar esa tabla de cristal que todo lo suplanta, que mi reflejo no adivine que yo sé, o intuyo, que en realidad nunca fui quien digo ser.

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Pintura de Avigdor Arikha
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Avigdor Arikha retratado en su estudio

miércoles, 11 de noviembre de 2009

SOL, PALMERAS Y LARGAS AVENIDAS

Los Ángeles, acuarela de Moebius (1986)
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SOL, PALMERAS Y LARGAS AVENIDAS

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El coche, un Pontiac Firebird de 1982, permanece aparcado en una calle del sur de Los Ángeles. Su negra carrocería absorbe el calor producido por los rayos solares. Lleva ahí, sin moverse, una hora, el mismo tiempo que Michael, dueño del automóvil, no ha dejado de llamarle desde la otra punta de la ciudad. Porque este no es un Pontiac Firebird cualquiera, se llama Kitt y puede manejarse por si solo, sin necesidad de conductor alguno, basta con que el dueño haga una llamada con su reloj digital para que el automóvil acuda al lugar señalado. Michael no deja de apretar su reloj mientras dice Kitt, te necesito. Lo repite una y otra vez, como si de un mantra se tratase: Kitt, te necesito, Kitt, te necesito, Kitt, te necesito. Pero Kitt no responde. Por un momento Michael piensa que tal vez su reloj esté averiado, que quizá se le haya acabado la pila, pero enseguida comprueba que el resto de las funciones del aparato marchan sin el menor problema. No entiende lo que pasa. Hace diez años que tiene ese coche y siempre, hasta ese momento, el automóvil ha acudido a su llamada sin rechistar. Mientras aprieta su reloj diciendo Kitt, te necesito, piensa que últimamente las cosas no han ido demasiado bien entre los dos. Podría decirse que han tenido ciertos roces, ciertas diferencias. Las cosas ya no son lo que eran. La convivencia nunca es fácil, tampoco entre un hombre y una máquina. A Michael le gustaría que todo fuese como antes, como al principio, recuperar aquella desbordante ilusión que les había unido y de la que ya no queda ni el menor rastro.

Aunque la insistente voz de Michael no deja de pronunciar su nombre, Kitt continúa aparcado en la misma calle del sur de Los Ángeles, con su negra carrocería absorbiendo el calor producido por los rayos solares. Esto le agrada, porque este no es un Pontiac Firebird cualquiera, le gustan el sol, las palmeras, las largas avenidas hacia ninguna parte. Escucha una vez más Kitt, te necesito y se dice que no va a contestar, que ya ha aguantado bastante. Son demasiados años de fiestas y borracheras teniendo que recoger a Michael en un estado cada vez más deplorable. Al principio Kitt hacía la vista gorda cuando, tras una de sus juergas, Michael se quedaba dormido dentro de él, roncando, con su apestoso aliento resoplando sobre el volante y, a veces, dejando caer su baba sobre la radiante tapicería beige. Pero, poco a poco, todo empeoró. Michael se acostumbró a invitar a mujeres al asiento de atrás, con los consabidos fluidos impregnando la tapicería tras cada nueva conquista. Esto enrareció de manera sustancial la relación entre el coche y el hombre. Kitt presenciaba horrorizado cada nueva aventura sexual de Michael y a Michael todo aquello le parecía de lo más normal. Pero pasó el tiempo. Michael se convirtió en un borracho pelmazo, inaguantable, al que todos conocían y todos detestaban y que ya no era capaz de conquistar ni a la mujer más fea y más borracha del club más repugnante de Sunset Boulevard. Lo que en otro tiempo eran babas y fluidos sobre la tapicería, se transformó en vómitos y orines por doquier.

Bajo el tórrido sol, Kitt recuerda todo esto con angustia. Continúa aparcado en la misma calle del sur de Los Ángeles mientras escucha una vez más la voz de Michael, casi suplicando: Kitt, hip, te necesito, hip. Escucha su hipo, nota como su lengua se traba y balbucea. Kitt, hip, te nessercito, hip. Puede imaginar el hedor de su aliento. Kitt, hip, tren nesecitrrro, hip. Sabe que, si acude a su llamada, volverá a vomitarle encima, volverá a mear en su interior, volverá, una vez más, a mancillar lo más íntimo y profundo de su ser. Así que no contesta. Y en ese silencio, en ese mutismo que tanto atormenta a Michael, sabe de pronto Kitt que puede hallar la paz, la solución a todos sus problemas. Entonces arranca el motor; sale disparado quemando rueda y marcando el asfalto como quien firma su despedida. No tarda en abandonar la ciudad en dirección a México. Sabe que allí también hay sol, sabe que también hay palmeras, sabe que también hay largas avenidas hacia ninguna parte. Por saber, ahora sabe, incluso, que se merece algo mejor, que le traten como lo que es, un coche fantástico.





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Kitt y Michael en sus buenos tiempos.

(pinchando sobre la imagen, algo más)

domingo, 8 de noviembre de 2009

ADIÓS A UN FOTÓGRAFO

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Agencia EFE, Barcelona

El fotógrafo argentino Humberto Luis Rivas ha fallecido este sábado en Barcelona a los 72 años. El Ayuntamiento de la ciudad condal tenía previsto entregarle el próximo lunes la Medalla de Oro al Mérito Artístico, un nuevo reconocimiento al valor de su obra que le llegará póstumamente.

Denominado el fotógrafo del silencio, por el hecho de que en sus fotografías de retratos intentaba captar las cualidades interiores de los retratados, Humberto Rivas llegó a España en 1976 y se instaló en Barcelona, ciudad en la que mañana se celebrará una ceremonia de recuerdo.

Su trabajo ha sido reconocido a lo largo de su carrera con diversos galardones, entre ellos el Premio de las Artes Plásticas Ciudad de Barcelona en 1996 y el Premio Nacional de Fotografía en 1997. Su obra está presente en colecciones como la Fundación Cultural Televisa, en México; el Museo de Arte Contemporáneo de Mar del Plata, en Argenina; Los Angeles Country Museum of Art y el Museo de Fotografía Contemporánea de Chicago, en Estados Unidos; la Biblioteca Nacional de París y el fondo de arte de la Fundación de La Caixa, en Barcelona.

El delegado de Cultura del Consistorio barcelonés, Jordi Martí, ha expresado su pésame por el fallecimiento de Rivas, al que ha definido como un maestro por su talento y su incidencia en el imaginario artístico de diversas generaciones de fotógrafos.

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La cama de Vallmanya, 1985



La alfandeja, 1994



Retrato de Jorge Luís Borges



Humberto Rivas, fotografiado por Jordi Belver


sábado, 7 de noviembre de 2009

LO QUE VALE UN PEINE


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No sé lo que vale un peine. Solía peinarme sin pensar en ello, hasta que hace un par de días, sin apenas darme cuenta, me lo pregunté mientras atusaba mi tupé frente al espejo. Desde entonces ya no he podido sacármelo de la cabeza. Ahora necesito saberlo, necesito saber lo que vale un peine. Ni siquiera sé muy bien donde los venden. Tendré que acudir a uno de esos grandes centros comerciales que dicen tener de todo. Creo que allí podrán ayudarme. En el fondo son como ONG´s. Esos grandes centros comerciales hacen que nuestras vidas sean más fáciles, nos ayudan, con sus carritos, su megafonía, sus chicas con patines recorriendo los interminables pasillos sin descanso. Creo que allí podrán ayudarme. No es que necesite un peine, tan sólo necesito conocer su valor. No necesito un peine porque ya tengo uno. El único peine que tengo me lo regalaron hace muchos años. No es un peine grande pero tampoco puede decirse que sea un peine pequeño. Es de apariencia nacarada y con el paso del tiempo ha perdido varias púas. Podría decirse que es un peine desdentado, pero, aún así, me sigue pareciendo un peine elegante. Cuando me peino me gusta fijarme en como brilla. A veces su reflejo me ciega. Esto no me importa, me atrevería a decir que incluso me gusta. Siempre me han gustado los objetos de aspecto nacarado. Cuando era niño tenía una navaja con mango nacarado. Con ella hacía muescas en mi pupitre. Tenía también una pistola con empuñadura nacarada. Era una pistola de juguete; durante años dormí con ella bajo la almohada por miedo a que el hombre del saco apareciese en mitad de la noche y me metiese en su bolsa y me llevase a una cueva y, allí, lejos de la civilización, hiciese conmigo cosas terribles que prefiero no mencionar. Pensaba que si aparecía en mitad de la noche, podría asustarle con mi pistola. Por aquella época vi por primera vez Harry el sucio, pensaba que podría apuntarle y decirle que estaba cargada, que me alegrase el día, o la noche. El hombre del saco nunca apareció y la pistola de juguete, con el paso de los años, se esfumó sin despedirse. No sé lo que vale un peine y no sé lo que vale una pistola. Pensar en el valor de una pistola, aunque sea de juguete, no me quita el sueño, pensar en el valor de un peine sí, porque, cada mañana, frente al espejo, cuando atuso mi tupé, me asalta el desconocimiento de su valor. Es terrible. Es triste. Es terriblemente triste ser asaltado de esa manera, ser presa del desconocimiento más absoluto. El desconocimiento nunca tendrá aspecto nacarado. El desconocimiento es sombrío, oscuro, tenebroso, carece de luz, nada refleja. No sé lo que vale un peine pero sé, de buena tinta, que el desconocimiento no vale nada. El desconocimiento es gratis, lo regalan por la calle. El desconocimiento es como uno de esos bolígrafos que nos dan en las entidades bancarias, como uno de esos folletos de propaganda que dejan en nuestros buzones, como uno de esos periódicos que nos ofrecen a la salida del metro, como uno de esos caramelos que arrojan en los mítines. El desconocimiento es gratis, lo regalan por la calle. Sí, eso parece, el desconocimiento es el único y auténtico hombre del saco.


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jueves, 5 de noviembre de 2009

LA DIETA SZYMBORSKA

he aquí mi dieta
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Llevo una semana alimentándome de poesía y chocolate. Leo un poema de Wistawa Szymborska al día y, mientras lo leo, me como una onza de chocolate. No sé si es una dieta saludable, pero es mi dieta y, de momento, me sienta bien, tan bien como el hecho de dibujar círculos en el aire durante una tarde de domingo. El chocolate que tomo, me lo han traído de Venezuela y es de la marca Mis Poemas. Es un chocolate artesanal elaborado con cacao de Barlovento, seleccionado, fermentado y secado al sol, para resaltar su aroma y su sabor. Es producido en pequeños lotes sin aditivos industriales como vainilla, lecitina, o grasas vegetales. Utilizan pura manteca de cacao para garantizar su pureza. El cacao de Barlovento está considerado como uno de los mejores cacaos del mundo. Tomar una onza de ese chocolate mientras leo un poema de Wistawa Szymborska me da suficiente energía para pasar el resto del día en ayunas, sin probar bocado alguno. Mientras escribo esto, mastico el chocolate muy lentamente y leo un poema titulado Vermeer:

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Mientras esa mujer del Rijksmuseum

con esa calma y concentración pintadas

siga vertiendo día tras día

leche de la jarra al cuenco

no merecerá el Mundo

el fin del mundo.

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La Lechera, de Jan Vermeer
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Obra de Vik Muniz, de su serie Chocolate Pictures
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Obra de Vik Muniz, de su serie Chocolate Pictures


lunes, 2 de noviembre de 2009

DIBUJANDO CÍRCULOS EN EL AIRE

Detalle de una pintura de Christopher Orr (Escocia, 1967)
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Los domingos por la tarde disfruto dibujando círculos en el aire. Los dibujo despacio, con el dedo índice de mi mano derecha. Suelo hacerlo en un lugar apartado, a las afueras de la ciudad, donde nadie pueda verme. Muchos no entenderían que un hombre hecho y derecho dedique las tardes del domingo a dibujar círculos en el aire. Dibujar círculos en el aire me relaja, me sienta bien, me rejuvenece. Dibujar círculos en el aire es una de las cosas más maravillosas que conozco, comparable a realizar castillos de naipes o barquitos de papel. Cualquiera puede hacerlo, es bien fácil, sólo hay que estirar un brazo, y el dedo índice, y girarlos poco a poco, e ir esbozando así órbitas invisibles, una y otra vez, como si estuviese uno diseñando un micro-universo cualquiera. Acostumbro a dibujar círculos en el aire durante un par de horas, después suele entrarme sueño y mis párpados me pesan como si de ellos colgasen dos sacos de patatas. Entonces, cuando la somnolencia está apunto de vencerme, busco un rincón mullido en mitad del bosque y me hecho una siesta de campeonato. Siempre, sin excepción, durante la siesta, sueño que estoy al borde de un precipicio. Permanezco de pie y ataviado con un sombrero, mirando al horizonte con toda la tranquilidad del mundo. Y, al despertar, el sueño siempre me hace mucha gracia, porque yo nunca utilizo sombrero y porque allí, de pie, en el precipicio del sueño, no hago otra cosa que dibujar, una y otra vez, triángulos en el aire.

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Christopher Orr, Circle (oleo sobre lienzo, 2006)


Christopher Orr, Some time of these day (oleo sobre lienzo, 2007)



Christopher Orr, The deep range (oleo sobre lienzo, 2005)



domingo, 1 de noviembre de 2009

TEXTOHOTEL

Hopper Motel, pintura de Ángel Mateo Charris
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TEXTOHOTEL

Por favor, imagina que este texto es un Hotel.

Imagina que entras en el Hotel, que atraviesas su puerta principal al comenzar a leer estas incipientes palabras que se amontonan sin gracia. Sabes que este Hotel fue construido junto a una vía, pero aún así no escuchas el traqueteo de ningún tren. El silencio te inquieta. En la recepción estoy yo, un tipo bajito que viste de rojo y tiene una sonrisa forzada. Dejo entrever mis dientes. Son amarillentos. No te gusta mi sonrisa, pero no me lo dices, tan sólo me dices que quieres una habitación. Sin dejar de sonreírte, alcanzo una llave y te la doy. Pertenece a la habitación 111. Este número tiene un significado oculto y espero por tu bien que nunca lo descubras. Entonces me dices adiós y te diriges a tu habitación. No te cuesta nada encontrarla, sales del ascensor en la primera planta y te das de bruces con ella. Introduces la llave en la cerradura, la giras y, al hacerlo, escuchas un extraño sonido, un chirrido que te hace apretar los dientes y cerrar los ojos a un mismo tiempo. Al fin entras en la habitación 111. El agotamiento que sientes te hace desear descansar durante un buen rato. Buscas una palabra en la que acomodarte, una de las palabras mencionadas hasta ahora. Tras releer lo que va de texto, elijes la palabra Hotel. Te parece una palabra confortable, podrías reposar tu cabeza plácidamente en la letra H y estirarte hasta dejar colgando tus pies en la L. La palabra HOTEL es como una cama, con su cabecero, con su manta, con sus sábanas, con sus patas y su somier. La palabra HOTEL te parece la más adecuada para lograr un descanso pleno. Has dudado entre la palabra HOTEL y la palabra HABITACIÓN, pero la palabra HABITACIÓN te ha parecido demasiado larga, no es lo suficientemente acogedora para tu gusto, crees que podrías perderte en ella. Así que finalmente te tumbas en la palabra HOTEL y, tras pasar un par de minutos pensando en mi inquietante y amarillenta sonrisa, caes en un sueño muy profundo. Es entonces cuando yo, con gran sigilo, entro en tu habitación. Me acerco a ti, que permaneces en trance sobre la palabra HOTEL, y observo como duermes. Después abro tu maleta y la registro. Encuentro una pistola bajo tu ropa interior. La analizo y me doy cuenta de que está cargada. No esperaba esto te ti. Te hospedas en mi hotel y llevas una pistola en tu maleta, me decepciona tu comportamiento. Ahora se que eres un asesino a sueldo, contratado para acabar conmigo por algún hotel cercano al que hago la competencia. No sé muy bien que hacer contigo. No me gustaría tener que liquidarte; siento cierta simpatía por tu persona viéndote ahí, con los ojitos cerrados mietras respiras placidamente. Pero tras darle muchas vueltas me digo que no me queda otro remedio.

Cada uno debe hacer lo que tiene que hacer.

Yo tengo que acabar contigo.

Tú no tienes escapatoria.

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viernes, 30 de octubre de 2009

MÁS NUBES

Fotograma de Les jeune filles et les nuages, de Georges Schwizgebel.
Pinchar sobre la imagen para ver este estupendo cortometraje de animación que dura poco más de 4 minutos.
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ENLACE DE lA SEMANA:

Retazos de conversaciones interoceánicas, en el blog de Fernanda García Lao.

Pinchando aquí: http://fernandagarcialao.blogspot.com/2009/10/retazos-de-conversaciones.html

miércoles, 28 de octubre de 2009

LA EXACTITUD DE LAS NUBES

Luís Buñuel
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Un director de cine filma un fragmento de cielo para comenzar su primera película. Es un cielo por el que deambulan nubes altas, grandes nubes que desfilan de derecha a izquierda. Al final del día, cuando visiona las escenas grabadas, tiene la impresión de que una de las nubes de ese fragmento de cielo se parece al rostro de Luís Buñuel. Sí, vuelve a ver la escena una y otra vez y se dice que no hay duda, es igualita al rostro del director de cine aragonés. Aunque le parece obvio que esa nube es idéntica al rostro de Luís Buñuel, decide no comentárselo a nadie del equipo. No se lo dice al asistente de dirección, ni a ningún técnico de sonido, mucho menos se lo dice al productor. Se lo calla. Decide mantenerlo en secreto. Piensa que, tal vez, con el paso del tiempo, lo cuente como una anécdota en sus memorias.

Veinte años después, el mismo director de cine filma un nuevo fragmento de cielo para finalizar su última película (él no sabe que será su última película, pero lo cierto es que pronto morirá atropellado por un enorme todo-terreno al salir de una charcutería). Al visionar la escena que acaba de filmar, la última escena de su última película, ve una nube que atraviesa ese fragmento de cielo y que le recuerda al rostro de Luís Buñuel. Y, claro, esto le hace recordar que en su primera película también había una nube que se parecía, sin duda alguna, aunque nadie se hubiese dado cuenta, al rostro del director de cine aragonés. Cuando llega a casa decide ver la escena de cielo de su primera película y compararla con la escena de cielo de su última película. Lo hace y vuelve a sorprenderse. La nube de su primera película es igual a la nube de su última película. Es el rostro de Luís Buñuel, sí, pero no es simplemente el rostro de Luís Buñuel, sino que tiene además el mismo gesto, la misma pose. No es que sean parecidas o que se den cierto aire, no, son nubes exactamente iguales. Le da por pensar que es la misma nube, la misma nube que lleva veinte años dando tumbos sobre el mundo sin variar su morfología. Aunque sabe que esto es imposible, se dice que la prueba está ahí, ante sus ojos; ha visto las dos escenas una y otra vez y no tiene la menor duda sobre el parecido entre esas dos masas de vapor acuoso suspendidas en la atmósfera.

Tras la sorpresa inicial, se dice también, susurrando, con misterio, que ya va siendo hora de contárselo a alguien, aunque ese alguien sea su diario. Pero cuando se dispone a escribirlo en ese diario que algún día conformará sus memorias, le entra hambre, un hambre terrible, sobrehumana. Así que, antes de ponerse a escribir sobre la exactitud de las nubes, decide, fatalmente, mientras sus tripas rugen, bajar a la charcutería situada al otro lado de la calle.

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Fotograma de la película Simón del Desierto, de Luís Buñuel.

martes, 20 de octubre de 2009

MI GRAN MESITA DE NOCHE (V)

Para ver a mayor tamaño, pinchar sin miedo sobre la imagen.
Para ver las mesitas de noche anteriores, pinchar AQUÍ

sábado, 17 de octubre de 2009

DEUDOR DE TANTAS DUDAS

NO! Por favor! No lo hagas!!!
No pinches sobre la imagen!
No se te ocurra hacerlo!!
No! NO! No!
Si lo haces!
Si pinchas!
ya nada podré hacer por tí...!!!

jueves, 15 de octubre de 2009

TODA LA VERDAD DE PEPE CERDÁ

Gasolinera, pintura de Pepe Cerdá
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Aunque recibo gran cantidad de invitaciones para ello, no acostumbro acudir a inauguraciones. Lo cierto es que no suele apetecerme ir a las inauguraciones a las que me invitan, en cambio, no sé muy bien por qué, suelen despertar mi interés aquellas inauguraciones a las que no he sido invitado formalmente.

Hacía tiempo que no iba a Zaragoza, creo que unos cinco años. El pasado viernes 9 de octubre me decidí a volver a la capital aragonesa. Tenía la excusa perfecta: una inauguración a la que no había sido invitado y una exposición que me interesaba mucho visitar. Cogí el AVE en Barcelona a las cuatro de la tarde y, en menos de dos horas, me encontraba ya en Zaragoza, preguntándome por qué habría tardado tantos años en volver a una ciudad que siempre me ha gustado. Aunque me lo pregunté con amabilidad, no obtuve respuesta alguna. En la estación de tren cogí un taxi que me llevó al hotel. Me tumbé un rato en la habitación. Cuando cruzo por primera vez la puerta de una habitación de hotel, me gusta tumbarme en la cama, comprobar si el colchón es de mi agrado. El colchón del hotel de Zaragoza me pareció exquisito. A veces creo que concedo demasiada importancia a los colchones, pero para mí son una de las cosas más importantes de esta vida. Tras pasar media hora lozanamente tumbado, me levanté decidido a dar un paseo por el centro de la ciudad. Así fue, di un agradable paseo antes de acudir a la inauguración de una exposición a la que nadie me había invitado y a la que no creí necesario haber sido invitado para acudir a ella. Se trata de la exposición del pintor Pepe Cerdá, titulada El oficio de pintar y situada en La Lonja de la Plaza del Pilar hasta el 22 de noviembre. Había mucha gente en la inauguración. También Pepe Cerdá andaba por allí. Muchas personas saludaban al pintor, le felicitaban por su trabajo. Yo me alegré de verle en persona pero me mantuve a cierta distancia; no me pareció ni el momento ni el lugar para presentarme, preferí pasar desapercibido y disfrutar de sus pinturas, porque, al fin y al cabo, contemplar una pintura es como mantener una charla con quien realizó esa pintura. Recorrí entera la exposición. Había demasiada gente para mi gusto. Mientras una señora oronda tapaba la mitad de un cuadro y un niño correteaba a mi alrededor, me dije que me gustaría volver al día siguiente, disfrutar con más calma del trabajo de Pepe Cerdá. Así lo hice. El sábado, a media mañana, allí me encontraba de nuevo. La exposición me pareció magnífica, una gran exposición, no sólo por su tamaño sino, más que nada, por su intensa belleza. Me resultaron además muy originales los motivos de muchas de las pinturas de Pepe Cerdá: tiovivos, gasolineras, hombres conduciendo sus tractores, como retratos ecuestres contemporáneos, deudores sin duda de pintores como Velázquez o Rubens. También me deslumbraron sus inquietantes paisajes nocturnos, y me parecieron muy interesantes los expresivos retratos de personas cercanas al pintor.

No tardé nada en llegar a una conclusión: me encanta la pintura de Pepe Cerdá, parece construida a base de deslumbrantes lamparones pictóricos, parece construida por una gran maraña de manchas de la que emergen sus visiones cotidianas, parece construida por un sinfín de certeros y centelleantes borrones. Parece, o por lo menos a mí así me lo parece, construida desde la verdad. Su verdad.

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Pepe Cerdá (fotografía del Heraldo de Aragón)


pepe-cerda.blogia.com

viernes, 9 de octubre de 2009

VERTIGINOSO ANIVERSARIO

Hotel junto a la vía, de Edward Hopper
(Hotel by the Railroad, óleo sobre lienzo, 72 x 101 cm)
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Los aniversarios me dan vértigo. Este sábado se cumplirá el primer aniversario de este hotel. Sí, fue un 10 de octubre de 2008 cuando sus puertas se abrieron. Parece que fue ayer. He estado pensando últimamente que tal vez estuviese bien hacer balance de este primer año. También he pensado que es innecesario hacerlo, que un año no es tiempo suficiente para sacar conclusiones. Pero como me gustan las cosas innecesarias, al final me he convencido de que sí, de que estaría bien hacer balance de este primer año. A veces tengo ideas que me parecen muy buenas, pero el Resultado de la idea es una cosa y la Idea otra muy distinta. Para mí, el Resultado nunca está a la altura de la Idea. El Resultado no le llega a la Idea ni a la suela de los zapatos. Si imaginase una Idea con zapatos, imaginaría una enorme bombilla caminando por la calle Torrent de´n Vidalet con unos de esos enormes zapatos de payaso.

Bueno, a lo que iba. Hagamos balance: en un año este hotel ha tenido unas 24.000 visitas, lo que hace una media de 2.000 visitas al mes (aunque al principio no eran tantas y ahora son más). Cuando abrí el hotel no imaginaba, ni por asomo, que tendría tantos huéspedes. Me sorprendió desde un principio que las visitas aumentaran y aumentaran. Creí que el marcador estaba estropeado. Está muy bien lo de sorprender a los demás, pero no hay nada como sorprenderse a uno mismo. La sorpresa fue en aumento cuando los visitantes, comentaristas y otra gente que ha enlazado mi blog al suyo, resultaron ser escritores. Escritores, en muchos casos, de los que tengo sus obras. Escritores, en otros casos, de los que seguía sus blogs antes de abrir mi hotel. Escritores, también, de los que poseo un sinfín de falsas dedicatorias. Escritores, en definitiva, a los que admiro. La mayoría de estos escritores poco saben de mí. Seguramente ninguno había oído mi nombre antes de que abriese mi hotel. No conozco a ningún escritor personalmente. Quizá sea mejor así.

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Dejo una selección de enlaces en los que, para mi sorpresa,

se ha mencionado mi nombre o el nombre de mi hotel:

EN EL BLOG DE ANTÓN CASTRO:

http://antoncastro.blogia.com/2008/102101-edward-hopper-segun-alex-nortub-y-berenice-abbot.php

EN LA PÁGINA WEB DE ENRIQUE VILA-MATAS

http://www.enriquevilamatas.com/blogs.html

EN EL BLOG DE LUIS POUSA

http://blogs.lavozdegalicia.es/luispousa/2009/01/21/en-el-hotel-junto-a-la-via/

EN EL BLOG DE PABLO GALLO

http://elblogdepablogallo.blogspot.com/2009/02/luis-pousa-y-anton-castro-y-mucho-mas.html

EN EL BLOG DE MARTA NAVARRO

http://entrenomadas.wordpress.com/2008/11/02/edward-hooper-y-sus-manias/

EN EL BLOG DE MATEO DE PAZ

http://mateodepaz.blogspot.com/2009/01/lex-nortub-in-memoriam.html

EN EL BLOG DE JUAN MANUEL GIL:

http://lacasadelnadador.blogspot.com/2008/12/agudeza-visual.html

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El portal de este hotel

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Además de todo esto, me enteré ayer de que existe la posibilidad de que se reedite mi libro Tras el pinar un grito. La posibilidad es todavía remota, pero ahí está. Si sucediese, sería, más o menos, para finales del año 2010. Espero que para entonces este hotel siga abierto y con huéspedes. Como ya dije por aquí en su día, de la primera edición de Tras el pinar un grito se hizo una tirada ínfima. Tan sólo poseo un ejemplar del mismo, claro que es un ejemplar dedicado por mí y para mí. Es la única dedicatoria auténtica que poseo.

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No pinche sobre la fotografía bajo ningún concepto,
una terrible maldición podría caer sobre usted.

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Mil gracias, una vez más, por vuestras visitas y comentarios.

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La dirección del Hotel junto a la vía.

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P.D. He aquí, hace un año, la primera entrada de este hotel:

http://hoteljuntoalavia.blogspot.com/2008/10/primer-da-de-hospedaje.html

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martes, 6 de octubre de 2009

DEDICATORIAS NORTUB


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Poseo un sinfín de libros dedicados por sus autores. Me gusta mucho tener los libros dedicados. Los ojeo de vez en cuando para comprobar que las dedicatorias siguen ahí. Creo que una dedicatoria es algo muy íntimo. Me gusta imaginar que llegará el día en que mi gran colección de libros dedicados la heredarán mis hijos. Y con el tiempo mis nietos. Y así sucesivamente. Caigo en la cuenta de que para lograr esto, primero es necesario tener descendencia. Hasta ahora no estaba entre mis planes lo de tener descendencia, pero haría lo que fuese por legar mi colección de libros dedicados a mis hijos, así que me digo que pronto deberé ponerme a ello.
He de confesar que todas y cada una de las dedicatorias que poseo son falsas. Son dedicatorias que yo mismo invento, falsas dedicatorias dirigidas a mí por escritores a los que admiro. Empecé a crear estos simulacros dedicados por timidez. Acudía a la feria del libro cada año, pero me daba vergüenza acercarme a los escritores. Lo escritores me dan miedo, con sus cabezas de escritores, sus manos de escritores, sus dientes de escritores. Tiemblo al pensar en ellos. Aunque lo deseaba con toda mi alma, nunca me atreví a pedirle a escritor alguno que me firmase sus obras. Por eso empecé a realizar falsificaciones. Ahora las utilizo para impresionar a las visitas. Cada vez que invito a casa a mis amigos, les muestro algunos de mis libros dedicados. Les aviso siempre de que tienen un gran valor, de que deben tratarlos con sumo cuidado. Ellos muestran gran asombro. Los ojean sin apenas atreverse a tocar la página en la que aparece la dedicatoria, como si estuviera hecha de un finísimo cristal cortante. Admiran mi colección mientras yo me inflo de puro orgullo. Me encanta mirar a mis amigos por encima del hombro, mostrar una condescendencia que sin duda no merecen. Cuando se van, cuando me quedo solo, rememoro sus caras de estupefacción. A veces he llegado a sorprenderme riendo sin ton ni son, encogido de hombros, mientras acaricio alguno de mis libros como si fuese un gato persa. El escritor del que poseo un mayor número de ejemplares falsamente dedicados es Enrique Vila-Matas. Me gusta el dibujito de un misterioso hombre con sombrero que realiza cada vez que dedica un libro. Así que, poco a poco, tras muchas horas de entrenamiento, he ido perfeccionando ese dibujo a partir de varias dedicatorias suyas que encontré en Internet. También he perfeccionado su firma. Las falsas dedicatorias de Vila-Matas son, con gran diferencia, las que mejor me salen. Mucho mejor que las de Quim Monzó o las de Sergi Pámies. He pensado incluso que, tal vez, nunca se sabe, pudiese interesarle al Sr.Vila-Matas contratarme como negro de sus dedicatorias. Yo estaría dispuesto a firmar al día los ejemplares que hiciese falta si el sueldo así lo merece. Creo que sería un trabajo bonito. Muy bonito. Precioso. Creo que sería el trabajo perfecto para mí. Podría incluso montar una pequeña empresa dedicada a ello. Creo que funcionaría; es bien sabido que a los escritores no les gusta nada eso de tener que firmar un montón de libros y sonreír al mismo tiempo. A nadie en su sano juicio puede gustarle algo así. Mi empresa se ocuparía de este trance tan engorroso por el que los literatos han de pasar cada vez que sacan al mercado una nueva obra. Un doble firmaría los ejemplares necesarios. Yo mismo podría caracterizarme como el escritor en cuestión. Me gusta mucho disfrazarme. Sería un gran éxito, no cabe duda. Estaría presente en las ferias del libro de todo el mundo. Dedicaría libros en mil y un idiomas. Los escritores más célebres acudirían a mí. Llegaría un punto en el que tendría que decirles que no doy abasto, que no admito más clientes. Muchos escritores me suplicarían que trabajase con ellos. Llorarían a mis pies. Me haría rico con mis falsas dedicatorias. Hasta ahora no estaba entre mis planes lo de hacerme rico, pero que le vamos a hacer, así es la vida, sería un hombre rico dedicado a hacer realidad un sueño. Mis hijos –esos que tengo que ponerme a hacer un día de estos- heredarían tan productiva empresa. Y con el tiempo sería de mis nietos. Y así sucesivamente.
Sí, ya lo veo, bien grande, con luces de neón, un precioso cartel en el que puede leerse Dedicatorias Nortub.

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ALGUNAS FALSAS DEDICATORIAS DE VILA-MATAS:
















PICABIA Y LAS FALSIFICACIONES

Francis Picabia
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Escribo y pinto porque me aburro y tengo la intención de aburrir a los demás. Cuando era joven hice una copia de los cuadros que tenía mi padre. Vendí los originales y los sustituí por las copias. Nadie se dio cuenta y yo descubrí una vocación.

(Francis Picabia)

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Tres pinturas de Francis Picabia:












lunes, 5 de octubre de 2009

DUCHAMP Y LAS FALSIFICACIONES


Retrato de Marcel Duchamp

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Una falsificación es una forma de publicidad. A menos que esa falsificación sea tendenciosa. Incluso me resultaría divertido ir a ver la falsificación. Bueno, a decir verdad, tampoco me divertiría tanto. Para ver falsificaciones voy al Museo Metropolitano de Nueva York con mi amigo Robert Lebel, que me las enseña. Se tendrían que marcar las obras, poner etiquetas en las que dijese que la obra es falsa, o casi falsa o no del todo falsa... Con comentarios en los que figurase que el cuadro era un 50 por ciento falso, o un 25 por ciento o un 75 por ciento... Mostrarlo públicamente, entrar en el juego de las falsificaciones.


Yo quería cambiar mi identidad, y la primera idea que me vino fue la de tomar un nombre judío. Yo era católico y ya el hecho de cambiar de religión era un cambio. Pero no encontré un nombre judío que me gustara o que, de alguna manera, me tentara y de repente me vino una idea: ¿por qué no cambiar de sexo? Es mucho más simple. Y de ahí vino el nombre de Rrose Sélavy. Ahora suena tal vez muy bien, los nombres cambian con el tiempo, pero en aquel entonces Rose era un nombre estúpido. La doble “R” viene del cuadro de Picabia El ojo cacodilato, que está puesto en el bar “Le Boeuf sur le toit”… sobre el que Francis había pedido a sus amigos que firmaran… yo creo que escribí “Pi qu´habilla Rrose Sélavy” (Picabia lárrose cést la vie).


(Marcel Duchamp)


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Marcel Duchamp retratado como Rrose Sélavy


jueves, 1 de octubre de 2009

VEROSIMILITUD

Obra de David Hockney, realizada a base de fotografías polaroid
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Ser verosímil nunca ha sido mi meta. Aún así prefiero ser verosímil a ser inverosímil. A menudo me parece que lo que escribo basado en la realidad es menos verosímil que lo que escribo basado en la ficción. Muchas veces, quizá demasiadas, pienso en que me gustaría que la ficción se convirtiese en realidad. Podría tal vez forzar la ficción para que así fuese. Pero no es esto lo que me gustaría, me gustaría que ocurriese como por arte de magia. Sí Houdini viviese le escribiría una carta pidiéndole consejo. Hace cosa de un año le escribí una carta al mago Juan Tamariz, a día de hoy todavía no he obtenido respuesta. Supongo que estará muy ocupado. Ser un mago de las palabras me parece tan difícil como ser un mago de naipes y chistera. Hay trucos que le dejan a uno con la boca abierta. Como aquel en el que el mago pasa la chistera vacía ante las narices del espectador y al momento saca un conejo. Nunca me he propuesto que lo que escribo deba resultar verosímil. Me gustaría que así fuese, que resultase creíble, pero nunca me lo he propuesto. No está entre mis prioridades a la hora de mojar la pluma en el tintero. ¿Qué? ¿Nunca antes lo había comentado? Bueno, pues así es: utilizo pluma y tintero para escribir lo que escribo. Una vez que la tinta está seca, lo releo y lo paso al ordenador. No creo que por ello pueda decirse que soy retorcido. Aunque me lo han dicho un par de veces. Lo retorcido sería escribir a ordenador lo que escribo y después pasarlo a tinta. Eso sí, sí que sería retorcido. ¿Resulta verosímil el hecho de que escriba con pluma y tintero? No lo sé y me da igual. Es así. Así es como escribo. Punto!


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Pintura de David Hockney