No hace mucho, navegando por Internet, me topé con una preciosa fotografía que me conmovió al primer vistazo. En la fotografía en cuestión, aparece una mujer, a gatas, con un libro entre sus manos y su falda levantada levemente mostrando parte de su trasero. La imagen pertenece a un fotógrafo del que tan sólo sé su nombre, Mark Squires. Tras encontrarla la guardé en una carpeta de mi ordenador, esa carpeta en la que puede leerse Fotografías preciosas y que está repleta de imágenes de mujeres.
A veces entro en esa carpeta y me quedo largo rato observando sus fotografías como quien mira al horizonte sentado en la orilla de una playa casi desierta; embobado.
He vuelto a las andadas. He vuelto a crear. Sí. Agárrense. He vuelto a colgar algunos anti-haikus en mi blog de frasecollages. Ya está aquí de nuevo el artista que hay en mi. Ha resurgido, cual ave Fénix de un cenicero cualquiera. He vuelto a sentirme poseído por la llamada del Arte, como una especie de Jekyll y Hyde de pacotilla.
Toc, toc. ¿Quién es? El Arte, soy el Arte, Álex. Vengo para azuzarte un poco y hacerte así crear unas cuantas de esas obras maestras que tan bien te salen. Eso me dijo, así me engañó. Se presentó de golpe en casa, sin avisar, por sorpresa. Y no iba solo el Arte, no. Se trajo a una amiga suya llamada Inspiración, y nos juntamos los tres (lo que algunos llaman ménage á trois). Y ala, a crear se ha dicho. Así fue. Así salieron estos nuevos anti-haikus.
En los próximos días colgaré más. Poco a poco. Tantas obras de arte de golpe podrían sentar indigestas, fatídicas, mortales. El arte lo carga el diablo. No lo olviden. Nunca.
El día en que quedé con Enrique Vila-Matas en un café de la Diagonal, temí que durante la conversación fuesen mencionadas mis falsas dedicatorias. La noche anterior apenas dormí pensando en ello. Cómo explicarle la razón que me llevó a hacerlas. Cómo contarle que tan sólo las hago para presumir ante mis amistades, por pura vanidad. Estas cuestiones dieron vueltas en mi cabeza hasta la hora de encontrarme con él. Acudí muy nervioso a aquel café. Nunca sabe uno como puede tomarse un escritor hecho y derecho que alguien vaya por ahí firmando sus libros e imitando su rubrica con engreimiento. Pero nada dijo Vila-Matas sobre ello. Tampoco a mi se me ocurrió mencionarlo. Al final abandoné aquel café aliviado, con un sosiego que desconocía hasta entonces. Días después, navegando por Internet, vi en la página web del escritor barcelonés mis falsas dedicatorias colgadas junto a otras muchas de sus dedicatorias auténticas. Allí estaban, al final de una de sus páginas, en formato pequeñito, saludando al mundo entero.
He de reconocer que me hizo ilusión encontrarme allí aquellas falsificaciones de mi puño y letra, acompañadas además de una frase que yo mismo escribí sobre ellas: Las falsas dedicatorias de Vila-Matas son, con gran diferencia, las que mejor me salen.
Y aquí dos enlaces a las anteriores entradas sobre mis falsas dedicatorias:
Y es entonces cuando me pregunto qué es lo que hago delante de esta pantalla. Me pasa a veces: tras unas cuantas horas navegando por Internet me doy cuenta de que no he hecho nada de provecho ni he visto nada que haya merecido la pena. Pero sigo ahí, dando vueltas. A menudo, después de dar un sinfín de vueltas, aparezco como porarte de magia, sin saber muy bien cómo, en el mismo lugar en el que había empezado a navegar. Incrédulo, sacudo mi cabeza y tomo aire. Entonces me acuerdo siempre de un amigo pintor que me contaba, hace ya muchos años, que había días en que se pasaba las horas dando vueltas alrededor de un lienzo, mirándolo y remirándolo, y, al caer la noche, daba tan sólo un par de pinceladas y abandonaba tan contento su estudio. Así que supongo que espero algo así, espero al final hallar algo que me haga desconectarme contento, abandonar esta pantalla sin esa sensación de tiempo perdido que a menudo me corroe las entrañas. Me gustan los días en que doy un sinfín de vueltas y los hallazgos se encadenan. Es como salir a pasear y disfrutar de lo que uno va encontrando en el camino. Sin prisa. Sin rumbo. Pasear sin conciencia de paseante. Pasear por pasear. Un paseo por las teclas. Clac. Clac. Clac. Me agrada cuando la pantalla funciona así, como un paseo. Pero no siempre es fácil conseguirlo. También están los días en que todo parece abocado a desinflarse. Los días en que todo pierde fuerza a mi alrededor. Pero eso ya nada tiene que ver con la pantalla, ni con las teclas. Eso tan sólo me atañe a mi. A nadie más. Se trata de un mal concéntrico, centrado, concentrado. Dentro. En el interior del interior de la materia gris. Descolorida. Difuminada. Desteñida. En blanco y negro. Sin el menor rastro de todo ese color que todos habéis estado esperando.
(Y siento que al final, como otras muchas veces, muy a mi pesar, mi texto termina por rebelarse y mostrarse indómito, como un remolino de cabello imposible de peinar.)
El tío Braulio siempre estuvo allí, en el sótano de la masía, encadenado y metido en una jaula. La primera vez que oí hablar de él tendría yo unos cinco años. Era una tarde invernal, de lluvia y viento feroz, en la que el aburrimiento pudo conmigo y no se me ocurrió nada mejor que abrir la puerta del sótano. Cuando me disponía a bajar las escaleras, la mano de mi madre me agarró del cuello y, diciéndo ¿A dónde vas, jovencito? Ahí no se puede bajar, es la habitación del tío Braulio, arruinó mis planes de aventura infantil.
Braulio Nortub, hermano de mi padre, llevó una vida de lo más normal hasta que cumplió los 30 años. Para celebrarlo se fue de acampada un par de días. Por lo que me contaron mis padres hace ya muchos años, al regresar parecía otro, tenía los ojos en blanco, echaba espuma por la boca y estaba empeñado en morder a las personas que le rodeaban. A mis padres no se les ocurrió otra cosa que encadenarlo y meterlo en una jaula. Después acudieron a un centro de salud para informarse sobre los síntomas que padecía. El médico de turno les dijo que, por las indicaciones que le daban, Braulio era un muerto viviente, se había convertido en un zombi.
Hasta que cumplí los diez años no me dejaron verle. Ese fue mi regalo de cumpleaños: Álex, hoy vas a conocer al tío Braulio. Había oído hablar tanto de él que me puse muy nervioso. Mi padre dijo que él allí no bajaba y se quedó viendo un partido de fútbol en la televisión. Mi madre me agarro con fuerza de la mano mientras sujetaba una linterna con la otra. Recuerdo bajar las escaleras con un continuo temblor en mis rodillas, un fuerte olor a humedad y la temperatura descendiendo a cada nuevo escalón, la imagen sombría de un hombre en una jaula, el haz de luz de la linterna de mi madre iluminando el lugar, el tío Braulio volviéndose hacia nosotros con sus ojos en blanco y su boca espumajeando sin cesar y gruñendo y estirando sus brazos como si desease agarrarnos y despedazarnos a mordiscos sin la menor piedad. Todo aquello supuso un enorme trauma para mí. Durante años dormí fatal debido al miedo que me producía el hecho de pensar que Braulio pudiese escapar. La imagen de su rostro desencajado y sus ojos en blanco me perseguía día y noche. De madrugada me despertaba gritando y empapado en sudor debido a las terribles pesadillas. Durante el día, cuando estaba en casa, permanecía sentado bajo la mesa del salón y apenas abría la boca. Mis padres empezaron a preocuparse seriamente por mi salud mental. Al cumplir los quince, tras una discusión en la que mi padre le reprochaba a mi madre que me hubiese hecho bajar al sótano, decidieron mandarme a estudiar al extranjero. Me explicaron que sería lo mejor para mi futuro y en pocas semanas me mandaron a Londres, a un prestigioso colegio privado en el que yo, lejos de mi tío Braulio, volví a dormir a pierna suelta, cada noche, durante ocho horas seguidas. Tan sólo regresaba a la masía paterna una semana en navidad y un par de meses en verano. Poco a poco fui olvidando al tío Braulio. Mis padres no han vuelto a mencionarlo, desde entonces han hecho como si no existiese. Pero el tío Braulio siempre estuvo allí. A veces, al dirigirme al cuarto de baño y pasar junto a la puerta del sótano, me parece escuchar un gruñido, y entonces mis rodillas vuelve a temblar sin control. Con frecuencia dudo que el tío Braulio existiese alguna vez, me da por pensar que fue mi imaginación infantil quien lo creo, que tan sólo fue un mal sueño. Aunque, al mismo tiempo, sé que el tío Braulio siempre estuvo allí, y que el sótano de la masía es un lugar al que nunca volveré.
Hace un año y medio terminé de escribir un libro, una novela breve. Se titula En la turbulencia. Se trata del accidentado viaje en avión que realiza un individuo barcelonés en dirección a Sao Paulo para asistir a la boda de su hermana. Cuando terminé de escribir el libro lo envíe a diferentes editoriales españolas. No obtuve respuesta alguna. Un buen amigo mío que vive en París, me aconsejó que lo enviase a una pequeña editorial francesa llamada Arachnide. Traduje mi novela al francés y allí la mandé. Les gustó y decidieron publicarla como Dans la turbulence. A partir del 10 de febrero podrá encontrarse en algunas librerías parisinas. Me digo que París no está muy lejos. Me digo que París no se acaba nunca. Cualquiera puede viajar a París y comprar mi libro. Si no saben francés pueden apuntarse a un cursillo. Estudien. Progresen. Viajen a París. No lo duden. No está muy lejos. No se acaba nunca. Hablo de París. Hablo de mi libro. En la turbulencia. Dans la turbulence. Hablo de que no está muy lejos, de que no se acaba nunca, jamás. Bueno, mi libro sí. Mi libro se acaba. Se lee en una tarde. O en una mañana. O en una noche de insomnio y pesadillas. Mi libro puede acabarse. Mi libro no es París. Mi libro es tan sólo una turbulencia editorial más.
Mi libro empieza así:
Tras atravesar el arco de seguridad sintiendo mi caminar abigarrado, el guardia civil me observa de pies a cabeza. Parece querer desnudarme con su mirada, entorna sus ojos destilando sospechas. Poco después recupero mi cinturón y mi chaqueta y mi portátil y camino despacio hacia la librería del aeropuerto. Las portadas de todos y cada uno de los periódicos reproducen la misma noticia. Los ojeo por encima con indiferencia. Siempre doy vueltas por las librerías de los aeropuertos con la única intención de darme un baño de realidad. Salto a la piscina sabiendo que no hay agua. Y siempre salgo de allí con las manos vacías. He visitado decenas de librerías de aeropuerto y nunca he gastado ni un céntimo en ninguna de ellas. Son para mí lugares de recreo infructuoso, útiles tan sólo para hacer tiempo antes de acometer la huida.
Me desperté en el suelo, aturdido y con una jaqueca espantosa. Observé mi ropa mientras fruncía el ceño. Llevaba puesto un frac y había un sombrero de copa a mi lado. Supuse que había asistido a una fiesta. Miré a mi alrededor. No reconocí el lugar en el que me encontraba. Parecía un piso pero sabía que no era el piso en el que vivo. La habitación estaba en penumbra. Mi cabeza también. Intenté recordar. Con mi ceño fruncido. Con mis cejas arqueadas. Con mis ojos entornados. Levanté la vista. Vi algo en la pared que llamó mi atención. Era una máscara, una mascara un tanto extraña. No puede evitar pensar en Eyes Wide Shut, la última película de Kubrick. Pensé en una escena de la última película de Kubrick y mi frente se relajó, mi ceño se aflojó. Pero enseguida volví a intentar recordar y mi ceño se arrugó de nuevo. Me levanté. Observé entonces muchas otras máscaras. La pared estaba repleta de máscaras. Máscaras y más máscaras que colgaban de la pared hasta llegar al techo. Me resultó muy rara tal colección de máscaras. La observé frunciendo el ceño y sentí miedo. Enseguida miré hacia otro lado. Desde donde me encontraba podía verse el interior de una habitación, podía verse una cama. Me asomé y pregunté ¿hay alguien ahí? Lo pregunté susurrando. No obtuve respuesta. No se escuchaba ni el menor ruido. El piso parecía estar vacío. Me dirigí a la que parecía la puerta de salida. Giré la manilla. La puerta no se abrió. Insistí. Nada. Cerrada. Miré a mi alrededor buscando una llave. Vi una sobre un aparador. Decidí probarla. La introduje en la cerradura y la giré. Clic. La puerta se abrió. Antes de salir me acerqué hasta el sombrero de copa, lo recogí y me lo puse. Después bajé unas escaleras, atravesé un enorme portal y salí al exterior. Me encontré en una calle desconocida. Eché a caminar sin rumbo. Llegé a una grandísima plaza que me resultó extraña. No parecía una plaza de la ciudad en la que vivo. Me crucé con un hombre al que le pregunté dónde estaba. Miró con asombro mi sombrero y dijo algo que no entendí, me respondió en un idioma desconocido. Es entonces cuando me di cuenta de que estaba en un país extraño. Es entonces cuando observé los rótulos de los bares y restaurantes que me rodeaban y vi que estaban en un idioma desconocido para mí, el idioma de un país al que no sabía cómo había llegado. Divisé entonces un ciber-café. Fruncí el ceño y entré. Nervioso, me senté ante un ordenador. Pinché sobre el símbolo de Internet Explorer. Escribí en Google el nombre de mi blog. Enseguida me encontré en el hotel junto a la vía. Pinché en Acceder. Escribí entonces mi nombre de usuario y mi contraseña. Pinché después en nueva entrada. Escribí todo esto que acabas de leer, subí un par de imágenes y pinché en publicar entrada. Por fin me sentí en casa.
Debe usted estirar la nuca, me dijo el médico. Debe hacerlo cada día, es un ejercicio sencillo que hará que la dolencia de su cuello disminuya. Eso me dijo, con una indiferencia monumental. Hace ya tres días que estiro mi nuca y, de momento, nada, no siento mejoría alguna. Sé que tres días no son suficientes para lograr un cambio. Pero hay momentos en que el dolor de mi cuello es tan intenso, que sólo pienso en salir a la calle a comprar unos gramos de heroína, aún sabiendo que siempre he padecido una fobia brutal hacia las agujas. Sé que podría pedirle a un amigo que me la inyectase. También sé que esa no es la solución. La solución está en el estiramiento de mi nuca. Eso me dijo el médico. Estiro mi nuca mientras escribo esto. Parezco un pollo escribiente, venga a mover mi cabeza hacia delante y hacia atrás mientras tecleo sin descanso. Sé que también me vendría bien dormir más. Las cuatro horas que duermo cada día no deben ser buenas para mis problemas de cervicales. Pero tengo tantas cosas que hacer, por hacer, que me gustaría hacer, que no puedo conciliar el sueño durante más de cuatro horas. Suelo acostarme a la una de la madrugada y me levanto siempre a las cinco. Cuatro horas de sueño ininterrumpido. A veces me asusta el silencio de las cinco de la madrugada. Todo el mundo parece dormir. A veces imagino que todos han muerto y soy el único ser humano sobre la tierra, un solitario ser humano que estira su nuca sin descanso. Doy vueltas por el piso como un animal enjaulado. Lo hago de manera sigilosa. Desde hace tres días, doy vueltas por el piso mientras estiro mi nuca. Después amanece y veo que el mundo continúa girando y me siento mucho más tranquilo. No me gustaría ser el único ser humano sobre la tierra, un solitario ser humano que estira su nuca sin descanso. No. No me gustaría. Debe usted estirar la nuca, me dijo el médico. Esas fueron sus palabras exactas. Dejó caer esa frase como si nada. Como si no fuese a volver a verme en toda su vida.
Ya me ponía nervioso todo aquello cuando tenía doce años y las mañanas de domingo nos daba por reír hasta que nos quedábamos sin aliento observando por la ventana a toda aquella gente que cruzaba la avenida en dirección a la iglesia. No lo he olvidado. Así era. Así sucedía. Las lágrimas descendían por nuestras mejillas hasta que saltaban desde las barbillas al suelo estrellándose contra las viejas baldosas de estilo mozárabe. No lo he olvidado. Así era. Así sucedía. Con las mandíbulas bien estiradas recitábamos un sinfín de carcajadas que rebotaban en las paredes de aquella habitación vacía como pelotas lanzadas por el mero placer de sublimar un juego disparatado. No lo he olvidado. Así era. Así sucedía. Cuando la falta de aire nos obligaba a dejar a un lado nuestras excéntricas risotadas era cuando inhalábamos nuestro propio eco mareándonos y creyendo que desfalleceríamos en cualquier momento. No lo he olvidado. Así era. Así sucedía. Pero el esperado desmayo nunca llegó a producirse aunque un par de veces el rostro de Beatriz adquirió un tono azulado que me hizo pensar en un ahogo tan inminente como violáceo. No lo he olvidado. Así era. Así sucedía. Al acercarse la hora de comer se acrecentaban nuestros nervios debido a la idea de un inmediato alejamiento que no nos hacia la menor gracia pero al que estábamos abocados sin remedio alguno. No lo he olvidado. Así era. Así sucedía. Entonces nos entregábamos a un beso siempre fugaz pero inequívoco que nos hacía sentir una nueva alianza inmune seguida de unos pasos acelerados en dirección a la puerta. No lo he olvidado. Así era. Así sucedía.
Poco después, con el estomago lleno, llegaba la tarde, con todos sus minutos, anclados en el recuerdo, de sus labios, de sus manos, de sus piernas, de sus ojos llevándome hacia una noche de risas renovadas por la erección.
Aquí, en Mataró, no muy lejos de la calle en la que vivo, existe una librería llamada Robafaves. Es una de esas librerías acogedoras, de toda la vida; o por lo menos de toda mi vida en Mataró. Se encuentra en la calle Nou número 9 y abrió sus puertas hace más de veinte años. En ella he comprado muchos de los libros que conforman mi biblioteca. Precisamente este jueves, 13 de enero, se cumplirá diez años del día en que me vine a vivir aquí, a Mataró. Para celebrarlo acudiré a una presentación que tendrá lugar en la Librería Robafaves, se trata del libro de relatos de Óscar Esquivias titulado Pampanitos verdes y de la novela de Daniel Sánchez Pardos titulada El cuarteto de Whitechapel. Los dos libros han sido publicados por Ediciones del Viento. En la presentación, además de los autores, intervendrá la escritora Care Santos.
Aquí, en Mataró, a veces me cruzo por la calle con Care Santos. Nunca la saludo, pues no la conozco personalmente, pero sé que es una escritora con una larga trayectoria y, tras cruzarme con ella, la imagino después escribiendo no muy lejos de donde vivo, tecleando sin descanso frente a su ordenador.
Así que este jueves, a las siete de la tarde, tengo pensado acudir a la Librería Robafaves con mi ejemplar de Pampanitos verdes bajo el brazo. Le pediré a Óscar Esquivias que me lo dedique. Lo he leído recientemente y me ha encantado. Ya era fan de su anterior libro de relatos, titulado La marca de Creta y ganador del Premio Setenil 2008. Ahora, con Pampanitos verdes, ha vuelto a sorprenderme muy gratamente.
Mientras escribo esto tengo su libro cerca.
Estiro mi brazo y, abriendo el libro al azar, leo:
…preferiría estar solo y a mi aire, dedicado a la pintura, que es para lo que he venido al pueblo. Luego pienso que debo corregir este desinterés, que no es sano: seguro que soy el único hombre sobre la faz de la tierra que lleva tanto tiempo sin follar, aunque luego reparo en que durante mi matrimonio con Rosa pasaron periodos mayores sin que nos acostáramos y era algo que nos parecía natural, o al menos a mí. Con ese ánimo salgo del bar, un tanto tambaleante, y me dirijo al coche. Llego a casa tras haber estado varias veces a punto de perder el control y salirme a la cuneta. No me explico cómo ha podido subírseme tanto el alcohol a la cabeza.
El cambio de fecha es la única razón por la que no me gusta comenzar un nuevo año. Tener que escribir ahora 2011 en vez de 2010 se convierte en un suplicio. Me cuesta acostumbrarme. Me equivoco con frecuencia. Ya me ocurría cuando era niño, en el colegio, siempre que debíamos escribir la fecha antes de comenzar una redacción. Enero comenzaba y yo continuaba estampando sobre el papel el año anterior. El profesor acostumbraba a llamarme la atención por ello, Sr. Nortub ¿se puede saber en que año vive? me preguntaba con tono burlesco. Y durante unas cuantas semanas me quedaba anclado en aquel año en el que había estado inmerso durante doce meses. Me costaba tanto abandonarlo… No quería decirle adiós después de todo lo que habíamos pasado juntos. El año, el número, se convertía en un amigo, en un inestimable compañero de fatigas. Sentía el hecho de dejarlo atrás, de cambiarlo por otro, como si estuviese cometiendo una traición feroz. ¿Se puede traicionar a un año? ¿Se puede traicionar a un número? Sí, claro que se puede, lo he hecho muchas veces, demasiadas. Tan sólo recuerdo un par de años que desee dejar atrás sin el menor miramiento. Fueron 1983 y 1996. Dos años fatídicos en lo que mi vida se vio abocaba a un sinfín de desventuras que parecían no terminar nunca. Pero terminaron. Con un nuevo año. Al que siguió otro. Y otro más. Y así una traición tras otra.
Ahora continúa ocurriéndome lo mismo. Es más, hay años en los que me quedé especialmente anclado y, a día de hoy, a veces, todavía resucitan. De vez en cuando, por ejemplo, me sorprendo escribiendo 2005 cuando debería escribir ya 2011. Revivo momentos de años que desaparecieron hace mucho. Es como hacer uso de una tristísima máquina del tiempo. Es mi particular dislexia anual.
También están las primeras noches del mes de enero, en las que tengo siempre un sueño recurrente. En el sueño camino por el centro de Mataró mientras me cruzo con personas desconocidas y todas me preguntan lo mismo: Sr. Nortub ¿se puede saber en que año vive? Yo intento responder, pero, aunque mis labios se mueven sin descanso, de mi boca no sale sonido alguno. Cuando me despierto, lo primero que hago es acudir a un calendario y cerciorarme del año en el que vivo. Después me pongo la canción Time is on my side, de los Rolling Stones, y me lavo los dientes.
(Ordino, Andorra, 1970)
Libros: El triste festín (2002) Tras el pinar un grito (2007) y Dans la turbulence (2011), antología "El libro del voyeur" (Ediciones del viento, 2010).
alexnortub@gmail.com