martes, 25 de noviembre de 2008

UNO

Pintura de Gary Baseman
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Existen días en los que todo sale bien. Uno se levanta feliz, contento, con una sonrisa de oreja a oreja. Uno disfruta de un sabroso desayuno. Uno se lava los dientes y no le sangran las encías. Uno se ducha y el agua está a la temperatura adecuada, ni demasiado caliente ni demasiado fría. Uno sale a la calle y el día, haga un sol esplendido o llueva a cántaros, le parece maravilloso. Uno sube al coche y conduce con sosiego aún a pesar de los pitidos e insultos de otros conductores. Uno llega al trabajo con ganas de trabajar, y, durante el tiempo que está en la oficina, todo va como la seda. Uno se sienta ante una montaña, no, una montaña no, ante una cordillera de papeles, y lo hace con entusiasmo, un entusiasmo salido de no sé donde, un entusiasmo antiguo, tan antiguo como la Venus de Willendorf o las pinturas de Altamira. Uno, tras un día de arduo trabajo, sale de la oficina sintiéndose realizado, sube de nuevo a su coche y conduce con sosiego aún a pesar se los pitidos e insultos de otros conductores. Uno llega a casa y, al abrir el correo, recibe una carta en la que se le notifica que la declaración de la renta le da a devolver. Uno abre una botella de vino para celebrarlo y se prepara una cena especial. Uno se sienta ante el televisor y, nada más encenderlo, se encuentra con que comienza su película preferida, aquella que vio hace ya muchos años en el cine con Berta, su primera novia. Uno la ve recordando en que escenas besó a Berta. Uno la ve recordando en que escenas Berta le beso. Uno la ve aún a pesar de los anuncios que, cada cuarto de hora, interrumpen la emisión de la película. Uno la ve hasta el final. Uno la ve. Uno.

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Fragmento de una pintura de Edward Hopper
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4 comentarios:

39escalones dijo...

Fantástico relato y magnífica pintura. Me encanta Hopper; su influencia en el cine es innegable y decisiva.
Saludos.

Alex Nortub dijo...

Si, Hopper está entre los más grandes. Gracias, 39.

Elena dijo...

Alex, eres el número uno.

Alex Nortub dijo...

Recuerdo que en el colegio, al pasar lista, fui durante años el núemero quince. En el equipo de baloncesto me tocó el número 8. El portal en el que viví con mis padres era el número treinta y siete. Ahora vivo en el número 3. Pero lo del número uno, no sé, se me hace un tanto extraño. Aunque al mismo tiempo no negaré que me agrada.