viernes, 31 de octubre de 2008

Día de muertos

Tres fragmentos de dibujos de Alex Fito (México D.F., 1972)




Tras leer en el blog Apostillas Literarias, de Magda Díaz, unas líneas que hacen referencia al Día de muertos en México, me acordé de los maravillosos dibujos de Alex Fito que tratan sobre el tema. Fui entonces a la estantería donde tengo varios ejemplares de Nosotros somos los muertos, magnífica publicación de cómic e ilustración tristemente desaparecida y que dirigían Max y Pere Joan. Busqué el número en cuestión en el que aparecen los dibujos de Alex Fito (esto me llevó su tiempo, pues tengo unos cuantos números y tuve que ojearlos uno por uno hasta encontrar el que buscaba). Después, ni corto ni perzoso, ni largo ni diligente, los escaneé seleccionando de cada obra un fragmento que consideré oportuno. Una vez que las imágenes estuvieron disponibles en mi ordenador personal, me fuí raudo y veloz a la creación de entradas de este Hotel junto a la vía. Allí, escribí este texto que ahora lees. Allí, pulse en añadir imagen y los dibujos de Alex Fito se añadieron. Y allí, pinché en publicar y, como por obra y gracia de Google, esta entrada, en un brevísimo instante de tiempo dificilmente cronometrable, se publicó.






Alex Fito nació en México D.F. en 1972. En la actualidad vive en Palma de Mallorca.
Su obra ha aparecido en diversas publicaciones como Nosotros somos los muertos, El Víbora,
Rifirafe, Esquitx, Cómics Clips... colabora en el diario mallorquín Ultima hora.
Ha publicado Raspa Kids Club (Inreves, 1999) obra ganadora del Premio Autor Revelación
en el Saló Internacional del Cómic de Barcelona del año 2000,
con una segunda y tercera entrega titulada Día de muertos.

jueves, 30 de octubre de 2008

Raro donde los haya (I): Alfons Walde

"Autorretrato", 60 x 45 cm, óleo sobre cartón, 1936


"En las montañas" , 42 x 60 cm, 1935



Ahora que al invierno le da por asomar sus zarpas, qué mejor que escribir sobre un pintor que adoraba la nieve. Un pintor nacido en Kitzbuhel (El Tirol) un gélido 8 de febrero de 1891. Se llamaba Alfons Walde. Se dio a conocer en Austria por sus paisajes nevados y sus escenas de esquiadores. Antes de esto obtuvo en Viena el título de arquitecto, oficio que desempeñó durante años alternándolo con la pintura y el arte gráfico. Durante su estancia en la ciudad del Danubio, frecuentó los círculos artísticos que incluían a Gustav Klimt y a Egon Schiele (este último llegó a hacerle un retrato). En aquellos días de estudiante su pasión por la nieve le llevó a convertirse en un gran esquiador. Aunque, tras romperse una pierna en una aparatosa caída, no volvió a practicar este deporte. Pero decidió dedicar su vida a pintar escenas en las que los esquiadores y la nieve fuesen los protagonistas. En 1924 sufrió una grave crisis creativa. Fue entonces cuando conoció en Berna al escritor Robert Walser. Los encuentros entre Walde y Walser, aunque escasos, fueron muy fructíferos para el pintor austriaco. Walser animó a Walde a continuar pintando paisajes nevados y Walde agradeció siempre a Walser sus palabras de apoyo. También Walser influyó en gran medida a Walde tras hablarle se su amor por las cosas pequeñas, diminutas, casi invisibles. Hasta el punto de reducir Walde el tamaño de sus pinturas tras conversar una tarde con Walser. Mientras escribo esto imagino a Walde charlando con Walser. A Walser charlando con Walde. A Walde y a Walser. A Walser y a Walde.
Un gélido 11 de diciembre de 1958, murió Walde mientras paseaba (como Walser dos años antes) por la nieve que tanto amó.





"Aufstieg", 1931, 42 x 59 cm



"Kristiania", 26 x 22 cm, 1925

110 x 130 cm, 1924

52 x 39 cm, 1927


témpera sobre papel


"Aufstieg", 47 x 52 cm, 1930

www.alfonswalde.com


miércoles, 29 de octubre de 2008

Al aire libre




Cada semana, mi amigo el fotógrafo Nacho Lacio me envía tres imágenes.








Nacho vive en Valladolid y regenta una tienda de fotografía. Como sabe de mi debilidad por la pintura, acostumbra a enviarme fotografías de gente pintando. A menudo de gente pintando al aire libre. De hecho, me cuenta que cuando se entera de que va a celebrarse en su provincia algún certamen de pintura de este tipo, al aire libre, allí se presenta él con su cámara.






Me cuenta también que hasta el momento tiene un total de 6.318 fotografías de este tipo, de gente pintando al aire libre. También me dice que, si no me molesta, me seguirá enviando tres fotografías cada semana (he hablado al principio de Nacho como de mi amigo, pero lo cierto es que no le conozco personalmente y me da cierto miedo. Sólo sé que un día me envío tres fotografías y, desde hace cosa de un año, cada semana recibo otras tres imágenes en las que aparece gente pintando al aire libre).

No sé como decirle a Nacho, que a mí, los que en verdad me gustan son los pintores de interior. Los que se encierran entre las cuatro paredes de su estudio. Los que, aún haciendo un día espléndido en el exterior y sabiendo que la vida hierve en las calles, se recluyen en su guarida para pintar.





(El pintor Francis Bacon en su estudio)

martes, 28 de octubre de 2008

ESPACIO DE ARTISTA (II): Francis Bacon

El pintor Francis Bacon (Dublín,1909-Madrid,1992) en su estudio londinense.




Es bien sabido por los amantes de las Bellas Artes, que el pintor Francis Bacon padecía el llamado síndrome de Diógenes. Sólo hay que observar alguna fotografía de su estudio para comprobar como acumulaba multitud de objetos y desperdicios inútiles. Es bien sabido que decía sentirse ligado a todos y cada uno de sus pinceles y botes de pintura. Era incapaz de distinguir entre los que ya no servían para nada y los que albergaban todavía cierta utilidad. Sólo inmerso en aquel caos, rodeado de porquería, pintaba a gusto Francis Bacon. Cuentan que un día, su amigo y también pintor Lucian Freud, apareció por sorpresa en el estudio de Bacon acompañado de una muchacha que se dedicaba a la limpieza. Tras convencerle Freud de que así le visitarían más clientes y sus ventas aumentarían, Bacon accedió a que la muchacha adecentará su lugar de trabajo. Una vez limpio, Francis Bacon tardó una semana en volver a pintar. Tiempo que necesitó para poner patas arriba de nuevo el estudio.

Es bien sabido también, que una tarde de abril del año 1989 el escritor William Burroughs visitó el estudio del pintor. Cuentan las malas lenguas que, debido al ambiente cargado que reinaba en el lugar, Burroughs empezó a marearse y su rostro fue adquiriendo un tono mucho más pálido que de costumbre. Hasta que el propio Bacon, temeroso de que su visitante se desplomase de un momento a otro, tuvo que acompañarle hasta la calle sujetándole con fuerza por el brazo. Otros dicen que, aquella tarde de abril, Bacon invitó a Burroughs a champagne. El autor de El almuerzo al desnudo, que era aficionado a muchas sustancias pero no acostumbraba a tomar champagne, agarró, sin remedio, una cogorza de campeonato.






(Francis Bacon con William Burroughs, fotografiados por John Miniahn en 1989)




(Francis Bacon en su estudio del número 7 de Reece Mews, South Kensingtong, Londres)



lunes, 27 de octubre de 2008

Un premio literario

Retrato del escritor Óscar Esquivias (Burgos, 1972), realizado por Pablo Gallo




Hace pocos meses que leí el libro La marca de creta (Ediciones del viento, 2008), de Óscar Esquivias, y me gusto muchísimo. Así que este sábado, me alegré al enterarme de la noticia de que el escritor burgalés (que participa también en el esperado Libro de voyeur de Pablo Gallo) ha ganado el Premio Setenil 2008 al mejor libro de relatos publicado en España.

Gran parte de las historias de los libros de Óscar Esquivias se desarrollan en Burgos. Yo sólo he estado dos veces en esta ciudad castellana. La primera vez fue muy de pasada, en un viaje que hice en coche desde Barcelona a O Porto en el verano de 1999. La segunda vez, por razones de trabajo, en el año 2006. Esta segunda vez pasé una semana hospedado en el Hotel España, situado junto al Paseo del Espolón y el río Arlanzón. El trabajo me dejó bastante tiempo libre para pasear por la ciudad, visitar la catedral o algún que otro museo. Como el de Marceliano Santamaría, pintor burgalés al que menciona Esquivias en alguno de sus libros, y cuyo museo visité una mañana en la que ningún otro visitante había allí. Fue algo maravilloso, lo recorrí de cabo a rabo y no me crucé con nadie. Estaba solo en el museo y, al no tener que andar dando codazos o asomándome sobre el hombro de otras personas para ver las obras, lo disfruté tanto que lo atesoro como algo memorable.

Aunque el viaje sea por razones de trabajo, siempre acostumbro a llevar conmigo varios libros cuando salgo de casa. Durante esa semana que pasé en Burgos en el año 2006, me llevé Inquietud en el paraíso, maravillosa novela de Óscar Esquivias que, como gran parte de las historias de sus libros, se desarrolla en Burgos. Es algo que siempre me ha gustado hacer. Si viajo a una ciudad y me acuerdo de un libro que transcurre en esa ciudad a la que voy a viajar, me lo llevo aunque después no tenga tiempo ni para ojearlo. Otros se llevan una guía de viaje. Yo viajo con libros que hacen esa función, pues, a menudo, sino siempre, visito o frecuento lugares descritos en novelas o cuentos y me lo paso pipa imaginando ser uno más de sus personajes.



Antigua postal de Burgos


Pintura del burgalés Marceliano Santamaría (1866-1952)


domingo, 26 de octubre de 2008

Como ramas de robles centenarios



Esta semana he de renovar mi documento nacional de identidad. Para ello necesito entregar varias fotografías de tamaño carné. Así que ayer me dejé caer por una tienda en la que realizan este tipo de fotografías al momento. El fotógrafo era un tipo cuarentón y arrubiado. Tras contarle lo que quería, me dijo que me sentase en un taburete situado ante una enorme lona blanca. Después, con gran amabilidad, me dijo que sonriese, que no estuviese tan serio. Me dijo que sonriese mientras él me sonreía.


Sentado en el taburete, tras un par de flashes, me dio por pensar en Max Aub y su libro Crímenes Ejemplares. E imaginé entonces que me levantaba y me dirigía hacia el fotógrafo. Al principio ponía cara de ¿A dónde irá este? Pero entonces su mirada se fijaba en la cuerda que colgaba de mi mano izquierda y, con horror, comprendía que quería estrangularle. Poco después intentaba zafarse de mis manos y de la cuerda, que apretaba con saña su cuello. Por un momento estaba a punto de conseguirlo. Pero en ese instante yo le soltaba un rodillazo en la entrepierna y sus fuerzas se desinflaban como el vientre de una mujer que acabase de dar a luz. Se desinflaban hasta morir.


Lo maté por decirme que sonriese, que no estuviese tan serio. No tenía derecho a hacerme aparecer en una fotografía con una expresión que no se correspondía, para nada, con mi estado de ánimo de aquel momento. Obligándome, además, a mostrar mis dientes torcidos como ramas de robles centenarios.





(Escena de la película La soga, de Alfred Hitchcock)


viernes, 24 de octubre de 2008

Dos poemas


Dos poemas de mi primer y único "seguidor" hasta el momento, Enrique Ortiz,

de su libro Extraño Abordaje (Rialp. Adonais. Madrid. 1993)




El abrigo que te acoraza

hasta la médula

alza un país lejano de fronteras

sin tierra

donde caminas

y tejes

la distancia que impone el miedo

terrible hermano

eterna arruga hombre desgastado

que vaciaste bolsillos frente al mar

doliente

de la herida primera triste cumbre

sin nombres que te cerca la mirada

de escombros.



(Pintura de Caspar David Friedrich)


Y tú allí sustraída

balcón que tiende marzo hacia la noche

contemplando la enredadera

del mar profundo abajo

mientras respiras el secreto

de espuma y sal

primeros enviados de la ola

que lo contiene

y miras

y es tan pequeño y tan sencillo

después de todo el mar inmenso

que podría alojarse

en una sola caracola

y tu mujer y la terraza

y el cielo oscuro y marzo

que avanza

todo simple pequeño tan sencillo

como esa desgastada

rebeca que cubre tus hombros.



jueves, 23 de octubre de 2008

Un claro en el bosque

Pintura realizada por Maruyama Okyo (Japón, 1733-1795)


Hay un claro en el bosque. Corre el año 1795. Una mañana, el pintor japonés Maruyama Okyo ve a lo lejos un enorme tigre que duerme en mitad de ese claro del bosque. En el mismo instante en que se fija en el animal, sabe que debe atraparlo. A Maruyama Okyo le encanta atrapar con sus pinceles todo aquello que le emociona. Pero no se conforma con una simple copia de la realidad. Necesita ir más allá. Sentir que lo que pinta cobra vida en la tela. Y para ello debe estar lo más cerca posible, escuchar la respiración del tigre mientras lo retrata, oler su anaranjado pelaje. Así que, con esmerada lentitud, se aproxima al animal. Cuando se encuentra a unos diez metros no le parece suficiente. Avanza otros cinco y tampoco se queda contento. Por fin planta su caballete a dos metros del enorme felino y se dispone a retratarlo.

Al principio su miedo hace que construya pinceladas temblorosas. Pero poco a poco va olvidando ese miedo hasta olvidarse de si mismo. En ese estado, entre la concentración y la inexistencia, Maruyama Okyo pinta con absoluta destreza. Pasa media mañana trabajando hasta que, dando siete pasos atrás, observa conmovido la tela y cree ver en ella la mejor de sus pinturas. Es entonces cuando el tigre se despierta. Observando de reojo a Maruyama Okyo, se levanta. Tedioso, estirando sus patas delanteras, bosteza haciendo una exhibición de sus feroces colmillos. A continuación comienza a dar vueltas alrededor de Maruyama Okyo. Este, pensando en que gracias a la pintura del tigre será recordado como el gran pintor de su época, cierra sus ojos. Y así, sumido en la oscuridad de sus párpados mientras sueña con la inmortalidad de su última obra, se entrega a los brutales zarpazos de la bestia.

Horas más tarde, al anochecer, en el claro del bosque, dos cazadores de tigres encuentran la última pintura de Maruyama Okyo. La observan con indiferencia durante un brevísimo instante. La noche se presenta gélida. Sin titubeos, utilizan el cuadro y el caballete para hacer una hoguera.



miércoles, 22 de octubre de 2008

Entresijos del trabajo de un pintor

Pintura de Pepe Cerdá (Papelera de Montañana, 200 x 250 cm, oleo sobre tela)



El blog del escritor Antón Castro es como un maravilloso bazar en el que uno puede encontrar de todo. Desde exquisitos posts o suculentas noticias culturales, hasta fotografías, dibujos o pinturas que a uno le abren los ojos de par en par hasta desear no cerrarlos más.


Allí me encontré un buen día con el pintor Pepe Cerdá (he de reconocer que yo nada sabía de Pepe Cerdá hasta que me tope con él gracias a Antón Castro). Desde aquel día acostumbro a frecuentar el blog de este pintor aragonés y, de vez en cuando, su página web. Página en la que pueden contemplarse varias series de sus pinturas: Pintura de historia, En la casa de Velázquez y, descargable en formato pdf, Paisajes (de donde he robado la maravillosa pintura que acompaña a este texto, y que a mí -tal vez sea por estar metido en este hotel junto a la vía- me tiene cierto sabor a Hopper con unas gotas de Morandi). Ni que decir tiene que en el blog de Pepe Cerdá pueden leerse textos muy variados, que a veces tratan sobre el trabajo del pintor en su estudio. Son estos los textos que a mí más me gustan. No porque otros no me gusten, pues siempre me resulta interesante su punto de vista, si no porque yo nunca he tenido mano para las artes plásticas y adoro saber algo más sobre los entresijos del trabajo de un pintor.


Ayer mismo Pepe Cerdá escribía: …el cuadro vuelve a estar relamido y resobao. Y lo vuelvo a borrar y vuelta a empezar… Y así pasa una hora y otra, y otra más. Y duelen los ojos y los riñones. Y al final del día agotado y de mala leche me percato de que otro día más que no ha sevido para nada… Por eso cuando dicen que tengo “facilidad” para pintar que “a mí no me cuesta nada” no se pueden imaginar lo que me cabrea.


Estas palabras de Pepe Cerdá sobre su quehacer diario, en las que se atisba la suma de fracasos como un camino más para intentar llegar a buen puerto, son un pequeño resquicio por el que puede verse algo de los entresijos del trabajo de un pintor.

Arriba: Pepe Cerdá en plena faena. Debajo: Detalle de los utensilios del pintor.

martes, 21 de octubre de 2008

ESPACIO DE ARTISTA (I): Edward Hopper




(Edward Hopper retratado por la fotografa Berenice Abbot en 1948)



El pintor norteamericano Edward Hopper realizaba un ritual cada vez que entraba en su estudio. Se quitaba el sombrero y lo colgaba en una de las aspas de la prensa que utilizaba para hacer grabados. Hacía esto cada día. Aunque minutos más tarde se pusiese a realizar algún grabado y tuviese que dejar su sombrero en otra parte, nunca dejó de colgarlo primero sobre una de las aspas del tórculo. Según contó su mujer Josephine poco antes de morir, Hopper creía que posando allí el sombrero todo iría como la seda en el momento de plantarse ante el lienzo en blanco.


Pero su ritual no terminaba ahí. Hopper tenía una estufa en su taller. Una estufa que, además de ser utilizada para caldear la estancia en la que solía trabajar, le servía para calentar el té. Tras dejar el sombrero sobre una de las aspas del tórculo, posaba la tetera sobre la estufa. En pocos minutos el té estaba listo. Entonces, con desmesurada parsimonia, se sentaba junto al calor de la estufa y, mientras observaba el resultado de las pinceladas realizadas el día anterior, daba breves sorbitos de su tacita de porcelana.


A veces, incluso, al comprobar que el té estuviera a la temperatura adecuada para ser ingerido, soltaba alguna maldición si se quemaba la punta de la lengua.








lunes, 20 de octubre de 2008

Tras decir que sí


Gran ola de Kanagawa, grabado de Katsushika Hokusai (1760-1849)



Me gustaría decir que no fue para tanto. Decir que el pozo séptico de la masía en la que viven mis padres, este año no estaba tan sucio como otros años, que lo limpié en un periquete. Pero no voy a mentir. Y No daré más detalles. Ni a mi peor enemigo (por cierto, se llama Damián) le contaría los detalles de tan repugnante episodio. Quedó limpio y ya está. Eso sí, está noche he tenido la primera de una serie de pesadillas en las que un hedor descomunal es el protagonista.

En el sueño me encontraba en la playa, tumbado sobre la arena. Todo era maravilloso. Una ligera brisa acariciaba todo mi cuerpo. El sol calentaba mi piel con su dulce luz. Cerca, unas chicas con unos bikinis diminutos, jugaban con alegría al voleybol. De vez en cuando la pelota se les escapaba e iba a parar a mis pies. Entonces yo la cogía y se la lanzaba. Ellas me sonreían y yo volvía a tumbarme. Pero, de pronto, en el agua se oían gritos. Me levantaba de un salto y echaba a correr hacia la orilla. Unas cuantas personas nos agolpábamos allí mientras veíamos como alguien agitaba sus brazos y gritaba socorro y gritaba ya está aquí, ya viene. Era como en la película Tiburón de Steven Spilberg. Entonces yo me echaba al agua y nadaba hacia donde se encontraba la persona que gritaba socorro y gritaba ya está aquí, ya viene, y al llegar allí podía ver como una ola gigante se acercaba a gran velocidad. Una ola que iba creciendo hasta que ocupaba todo el horizonte visible. Y era una ola llena de basura y en su cresta podían verse latas, plásticos, cartones, y todo tipo de objetos habituales en cualquier vertedero. Entonces miraba a la persona que gritaba socorro y gritaba ya está aquí, ya viene, y se había transformado en Neptuno pero su cara era la de mi padre. En aquel momento me daba cuenta de que tenía que salvarle y me lo echaba al hombro y nadaba y nadaba y nadaba y nadaba y nadaba, pero cada vez sentía más y más cerca un hedor descomunal que nos perseguía.

Cuando aquel hedor se hizo insoportable hasta el punto de sentir que mis pulmones se negaban a tragar el aire putrefacto que desprendía la ola, me desperté.




La novena ola (1850), pintura del ruso Ivan Aivazovski (1817-1900)

viernes, 17 de octubre de 2008

Debí haber dicho que NO

(Detalle de una pintura de Francis Bacon)

Debí haber dicho que no. Pero no me lo pensé dos veces y dije que sí. Tal vez hubiese sido mejor mentir. Debí haber dicho que tengo una gripe espantosa, o que el lumbago ha vuelto a castigar mi espalda, incluso debí haber inventado un accidente de coche y una aparatosa fractura en cualquier parte de mi cuerpo, ya sea en el cráneo, en la clavícula, en el fémur o el peroné. Pero al decir que sí, que podré hacerlo, que no habrá el menor problema, he vuelto a caer un año más en la misma trampa. Y pronto me encontraré de nuevo en ese lugar que tan poco me gusta haciendo eso que tanto odio y pensando una y otra vez que debí haber dicho que no. Debí haber dicho que no tengo tiempo, que últimamente ando muy pero que muy liado, pero que liadísimo, que no veo el momento de llevarlo a cabo. En definitiva, que no estoy disponible ni lo estaré en los próximos meses. Debí haber dicho que ya va siendo hora de contratar a un especialista para que no tenga yo que verme envuelto en estas truculentas historias que después me producen pesadillas. Sí, pesadillas. Pesadillas que suelen durar meses. Pesadillas en las que un hedor descomunal es el protagonista.

Debí haber dicho que no, debí haber dicho que no, debí haber dicho que no. Pero dije que sí, y, muy a mi pesar, soy un hombre de palabra. Así que este domingo, un año más, el pozo séptico de la masía en la que viven mis padres quedará limpio de las heces que siempre terminan por obstruir la tubería principal.

(La Fontaine, precioso ready-made de Marcel Duchamp, 23,5 x 18 cm, altura 60 cm, Milán, Colección Arturo Schwarz)

jueves, 16 de octubre de 2008

Ciudad para turistas

(fotografía de Barcelona en otros tiempos)


No acostumbro a beber más de la cuenta. Si alguna vez, por lo que sea, (una boda, una reunión de amigos, una cena de empresa…) se me va la mano, al día siguiente lo paso francamente mal. Y ayer la mano se me fue bien lejos. Recibí una llamada de mi amigo Marc, recién llegado de París, ciudad en la que vive. Hacía unos cinco años que no veía a Marc. Yo estuve en Paris hace tres meses pero entonces él estaba en Tokio. Así que ayer por la mañana me llamó desde Barcelona y por la tarde me acerqué hasta allí. Quedamos a las siete en mitad de la Plaza Real. Siempre que nos hemos visto en Barcelona hemos quedado en mitad de la Plaza Real. Nada de quedar en un bar o restaurante, siempre en mitad de la Plaza Real. Cuando yo llegué a la Plaza Real, Marc ya estaba allí. No es difícil verle, es un tipo alto y atractivo, todo lo contrario que yo, bajito y del montón. Nos abrazamos con fuerza (yo de puntillas) y lo primero que me dijo fue: Pero dónde se ha escondido la gente de Barcelona, si aquí sólo hay turistas. Tiene razón mi amigo Marc, los turistas han ocupado la ciudad. Yo, que voy a Barcelona de pascuas en ramos, también noto una mayor acumulación de turistas cada vez que piso la ciudad. Están por todas partes. Se han convertido en una plaga de la que el Ayuntamiento debería empezar a preocuparse seriamente. No puede uno pasear tranquilo sin tropezarse con gente que continuamente se para en seco a fotografiar una farola, una tapa de alcantarilla, un adoquín, el escaparate de una charcutería. Mi amigo Marc tiene una pequeña pero exquisita galería de arte en Paris. Su galería está situada en Montmartre y algo sabe sobre turistas. Pero aún así le resulta descabellado el uso y abuso que los turistas hacen de Barcelona.

Abandonamos la Plaza Real y fuimos a tomar unos vinos. Mi amigo Marc tiene una extraña debilidad por los Ribera del Duero. Tras los vinos fuimos a cenar. Durante la cena también tomamos vino. Después de la cena fuimos a un local donde ponen los mejores mojitos de la ciudad. Tomamos unos cuantos. No acostumbro a beber más de la cuenta pero reconozco que ayer se me fue la mano. A las tres de la madrugada nos despedimos. Tal y como me encontraba no podía regresar a Mataró, así que hice lo que suelo hacer en estos casos. Llamé a un amigo pintor. Un amigo que es un noctámbulo empedernido y suele trabajar de noche. Se alegró de que estuviera en la ciudad y me dijo que, como otras muchas veces, podría dormir en su sofá-cama. Una vez allí, pude contemplar sus últimos cuadros (mi amigo trabaja en el piso en el que vive, es un duplex, arriba la vivienda y debajo el taller). Sus últimos cuadros son escenas de las Ramblas barcelonesas vacías de gente y coches. Nadie aparece en los cuadros. Sin llegar a contarle nada sobre la conversación que había tenido con mi amigo Marc, mi amigo el pintor me dijo que esta última serie de pinturas la estaba realizando como si fuese una terapia, para intentar así disminuir su fobia hacia los turistas. Según él, está muy bien que vengan extranjeros a trabajar, esta bien que vengan de juerga, no está mal que vengan a rascarse la barriga, pero que no vengan a hacer turismo, que alguien les confisque las cámaras de fotos, por Diós!




miércoles, 15 de octubre de 2008

Cama de hotel


Detalle de una pintura del portugués Manuel Amado



Hace una hora que te has hospedado en un hotel situado junto a la vía del tren. Es de noche y estás leyendo en la cama. Sabes que no hay nadie debajo. Pero por un momento imaginas que si posases uno de tus pies en el suelo, una mano pálida y huesuda saldría de debajo de la cama y agarraría con fuerza tu tobillo. Así que, aunque notas ciertas ganas de mear, intentas aguantar un rato. Hasta que no puedes más y dejas el libro sobre la mesilla de noche y das un brinco y corres hasta el baño y meas y vuelves a meterte en la cama procurando no acercar tus pies a donde tú ya sabes bien.


Te pones a leer otra vez con tu cuerpo bajo las sábanas. Pero pierdes el hilo con facilidad imaginando que alguien está debajo de la cama. Te dices que quizá lo mejor fuese echar una ojeada para tranquilizarte de una vez por todas. Y a continuación te dices que vaya una tontería, que nadie puede haber allí debajo, que no piensas agacharte para mirar, que tienes ya una edad para andar con esas chiquilladas. Pero te lo dices porque tienes miedo a echar una ojeada y llevarte una sorpresa.


Después de un cuarto de hora intentando leer sin conseguir pasar página, tus párpados empiezan a cerrarse, te pesan una barbaridad. Finalmente te duermes con el libro sobre el pecho. Entonces sueñas que debajo de la cama estoy yo, con los ojos muy abiertos y escribiendo esto que ahora lees, en una libretita de hojas cuadriculadas con un lápiz tan pequeño que casi no te lo dejan ver mis pálidos y huesudos dedos.




(Fotografía realizada por Pierre Bonnard hacia 1889)


martes, 14 de octubre de 2008

Elegancia descorazonada


Detalle de La lección de anatomía del Doctor Tulp, de Rembrandt.



Hace hoy catorce años que mi abuelo Alfredo murió de un ataque al corazón. Antes de ese último ataque que acabó con su vida, tuvo otros tres. A mi abuelo Alfredo le gustaba ir por la vida bien vestido, le recuerdo siempre con un traje impoluto y repeinado a lo Rodolfo Valentino. Tras el primer ataque al corazón le entró el miedo en el cuerpo. Pero su miedo no era tanto a morirse como a que hallasen su cadaver de cualquier manera, despeinado o vestido con un vulgar pijama. Así que, tras el primero de sus ataques, se acostumbró a dormir con traje y corbata cuando sentía el más leve dolor en su pecho. Todo aquello mi abuela Teresa se lo consintió sin apenas rechistar, planchándole por la mañana el traje con el que había pasado la noche. Era mucho lo enamorada que mi abuela estaba de mi abuelo, y mi abuelo de ella. Nunca les vi enfadarse, todo lo contrario, siempre con muestras de cariño y respeto mutuo . Hasta que una mañana, hace hoy catorce años, mi abuelo apareció muerto en su dormitorio. La tarde anterior había sentido cierto malestar, así que se metió en la cama con traje y corbata. Era aquel un traje nuevo, color gris perla, que le había comprado mi abuela Teresa un par de días antes. Un traje en verdad elegante. Un traje que a mi abuelo le había encantado. Un traje que estrenaba aquella misma noche. Un traje que, horas más tarde, con su eterna elegancia, luciría mi abuelo Alfredo en el tanatorio.


Fotografía policial que muestra el cadaver del campeón del mundo de ajedrez Alexander Alekhine tal y como apareció en una habitación de hotel de Estoril (Portugal).

lunes, 13 de octubre de 2008

Paul Valéry y los libros

Detalle de una pintura de Francisco de Zurbarán


"Un buen libro es ante todo una perfecta máquina de leer, cuyas condiciones son definibles con bastante exactitud por las leyes y métodos de la óptica fisiológica; y al mismo tiempo un objeto de arte, una cosa, pero con su personalidad, una que lleva las marcas de un pensamiento particular, que sugiere el noble propósito de un orden afortunado y voluntario."

"Si papel y tinta se adecúan, si la letra es bella de cuerpo, si la composición está cuidada, la justificación exquisitamente proporcionada, y la hoja bien tirada, el autor siente bajo un nuevo aspecto su lengua y su estilo."

"Es un juicio muy precioso y temible ser magníficamente impreso."

Paul Valéry, Las dos virtudes de un libro en Piezas sobre Arte (La Balsa de la Medusa, Visor)

Detalle de una pintura de Francisco de Zurbarán

"Nada lleva a la perfecta barbarie más indefectiblemente que una dedicación exclusiva al espíritu puro"

"He conocido ese fanatismo bien de cerca. Recuerdo un tiempo en que despreciaba en los libros todo lo que no fuese lectura. Me hubiesen bastado unos trapos con manchas de tipos desgastados. Me decía que un mal papel, unos caracteres gastados o una página descuidada, con tal que el texto mismo estuviese hecho para seducirle, debían contentar a un lector verdaderamente espiritual.

Paul Valéry, Libros en Piezas sobre Arte (La Balsa de la Medusa, Visor)

domingo, 12 de octubre de 2008

El hombre que casi conoció a Roberto Bolaño


Está mañana, mientras desayunaba, he leído a Enrique Vila-Matas en El País. Contaba que hace unos días se inauguró la Sala Bolaño en la Biblioteca Comarcal de Blanes (acto en el que estuve presente). Durante la inauguración sus hijos descubrieron una placa en la que pueden leerse unas palabras del escritor chileno: "Yo sólo espero ser considerado un escritor sudamericano más o menos decente, que vivió en Blanes, y que quiso a este pueblo".

Conocí a Roberto Bolaño un día de otoño. Bueno, decir que conocí a Roberto Bolaño es mucho decir. Me lo presentó un buen amigo que vivía por aquel entonces en Blanes. Suelo acongojarme con una facilidad pasmosa cuando me encuentro con alguien por quien siento una gran admiración. Tan sólo acerté a decirle que me gustaba mucho su obra. Él sonrió y dijo algo que no recuerdo bien, así que prefiero no escribir a medias lo que dijo. Cuando mi amigo me presentó a Roberto Bolaño, el escritor chileno era ya un autor reconocido por crítica y público. Estuve dos minutos ante él. Estreché su mano y le miré a los ojos. Pero decir que conocí a Roberto Bolaño es mucho decir.

sábado, 11 de octubre de 2008

La habitación del voyeur




Hace unos cuantos meses el pintor Pablo Gallo me invitó a participar en su Libro de voyeur escribiendo un texto para uno de sus dibujos eróticos circulares. Las imágenes de Pablo me resultan muy cercanas. Tanto sus dibujos eróticos, como sus pinturas o sus micrometrajes, tienen algo que me resulta inquietantemente cercano.
A partir de su Libro de voyeur me he aficionado a visitar con frecuencia los blogs de otros voyeurs que se han embarcado en el proyecto. Blogs que me parecen interesantísimos, como el de Iván Humanes, el de Pilar Adón, el de Patricia Esteban Erlés, el de Marcelo Luján, el de Estíbaliz Espinosa, el de Enrique Ortiz, el de Gustavo Nielsen, los de Alberto Olmos, el de Fernada García Lao, el de Safrika...

Y deambular por estos blogs ha sido decisivo para atreverme a llevar a cabo este Hotel junto a la vía. Así que tengo que agradecerle a Pablo su invitación y lo que ello a supuesto para quien escribe estás líneas. Espero que su proyecto vea la luz muy pronto. Será, sin duda, un libro exquisito, de esos que uno tiene en su mesilla de noche para darle un bocado en cualquier momento.

Pinchando aquí podrán verse los dibujos del Libro de Voyeur y los retratos de quienes colaboramos en el proyecto.
Muestro también una pintura de Pablo que me ha gustado especialmente. Se titula El artista y su marchante acuden al tarot (81 x 100 cm), y a mí me recuerda a algo entre Edward Hopper y David Lynch.



Y, para terminar, su último micrometraje, sobre Jorge Luís Borges:


video

viernes, 10 de octubre de 2008

Primer día de hospedaje






Escribo esto desde una habitación de hotel. Uno puede estar en un hotel tanto por ocio como por trabajo (es irrelevante porque estoy yo aquí). En los cuadros de Edward Hopper el ocio es tan desolador como el trabajo. La pintura que encabeza estas líneas, realizada por Hopper en 1952, es un ejemplo de esa desolación. En realidad es un fragmento de la pintura original. Se titula Hotel junto a la vía y muestra a una mujer que lee en un sillón (quizá una novela de Dashiel Hammet o de Raymond Chandler) mientras, un hombre, ensimismado, mantiene un cigarrillo entre sus dedos. Desde la ventana puede verse la vía. Tal vez el hombre esté pensando en tirar su cuerpo allí. O quizá rememora su juventud, cuando viajaba de polizonte, brincando de vagón en vagón, como Lee Marvin en El emperador del norte. O tal vez, el cigarrillo que tiene entre sus dedos sea el último del paquete y pronto, muy pronto, le diga a su mujer que se va a por tabaco, que se va a por tabaco para no volver jamás.