viernes, 12 de diciembre de 2008

La novia del marinero

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Dibujo de Thomas Ott

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En otra vida fui marinero. Tan sólo poseo nítidos recuerdos de mis días en alta mar. Recuerdos tan nítidos como el agua de las costas de las islas de Micronesia. Recuerdos que, aún viviendo otras cien vidas, no lograría olvidar. Cada mañana, tras levantarme, desayunar, poner el lavaplatos, dar de comer al loro y lavarme los dientes, me miro fijamente en el espejo y ¿qué es lo que veo? Un hombre que en otra vida fue marinero. Mi familia me aconseja que acuda a algún especialista en trastornos mentales. Dicen que yo no fui marinero en otra vida. Es más, no creen que haya otra vida después de esta vida. Mi familia me dice que a ver si me he convertido al budismo. Pero yo no sé en que consiste eso del budismo, yo sólo sé que en otra vida fui marinero. Un marinero con cierto aire a Popeye. Sí, sobre todo porque soy tuerto, tuerto como Popeye. En realidad, para quien no haya caído en la cuenta, Popeye significa ojo saltón. Sí, Pop-Eye quiere decir Ojo-Saltón. Así que, como yo también soy tuerto y tengo un ojo saltón, creo que me doy cierto aire a Popeye. Aunque mi familia dice que yo de Popeye nada, que no me parezco ni por asomo. Mi familia dice esto porque no me gustan las espinacas. Mi familia dice esto porque no se nadar. Mi familia dice esto porque nunca he navegado. Lo dice por que mi novia, que se llama Trini, en nada se parece a Olivia, la novia de Popeye. Y creo que a mi familia no le cae bien Trini porque no se parece en nada a Olivia. Y es que de tanto decir yo que me doy un aire a Popeye, ahora me recriminan que Trini no se parezca a Olivia ni por asomo. Bien es cierto que Trini es un poco especial. Escribo la palabra especial por no escribir la palabra rara. Ella no es tuerta, pero tiene dos ojos muy saltones y una sonrisa que podría llegar a intimidar al mismísimo Charles Manson. Sí, Trini, cuando sonríe (nunca he visto que no lo haga, hasta dormida sonríe mi novia), suele causar pavor allá por donde va. No puede uno ir tranquilo por el paseo marítimo del brazo de Trini, no puede uno ir de paseo con ella sin que algún transeúnte llame a la policía diciendo que hay una señorita zombie suelta. No. No puede uno hacer las compras en el supermercado sin escuchar gritos de espanto cada dos por tres al girar en cada pasillo. No. No puede uno estar en el bar con los amigotes sin que estos salgan despavoridos cuando ella entra por la puerta diciéndome cariñito mío. No. No puede uno hacer nada con ella cerca. Entre sus ojos saltones, su sonrisa y su vestimenta con lacitos blancos en su cabello, produce pavor allá por donde va. Confesaré aquí (pero que no se entere ella) que a mí, Trini, mi novia de toda la vida, no me gusta. Hace ya tiempo que no me pone. Pero sólo de pensar en dejarla me pongo a temblar. No vaya a ser que entonces ella deje de sonreír. No quiero ni imaginar una cara como la suya con un gesto de enfado, rabia o disgusto. Prefiero, aunque en esta vida no sea feliz junto a ella, esperar a que llegue otra vida en la que, si no pudiese ser marinero, al menos me convirtiese en tiburón, rodaballo o arenque.



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Dibujo de Thomas Ott


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