miércoles, 10 de diciembre de 2008

Un retrato


Retrato de Felipe IV realizado por Velázquez en 1656
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UN RETRATO

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El retrato fue ejecutado con gran pericia. Las pinceladas construían la fisonomía de su majestad como si estuviese allí mismo, como si se tratase de un espejo. El pintor, por decisión propia, no dejó ver el lienzo hasta que hubo sido terminado. Sabía que, al contemplarlo, nadie vacilaría a la hora de reconocer el formidable parecido con su majestad. Tenía la misma expresión bobalicona en su mirada, el mismo mentón afilado y repleto de granos, las mismas orejas de soplillo, el mismo flequillo graso y lánguido cayendo sobre su frente, la misma boca entreabierta con sus comisuras resecas, los mismos pómulos pálidos heredados de su madre, la misma garrafal y dilatada nariz que al pintor, mientras la perfilaba, le hizo pensar en un morrocotudo gorrino.

Cuando el rey contempló su retrato no dijo ni una sola palabra. Tan sólo hizo un gesto hosco mientras miraba de reojo al mandamás de la guardia real. Al día siguiente, al amanecer, mientras las golondrinas comenzaban su revoloteo matutino alrededor del palacio, el pintor fue ejecutado.

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IN ICTU OCULI (En un abrir y cerrar de ojos, 1670-1675), pintura de Juán de Valdés Leal

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3 comentarios:

39escalones dijo...

Hasta leer lo del flequillo no tenía aún claro si el rey del relato era el rey del relato u otro más cercano... Siempre ha sido un riesgo ser artista de cabecera de la monarquía. Si él pierde la cabeza, suele ser el primero en perderla con él.
Saludos.

39escalones dijo...

... si el rey del relato era el rey del retrato, quería decir. No soy apto para trabalenguas a estas horas.

Álex Nortub dijo...

Sí, es cierto, hay horas para todo, para todo hay horas. Hasta para los trabalenguas, querido Alfred.